Civilizaciones perdidas
01/10/2005 (00:00 CET)
Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
Plantas antropomórficas
En los asombrosos bestiarios de la Edad Media aparecen increíbles engendros como resultado de la fusión de una planta y un animal. Esta incesante fiebre imaginativa llegó a tal extremo que incluso surgió de las ramas de los árboles el más extraño de los frutos: el ser humano. El reino vegetal se convirtió así en el fantástico origen de nuestra especie. El mito, las leyendas y la imaginación más desbordada, dieron como resultado la sobrenatural cosmovisión del hombre-planta.
A partir del siglo VIII ya empezaron a proliferar cuentos árabes que describían insólitos árboles, entre los que destacaba uno que crecía en una isla lejana a la que, como era de rigor, nadie podía llegar por la infinidad de peligros con los que el viajero se encontraría. De las ramas de este árbol colgaban las cabezas de los hijos de Adán. Tenía por costumbre gritar «wak wak» a la mañana y al anochecer, al tiempo que ensalzaba el nombre del Creador cantando himnos. El mensaje de esta leyenda del siglo X, que aparece en Los libros de maravillas de India, surge mucho antes, en el año 751, en una obra china, T'ong-tien, de Tu Yu, que tuvo contacto con los árabes. En ella escribía que en el árbol crecían niños pequeños en abundancia, que guardaban silencio al ver al hombre, pero que, sin embargo, se reían con ganas cuando no eran vistos. En otras obras posteriores se describe el «wak wak» dando extraños frutos: animales y mujeres enganchados por los cabellos.
Tal como nos indica el Kaitb al-djaghrafiya, de un anónimo geógrafo almeriense del siglo XII, estos árboles crecen en la isla Wakwak, ubicada en el mar de China. Tiene hojas parecidas a las de la higuera y los frutos comienzan a tener forma a principios de marzo, que es cuando se ven los pies de las muchachas. Los cuerpos aparecen en abril y las cabezas en mayo. Comienzan a caer a principios de junio, que se supone será porque están maduras, todo esto mientras hacen «wak-wak», insólito sonido, característico de la caída. A mediados del mes de junio, como por ensalmo, desaparecen.
Pigafetta, otro viajero empedernido y compulsivo relator de fantasías, cuenta en primera persona que vio árboles parecidos a las moreras cuyas hojas, al caer, cobraban vida. Al lado del pecíolo había dos pies, que si se tocan escapan, aunque por más que se cortan, no sale sangre. Dice, sin inmutarse, que guardó una de estas hojas durante nueve días en el interior de una caja y que, cuando la abría, la hoja se paseaba con toda tranquilidad a su alrededor. Sin una pizca de rubor añade que, en su opinión, estas hojas vivían del aire.
Las leyendas orientales no se quedaban cortas a la hora de engendrar mezclas de naturaleza vegetal y animal. En la India había granados que en vez de flores daban pájaros de vivísimos colores. También se decía que ciertas ramas caídas al suelo cobraban vida y escapaban con el movimiento propio de una serpiente. Aunque para artificio de la mente se lleva la palma una curiosa recomendación: la de sembrar el ombligo de una oveja, bien regado con agua, lo que haría posible la aparición futura del brote de un tierno corderito. Mucho tiempo después, el propio rey Luis XI intercambiaría correspondencia con Lorenzo de Médicis sobre el agnus dei, este espécimen vegetal también llamado agnus scythicus.
De este engendro, llamado barometz o borametz en ruso, se decía que cambiaba de lugar, según se lo permitía el tallo, que hacía de cordón umbilical con la tierra. Al estilo del caballo de Atila, era capaz de secar la hierba sobre la que se tumbaba. Este melón o calabaza con forma de cordero no tenía depredador alguno, salvo el lobo, por lo que los moscovitas, muy inteligentes ellos, utilizaban al corderito como cebo para atrapar a dichos cánidos.
Los irlandeses también tenían su propio animal engendrado por un árbol, en este caso la oca. Mandeville, cronista de lo insólito y de infinidad de invenciones humanas, cuenta de estas ocas que vivían mientras estaban pegadas al árbol, pero al caer al suelo morían y «no viven más». No sorprende la proliferación de árboles que dan como frutos animales, pues es un tema recurrente en la antigüedad, como en Mohenjo-Daro, donde aparecen en sellos que datan tres mil años antes de Cristo.
Este afán de hibridación sin sentido no parecía tener límites. En el siglo XIII, el rabino Simeón de Sens se sacaba de la manga una criatura llamada Jadua, que creció en las montañas, pegada a la tierra por el ombligo, aunque aprovechaba el tiempo para comer hierba y atacar a todo aquel que se le acercara. Un siglo antes, otro rabino, Pethachia de Ratisbona, aludía a los dudaims, que tienen forma de hombre con hojas largas. Es un vivo ejemplo de fantasía creativa que ya en nuestra época podemos encontrar en el hombre-planta, sembrado con antelación, que aparece en la albacetense sierra del Segura, en la película Amanece, que no es poco, del director José Luis Cuerda.
En un códice italiano del siglo XIV, con textos de Odorico y la narración de tres frailes que viajaron, según ellos, nada más y nada menos que al paraíso, se dice que hay árboles de los que nacen hombres y mujeres, sujetos al árbol por el ombligo, y allí se quedan colgados, a merced del viento, pues si éste sopla se mantienen vivos, y si no es así, se mueren. Sin embargo, el cronista, muy cauto, afirma que no lo ha visto con sus ojos, sino que lo ha escuchado de otras personas.
Lo sorprendente es que prestigiosos autores, como Maimónides, describían árboles en los que por nacimiento del tronco tenían una cabeza cuyas raíces eran los cabellos y que hablaba con voz humana.
Este incomprensible bulo legendario se extiende hasta épocas posteriores, de tal forma que ya en el siglo XIV aparecía el árbol de Iskander, que seguía los pasos del «wak wak», con su interminable parloteo, pero mejorando en destreza, pues éste no sólo daba cabezas humanas, sino cabezas de zorros, de conejos, de gallos y hasta de machos cabríos. Algo digno de ver si no fuera porque jamás ha existido.
En los siglos XV o XVI la fauna de gestación arborícola procrea en abundancia cabezas de toro, de ciervo y hasta de elefante, como aparece en Maravillas de la Creación, de Kazwini.
En la Edad Media europea los árboles engendradores de animales se convierten en símbolo del Mal, aunque también aparecen en abundancia en tratados alquímicos y como ejemplo de símbolos de la moralidad de la época.
En un fresco del siglo XIV, de Hoxne (Suffolk, Gran Bretaña), en la parte superior del tronco aparecen siete dragones. En otras ocasiones estos dragones, o serpientes, surgen de las raíces, siempre siete. El propósito es el mismo: representar los vicios, los pecados, la inmoralidad de los seres humanos, demonizados con esos animales que la cristiandad ha asociado en tantas ocasiones a los poderes maléficos del inframundo, del ardiente infierno.
Para rizar el rizo, en un grabado francés de Lyon, hacia 1600, cuelgan de un árbol más de mil hombres, comparados, como frutos que son, con las ciruelas que se ven en Tours. Pero es Carlo Gozzi, siglos después, quien en Amor de las tres naranjas vuelve a las andadas con la historia del cordero saliendo de un melón, aunque en esta ocasión le toca al príncipe Tartaglia abrir tres naranjas. Con las dos primeras surgen dos princesas que mueren de sed, pero la tercera lo hace sana y salva y acaba casándose con el príncipe. Una auténtica realeza natural que se magnifica más todavía si cabe en el árbol de Jessé que aparece en una biblia holandesa, editada en 1425, en la que se ven doce cabezas, todas ellas con coronas reales, que representan a los reyes de Judá.
Pero entre las plantas antropomórficas destaca por méritos propios la mandrágora. Elevada al reino de la magia popular por su extraña naturaleza, se asocia como pocas a la morfología humana. Jorge Luis Borges se interesó por ella en El libro de los seres imaginarios. La aparente forma humana que muchos han creído ver en ella es la responsable de que se identifique con los patíbulos, al nacer, supuestamente, del semen de los ahorcados, que cae a tierra en el momento de la ejecución. De esta superstición surgen infinidad de creencias que propugnan sus facultades afrodisíacas, reflejadas en La mandrágora, de Maquiavelo, obra teatral del siglo XVI, o en Romeo y Julieta, cuando se produce el fatal desenlace al tomar ella el bebedizo que le ofrece fray Lorenzo.
Se consideraba toda una temeridad arrancarla, pues el olor de sus hojas es tan fuerte que podía dejar muda a la persona que se atreviera a hacerlo. También es peligroso el grito de la planta en ese momento, que puede acarrear toda clase de tragedias, por lo que convenía taparse los oídos con cera. Para librarse del maleficio había que trazar tres círculos a su alrededor con una espada, sin dejar de mirar al poniente. Flavio Josefo aconsejaba utilizar un perro amaestrado, que al tirar de la planta moría. Según ciertas leyendas, había que sacrificar entonces el perro a las divinidades subterráneas. Su nefasto destino era ser enterrado en el agujero en la tierra del que se había sacado la planta. Como parte del extraño dimorfismo sexual que se le atribuía, Plinio decía que la planta blanca era el macho y la negra la hembra. Las hojas de la mandrágora no sólo eran utilizadas para toda clase de prácticas mágicas, sino con el fin de aprovechar sus supuestas virtudes laxantes y narcóticas. Como explica Jesús Callejo, experto en seres mágicos de la naturaleza, de la mandrágora se aprovechaba el tentirujo, también llamado diablillo tentador, que forma parte de la familia de los elementales o espíritus incorpóreos de los bosques cántabros, siendo capaz de disponer de seducción, alargar la vida y tener la facultad de abrir las cerraduras.
El tentirujo tiene como entretenimiento fundamental pervertir a las jóvenes doncellas, mientras se acerca, invisible, gracias a la mandrágora. Indica la tradición que las ingenuas mozas se volverán entonces apasionadas y de vida alegre. En todo ello se revela la aureola de planta afrodisíaca de la mandrágora, de la que ha gozado desde muy antiguo. De hecho, incluso aparece en Génesis 30,14, vinculada al sexo y a la fertilidad, cuando en la época de la siega del trigo Rubén encuentra unas mandrágoras que ofrece a su madre, Lea. Raquel, que deseaba concebir un hijo, se las pide a ésta, así que Lea se las entrega a cambio de Jacob, quien finalmente duerme con ella. Raquel, que era estéril, también llegó a concebir.
Esta planta, asociada a las brujas, ya fue cultivada con esmero en los Jardines Reales de Praga, aunque mucho antes, en el antiguo Egipto, el denominado «hombrecito de la horca», elemento fundamental de los magos negros, ya despertaba el interés del faraón Tutmosis III, que guardaba la mandrágora como joya preciada en los jardines botánicos del templo de Karnak. Ya en aquella época sus alcaloides tuvieron un gran influjo en la capacidad visionaria utilizada en toda clase de ritos y ceremonias, que les llevaba a lo que consideraban la comunión espiritual con sus dioses. Aunque la excitación sexual también tenía su importancia, pues en el papiro de Ebers se la define como «el fruto que excita el amor». La momia de Tutankamon mostró en su cuello un curioso collar con nada menos que once raíces de mandrágora, las cuales asegurarían el gran tesoro del vigor sexual en la otra vida.
Como auténtica Celestina en los afanes amatorios, de la mandrágora se conocen incontables historias. De ella hacía uso la hechicera Circe, como nos cuenta Homero en La Odisea, atrayendo con estos engaños a sus amantes, que después convertía en cerdos.
Su condición «humana» ha sido muy valorada a lo largo de los tiempos. Se decía que de ella había surgido el propio Adán, así que era madre-padre de la humanidad. Por algo, según la tradición rabínica, crecía al pie del árbol del Edén. Entre los complejos rituales que ha protagonizado a lo largo de la historia estaba el de bañarla, tenerla bien alimentada con vino o leche y vestirla como a cualquier ser humano. Pero, eso sí, de blanco y rojo, para ahuyentar a cualquier demonio con intención de apoderarse de ella. Algunos llegaron a creer que si se cuidaba con esmero, al cumplir los siete años se transformaría en un niño.
Proceso evolutivo
De igual forma, el arquetípico Árbol del Mundo ha sido fundamental para establecer la unión entre los tres niveles en los que se ha desarrollado la humanidad en su proceso evolutivo. Las raíces comunican con el inframundo, que son los reinos oscuros asociados a ritos iniciáticos, al reposo de los antepasados muertos, a los lugares en los que en épocas pasadas la humanidad se escondió para sobrevivir a grandes catástrofes. Las ramas se extienden sin cesar, elevándose hasta el cielo, donde se encuentran las estrellas, las divinidades, los planos elevados a los que espera llegar el ser humano tras superar las interminables pruebas de la vida. Entre el inframundo y el mundo celestial, el plano inferior y el superior, hay un puente. Es el tronco del árbol, ubicado en el mundo de los vivos, de la existencia cotidiana, que puede conducir al cielo o al infierno, según sea el comportamiento del ser humano. Este tronco es el Eje del Mundo, el puente por el cual ascienden los chamanes para encontrar remedio ante la enfermedad y respuestas a grandes preguntas. Para saber, al fin y al cabo, qué quieren los dioses de los hombres.
No es extraño que a partir de estas creencias ancestrales sobre el árbol, como representación del Cosmos, surgieran toda clase de tradiciones que intentaran explicar los orígenes del ser humano.
Así cobran importancia como elementos sagrados de la naturaleza. El árbol boddhi está asociado para siempre a la iluminación de Siddharta Gautama Buda; el roble a los ritos de la naturaleza de los druidas celtas. El árbol concede el sustento vital a los hombres, dándoles su sangre, convertida en savia, o el alimento espiritual, a través de sus frutos. Su proceso de vida a través de las estaciones, con la caída de las hojas en otoño y su crecimiento en primavera, no podía pasar desapercibido al ojo observador del ser humano, que empezó a descubrir lo que le unía a un ser aparentemente tan diferente.
La mitología de muchos pueblos nos ha ofrecido innumerables pruebas de árboles sagrados que sustentan al ser humano, o de personas que son convertidas en árboles o diversas plantas. Cuando Dafne huía de Apolo fue convertida en laurel. Destino similar tuvo la ninfa Pitis, tornada en abeto cuando era perseguida por el dios Pan. Leuce acabó siendo un álamo blanco, mientras que Filira se transformó en un tilo. El matrimonio formado por Filemón y Baucis recibió el agradecimiento de los dioses, Zeus y Hermes, al darle hospitalidad a éstos cuando bajaron a la Tierra disfrazados de mendigos. Como recompensa a su generosidad fueron convertidos en un tilo y en una encina surgiendo de una misma raíz. Parece como si la humanidad y los árboles tuvieran un destino común o compartieran una misma esencia. Todas las culturas antiguas han creído que estos tenían espíritu o alma. En Australia, los warlpiris creen que en el interior de los mismos esperan las almas para nacer, y desde allí se introducen en el interior de la mujer adecuada.
El matrimonio mágico entre árboles y seres humanos tiene lugar entre culturas tan diferentes como los sioux del norte de América, algunas tribus subsaharianas en África, y otras en el Punjab y el Himalaya en la India. Vienen a ser, de nuevo, formas de reivindicar el vínculo común, la herencia ancestral compartida.
Movimiento energético
El ser humano siempre ha tenido tendencia a asociar la forma de los árboles con su propia morfología. Echar raíces como indicación de quedarse a vivir en un lugar, o tener la fortaleza de un roble como ejemplo de fuerza y seguridad, son algunas de las muchas expresiones que confirman esa insistencia en querer parecernos a estos representantes del mundo vegetal. El genial Leonardo da Vinci utilizó el «árbol de venas» para explicar la estructura de nuestro sistema circulatorio. En técnicas orientales de meditación y de sanación, como el chi-kung, a través de posiciones del cuerpo y de movimientos energéticos, se utiliza la «posición del árbol», que establece la polaridad cielo-tierra y la capacidad de desarrollar un movimiento energético que nos libere de tensiones. Esto crea un vínculo con la tierra, a través de los pies-raíces, y un despliegue de los brazos hacia el cielo, convertidos en ramas.
Lo sorprendente es que esta pertinaz costumbre de llevar la metáfora a los planos de la pura realidad parece perpetuarse en mentes muy sensibles en el presente. Conozco a un artista que reproduce una y otra vez un árbol del que surge una cabeza humana, como resultado de sus obsesivos sueños y visiones. Verdaderamente, no hay seres más extraños que los creados por la mente humana.
Tal como nos indica el Kaitb al-djaghrafiya, de un anónimo geógrafo almeriense del siglo XII, estos árboles crecen en la isla Wakwak, ubicada en el mar de China. Tiene hojas parecidas a las de la higuera y los frutos comienzan a tener forma a principios de marzo, que es cuando se ven los pies de las muchachas. Los cuerpos aparecen en abril y las cabezas en mayo. Comienzan a caer a principios de junio, que se supone será porque están maduras, todo esto mientras hacen «wak-wak», insólito sonido, característico de la caída. A mediados del mes de junio, como por ensalmo, desaparecen.
Pigafetta, otro viajero empedernido y compulsivo relator de fantasías, cuenta en primera persona que vio árboles parecidos a las moreras cuyas hojas, al caer, cobraban vida. Al lado del pecíolo había dos pies, que si se tocan escapan, aunque por más que se cortan, no sale sangre. Dice, sin inmutarse, que guardó una de estas hojas durante nueve días en el interior de una caja y que, cuando la abría, la hoja se paseaba con toda tranquilidad a su alrededor. Sin una pizca de rubor añade que, en su opinión, estas hojas vivían del aire.
Las leyendas orientales no se quedaban cortas a la hora de engendrar mezclas de naturaleza vegetal y animal. En la India había granados que en vez de flores daban pájaros de vivísimos colores. También se decía que ciertas ramas caídas al suelo cobraban vida y escapaban con el movimiento propio de una serpiente. Aunque para artificio de la mente se lleva la palma una curiosa recomendación: la de sembrar el ombligo de una oveja, bien regado con agua, lo que haría posible la aparición futura del brote de un tierno corderito. Mucho tiempo después, el propio rey Luis XI intercambiaría correspondencia con Lorenzo de Médicis sobre el agnus dei, este espécimen vegetal también llamado agnus scythicus.
De este engendro, llamado barometz o borametz en ruso, se decía que cambiaba de lugar, según se lo permitía el tallo, que hacía de cordón umbilical con la tierra. Al estilo del caballo de Atila, era capaz de secar la hierba sobre la que se tumbaba. Este melón o calabaza con forma de cordero no tenía depredador alguno, salvo el lobo, por lo que los moscovitas, muy inteligentes ellos, utilizaban al corderito como cebo para atrapar a dichos cánidos.
Los irlandeses también tenían su propio animal engendrado por un árbol, en este caso la oca. Mandeville, cronista de lo insólito y de infinidad de invenciones humanas, cuenta de estas ocas que vivían mientras estaban pegadas al árbol, pero al caer al suelo morían y «no viven más». No sorprende la proliferación de árboles que dan como frutos animales, pues es un tema recurrente en la antigüedad, como en Mohenjo-Daro, donde aparecen en sellos que datan tres mil años antes de Cristo.
Este afán de hibridación sin sentido no parecía tener límites. En el siglo XIII, el rabino Simeón de Sens se sacaba de la manga una criatura llamada Jadua, que creció en las montañas, pegada a la tierra por el ombligo, aunque aprovechaba el tiempo para comer hierba y atacar a todo aquel que se le acercara. Un siglo antes, otro rabino, Pethachia de Ratisbona, aludía a los dudaims, que tienen forma de hombre con hojas largas. Es un vivo ejemplo de fantasía creativa que ya en nuestra época podemos encontrar en el hombre-planta, sembrado con antelación, que aparece en la albacetense sierra del Segura, en la película Amanece, que no es poco, del director José Luis Cuerda.
En un códice italiano del siglo XIV, con textos de Odorico y la narración de tres frailes que viajaron, según ellos, nada más y nada menos que al paraíso, se dice que hay árboles de los que nacen hombres y mujeres, sujetos al árbol por el ombligo, y allí se quedan colgados, a merced del viento, pues si éste sopla se mantienen vivos, y si no es así, se mueren. Sin embargo, el cronista, muy cauto, afirma que no lo ha visto con sus ojos, sino que lo ha escuchado de otras personas.
Lo sorprendente es que prestigiosos autores, como Maimónides, describían árboles en los que por nacimiento del tronco tenían una cabeza cuyas raíces eran los cabellos y que hablaba con voz humana.
Este incomprensible bulo legendario se extiende hasta épocas posteriores, de tal forma que ya en el siglo XIV aparecía el árbol de Iskander, que seguía los pasos del «wak wak», con su interminable parloteo, pero mejorando en destreza, pues éste no sólo daba cabezas humanas, sino cabezas de zorros, de conejos, de gallos y hasta de machos cabríos. Algo digno de ver si no fuera porque jamás ha existido.
En los siglos XV o XVI la fauna de gestación arborícola procrea en abundancia cabezas de toro, de ciervo y hasta de elefante, como aparece en Maravillas de la Creación, de Kazwini.
En la Edad Media europea los árboles engendradores de animales se convierten en símbolo del Mal, aunque también aparecen en abundancia en tratados alquímicos y como ejemplo de símbolos de la moralidad de la época.
En un fresco del siglo XIV, de Hoxne (Suffolk, Gran Bretaña), en la parte superior del tronco aparecen siete dragones. En otras ocasiones estos dragones, o serpientes, surgen de las raíces, siempre siete. El propósito es el mismo: representar los vicios, los pecados, la inmoralidad de los seres humanos, demonizados con esos animales que la cristiandad ha asociado en tantas ocasiones a los poderes maléficos del inframundo, del ardiente infierno.
Para rizar el rizo, en un grabado francés de Lyon, hacia 1600, cuelgan de un árbol más de mil hombres, comparados, como frutos que son, con las ciruelas que se ven en Tours. Pero es Carlo Gozzi, siglos después, quien en Amor de las tres naranjas vuelve a las andadas con la historia del cordero saliendo de un melón, aunque en esta ocasión le toca al príncipe Tartaglia abrir tres naranjas. Con las dos primeras surgen dos princesas que mueren de sed, pero la tercera lo hace sana y salva y acaba casándose con el príncipe. Una auténtica realeza natural que se magnifica más todavía si cabe en el árbol de Jessé que aparece en una biblia holandesa, editada en 1425, en la que se ven doce cabezas, todas ellas con coronas reales, que representan a los reyes de Judá.
Pero entre las plantas antropomórficas destaca por méritos propios la mandrágora. Elevada al reino de la magia popular por su extraña naturaleza, se asocia como pocas a la morfología humana. Jorge Luis Borges se interesó por ella en El libro de los seres imaginarios. La aparente forma humana que muchos han creído ver en ella es la responsable de que se identifique con los patíbulos, al nacer, supuestamente, del semen de los ahorcados, que cae a tierra en el momento de la ejecución. De esta superstición surgen infinidad de creencias que propugnan sus facultades afrodisíacas, reflejadas en La mandrágora, de Maquiavelo, obra teatral del siglo XVI, o en Romeo y Julieta, cuando se produce el fatal desenlace al tomar ella el bebedizo que le ofrece fray Lorenzo.
Se consideraba toda una temeridad arrancarla, pues el olor de sus hojas es tan fuerte que podía dejar muda a la persona que se atreviera a hacerlo. También es peligroso el grito de la planta en ese momento, que puede acarrear toda clase de tragedias, por lo que convenía taparse los oídos con cera. Para librarse del maleficio había que trazar tres círculos a su alrededor con una espada, sin dejar de mirar al poniente. Flavio Josefo aconsejaba utilizar un perro amaestrado, que al tirar de la planta moría. Según ciertas leyendas, había que sacrificar entonces el perro a las divinidades subterráneas. Su nefasto destino era ser enterrado en el agujero en la tierra del que se había sacado la planta. Como parte del extraño dimorfismo sexual que se le atribuía, Plinio decía que la planta blanca era el macho y la negra la hembra. Las hojas de la mandrágora no sólo eran utilizadas para toda clase de prácticas mágicas, sino con el fin de aprovechar sus supuestas virtudes laxantes y narcóticas. Como explica Jesús Callejo, experto en seres mágicos de la naturaleza, de la mandrágora se aprovechaba el tentirujo, también llamado diablillo tentador, que forma parte de la familia de los elementales o espíritus incorpóreos de los bosques cántabros, siendo capaz de disponer de seducción, alargar la vida y tener la facultad de abrir las cerraduras.
El tentirujo tiene como entretenimiento fundamental pervertir a las jóvenes doncellas, mientras se acerca, invisible, gracias a la mandrágora. Indica la tradición que las ingenuas mozas se volverán entonces apasionadas y de vida alegre. En todo ello se revela la aureola de planta afrodisíaca de la mandrágora, de la que ha gozado desde muy antiguo. De hecho, incluso aparece en Génesis 30,14, vinculada al sexo y a la fertilidad, cuando en la época de la siega del trigo Rubén encuentra unas mandrágoras que ofrece a su madre, Lea. Raquel, que deseaba concebir un hijo, se las pide a ésta, así que Lea se las entrega a cambio de Jacob, quien finalmente duerme con ella. Raquel, que era estéril, también llegó a concebir.
Esta planta, asociada a las brujas, ya fue cultivada con esmero en los Jardines Reales de Praga, aunque mucho antes, en el antiguo Egipto, el denominado «hombrecito de la horca», elemento fundamental de los magos negros, ya despertaba el interés del faraón Tutmosis III, que guardaba la mandrágora como joya preciada en los jardines botánicos del templo de Karnak. Ya en aquella época sus alcaloides tuvieron un gran influjo en la capacidad visionaria utilizada en toda clase de ritos y ceremonias, que les llevaba a lo que consideraban la comunión espiritual con sus dioses. Aunque la excitación sexual también tenía su importancia, pues en el papiro de Ebers se la define como «el fruto que excita el amor». La momia de Tutankamon mostró en su cuello un curioso collar con nada menos que once raíces de mandrágora, las cuales asegurarían el gran tesoro del vigor sexual en la otra vida.
Como auténtica Celestina en los afanes amatorios, de la mandrágora se conocen incontables historias. De ella hacía uso la hechicera Circe, como nos cuenta Homero en La Odisea, atrayendo con estos engaños a sus amantes, que después convertía en cerdos.
Su condición «humana» ha sido muy valorada a lo largo de los tiempos. Se decía que de ella había surgido el propio Adán, así que era madre-padre de la humanidad. Por algo, según la tradición rabínica, crecía al pie del árbol del Edén. Entre los complejos rituales que ha protagonizado a lo largo de la historia estaba el de bañarla, tenerla bien alimentada con vino o leche y vestirla como a cualquier ser humano. Pero, eso sí, de blanco y rojo, para ahuyentar a cualquier demonio con intención de apoderarse de ella. Algunos llegaron a creer que si se cuidaba con esmero, al cumplir los siete años se transformaría en un niño.
Proceso evolutivo
De igual forma, el arquetípico Árbol del Mundo ha sido fundamental para establecer la unión entre los tres niveles en los que se ha desarrollado la humanidad en su proceso evolutivo. Las raíces comunican con el inframundo, que son los reinos oscuros asociados a ritos iniciáticos, al reposo de los antepasados muertos, a los lugares en los que en épocas pasadas la humanidad se escondió para sobrevivir a grandes catástrofes. Las ramas se extienden sin cesar, elevándose hasta el cielo, donde se encuentran las estrellas, las divinidades, los planos elevados a los que espera llegar el ser humano tras superar las interminables pruebas de la vida. Entre el inframundo y el mundo celestial, el plano inferior y el superior, hay un puente. Es el tronco del árbol, ubicado en el mundo de los vivos, de la existencia cotidiana, que puede conducir al cielo o al infierno, según sea el comportamiento del ser humano. Este tronco es el Eje del Mundo, el puente por el cual ascienden los chamanes para encontrar remedio ante la enfermedad y respuestas a grandes preguntas. Para saber, al fin y al cabo, qué quieren los dioses de los hombres.
No es extraño que a partir de estas creencias ancestrales sobre el árbol, como representación del Cosmos, surgieran toda clase de tradiciones que intentaran explicar los orígenes del ser humano.
Así cobran importancia como elementos sagrados de la naturaleza. El árbol boddhi está asociado para siempre a la iluminación de Siddharta Gautama Buda; el roble a los ritos de la naturaleza de los druidas celtas. El árbol concede el sustento vital a los hombres, dándoles su sangre, convertida en savia, o el alimento espiritual, a través de sus frutos. Su proceso de vida a través de las estaciones, con la caída de las hojas en otoño y su crecimiento en primavera, no podía pasar desapercibido al ojo observador del ser humano, que empezó a descubrir lo que le unía a un ser aparentemente tan diferente.
La mitología de muchos pueblos nos ha ofrecido innumerables pruebas de árboles sagrados que sustentan al ser humano, o de personas que son convertidas en árboles o diversas plantas. Cuando Dafne huía de Apolo fue convertida en laurel. Destino similar tuvo la ninfa Pitis, tornada en abeto cuando era perseguida por el dios Pan. Leuce acabó siendo un álamo blanco, mientras que Filira se transformó en un tilo. El matrimonio formado por Filemón y Baucis recibió el agradecimiento de los dioses, Zeus y Hermes, al darle hospitalidad a éstos cuando bajaron a la Tierra disfrazados de mendigos. Como recompensa a su generosidad fueron convertidos en un tilo y en una encina surgiendo de una misma raíz. Parece como si la humanidad y los árboles tuvieran un destino común o compartieran una misma esencia. Todas las culturas antiguas han creído que estos tenían espíritu o alma. En Australia, los warlpiris creen que en el interior de los mismos esperan las almas para nacer, y desde allí se introducen en el interior de la mujer adecuada.
El matrimonio mágico entre árboles y seres humanos tiene lugar entre culturas tan diferentes como los sioux del norte de América, algunas tribus subsaharianas en África, y otras en el Punjab y el Himalaya en la India. Vienen a ser, de nuevo, formas de reivindicar el vínculo común, la herencia ancestral compartida.
Movimiento energético
El ser humano siempre ha tenido tendencia a asociar la forma de los árboles con su propia morfología. Echar raíces como indicación de quedarse a vivir en un lugar, o tener la fortaleza de un roble como ejemplo de fuerza y seguridad, son algunas de las muchas expresiones que confirman esa insistencia en querer parecernos a estos representantes del mundo vegetal. El genial Leonardo da Vinci utilizó el «árbol de venas» para explicar la estructura de nuestro sistema circulatorio. En técnicas orientales de meditación y de sanación, como el chi-kung, a través de posiciones del cuerpo y de movimientos energéticos, se utiliza la «posición del árbol», que establece la polaridad cielo-tierra y la capacidad de desarrollar un movimiento energético que nos libere de tensiones. Esto crea un vínculo con la tierra, a través de los pies-raíces, y un despliegue de los brazos hacia el cielo, convertidos en ramas.
Lo sorprendente es que esta pertinaz costumbre de llevar la metáfora a los planos de la pura realidad parece perpetuarse en mentes muy sensibles en el presente. Conozco a un artista que reproduce una y otra vez un árbol del que surge una cabeza humana, como resultado de sus obsesivos sueños y visiones. Verdaderamente, no hay seres más extraños que los creados por la mente humana.







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