Kaku: «viajar en el tiempo es un problema de ingeniería»
«Antes limitado a la fantasía y la ciencia ficción, el viaje en el tiempo es ahora simplemente un problema de ingeniería», según el científico Michio Kaku
En las colinas de Princeton, a mediados del siglo XX, Albert Einstein se sorprendió al descubrir que sus propias ecuaciones escondían algo perturbador: la posibilidad real del viaje en el tiempo. Lo que hasta entonces había sido territorio exclusivo de la literatura fantástica —desde la máquina temporal de H.G. Wells hasta los guiones de Hollywood— empezaba a colarse en las páginas de Physical Review.
Hoy, el físico teórico Michio Kaku, miembro de la Sociedad Americana de Física y especialista en teoría de cuerdas, lo resume sin rodeos en su website:
“Antes limitado a la fantasía y la ciencia ficción, el viaje en el tiempo es ahora simplemente un problema de ingeniería”.
Al alterar el pasado no se destruye la línea temporal propia, sino que se crea un universo paralelo
Los límites de la paradoja
Las objeciones clásicas al viaje en el tiempo no eran de matemáticas, sino de lógica. El abuelo asesinado antes de concebir a sus hijos, el inventor que recibe los planos de sí mismo anciano, o la historia circular del personaje de Heinlein que es padre, madre e hijo de sí mismo. La física parecía incompatible con estas paradojas.
Pero la teoría cuántica ofrece un escape sorprendente: al alterar el pasado no se destruye la línea temporal propia, sino que se crea un universo paralelo. En otras palabras, si un viajero evita el asesinato de Lincoln, lo hace en otro río del tiempo, mientras en el nuestro la bala ya ha cumplido su destino.

Agujeros negros y puertas ocultas
Einstein pensaba que el tiempo era como un río. Su colega y vecino Kurt Gödel descubrió que ese río podía formar remolinos que devolvieran a un observador al pasado. Décadas más tarde, Roy Kerr mostró que un agujero negro en rotación no colapsa en un punto, sino en un anillo: un espejo cósmico capaz de conectar no solo dos lugares del espacio, sino también dos épocas distintas.
De ahí surgieron las ecuaciones de los agujeros de gusano: túneles que enlazan regiones distantes del espacio-tiempo y que, en principio, podrían ser usados como máquinas temporales. El obstáculo no es teórico, sino energético. Para mantener un gusano abierto haría falta energía negativa —materia exótica que, en pequeñas cantidades, ha sido verificada gracias al efecto Casimir— o directamente la potencia de una estrella.

El problema de la ingeniería
Michio Kaku, autor de manuales de referencia sobre teoría cuántica de campos y supercuerdas, insiste en que la matemática está ahí. Lo que falta es la tecnología para convertirla en práctica. La estabilidad de los agujeros de gusano, los efectos cuánticos que podrían colapsarlos y la ausencia de una teoría unificada de gravedad y mecánica cuántica mantienen el viaje temporal en el terreno de los experimentos mentales.
Aun así, no todos descartan que un día se logre. Stephen Hawking, que en los noventa ironizaba con la “ausencia de turistas del futuro” como prueba de su imposibilidad, acabó rectificando: la física, reconoció, permite el viaje en el tiempo, aunque quizá no sea práctico.
La cuestión inquietante queda abierta: si viajar en el tiempo es factible, ¿ya lo hemos hecho? ¿Podrían existir visitantes de un futuro lejano que observan nuestro mundo con la misma indiferencia con la que miramos un hormiguero?
Kaku lo advierte con su ironía habitual: “Si alguien llama a tu puerta diciendo ser tu tataranieto, quizá debas pensarlo dos veces antes de reírte”.








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