Rapa Nui: Las voces que nadie puede escuchar
Una tablilla de madera datada entre 1493 y 1509 acaba de reescribir la historia de la escritura en la Isla de Pascua
En un convento católico de Roma reposan cuatro tablillas de madera. Durante décadas nadie les prestó atención especial. Luego llegaron los físicos con sus aceleradores de partículas y el carbono-14 reveló algo que cambió el mapa de la historia de la escritura humana: una de ellas fue tallada entre 1493 y 1509, más de dos siglos antes de que cualquier europeo pusiera pie en Rapa Nui.
El estudio, publicado en Scientific Reports por Silvia Ferrara y su equipo de la Universidad de Bolonia, es la prueba más sólida hasta la fecha de que el rongorongo no fue copiado de los europeos. Sus glifos no se parecen a ningún alfabeto conocido. Sus ligaduras, sus secuencias lineales, sus correcciones visibles sugieren algo que los lingüistas llaman "notación lingüística propia": una escritura que nació de la mente de un pueblo aislado en el punto más remoto del planeta: Isla de Pascua.
Cuando los primeros investigadores intentaron leer las tablillas, se encontraron con algo desconcertante: los glifos avanzan de izquierda a derecha, pero al llegar al final de la línea, la tablilla se gira 180 grados y se continúa leyendo. Cada línea está literalmente boca abajo respecto a la anterior. Los especialistas llaman a esto boustrofedón inverso, y no existe en ninguna otra escritura del mundo.

Los glifos representan cuerpos humanos en distintas posturas, animales, plantas, herramientas, cuerpos celestes. El último hombre que supuestamente sabía leerlos, Metoro Tau'a Ure, fue interrogado por el obispo de Tahití en 1869. Lo que hizo Metoro no fue leer: describió lo que veía en cada glifo, como quien ve un cuadro y cuenta lo que contiene. El texto coherente nunca llegó.
El Indo, 4.000 años antes
A 18.000 kilómetros de distancia y cuatro milenios atrás, otra civilización construyó ciudades perfectamente planificadas con alcantarillado, pesos estandarizados, comercio organizado y una escritura que nadie ha podido descifrar. Mohenjo-daro y Harappa, en lo que hoy son Pakistán e India, albergaron a más de un millón de personas entre el 2600 y el 1900 a.C. Su escritura aparece en sellos de esteatita, tablillas de terracota, objetos de metal.
El problema es el mismo que con el rongorongo, pero aún más profundo: no existe ninguna piedra Rosetta. No hay texto bilingüe. No hay descendiente vivo de la lengua. El gobierno de Tamil Nadu llegó a ofrecer en 2024 un millón de dólares a quien lograra descifrarla. El dinero sigue sin reclamarse.

En 1932, el investigador Guillaume de Hevesy publicó un artículo que sacudió al mundo académico: ciertos glifos del rongorongo y ciertos signos de la escritura del Indo eran sorprendentemente similares.
La reacción de la comunidad científica fue rápida y escéptica, y hoy la mayoría de los expertos consideran que la coincidencia es superficial, producto de la convergencia en cómo el ser humano representa figuras humanas, animales y objetos básicos en culturas diversas.
Pero la pregunta permanece como una astilla en la mente de quien la conoce. ¿Cómo es posible que dos civilizaciones, separadas por la mitad de la circunferencia del planeta y por casi cuatro milenios, hayan desarrollado sistemas de escritura que sus propios descendientes no pueden leer? ¿Pudo haber algún contacto no reconocido?
El colapso que silenció dos mundos
En el Valle del Indo, hacia el 1900 a.C., las grandes ciudades fueron abandonadas. Las causas son debatidas: cambio climático, desecación del río Ghaggar-Hakra, epidemias. La civilización se dispersó y no dejó herederos alfabetizados conocidos. Su escritura desapareció con ella.
En Rapa Nui el mecanismo fue más violento y más reciente. En diciembre de 1862, ocho barcos peruanos desembarcaron en la isla y capturaron a un millar de rapanui, incluyendo al rey y a los sacerdotes rituales, los únicos que sabían leer el rongorongo. Fueron llevados a trabajar en las minas de guano del Perú. El noventa por ciento murió en uno o dos años. Los pocos supervivientes que regresaron introdujeron viruela. La epidemia casi extermina a toda la población restante. Con ella murió el último conocimiento vivo de la escritura.
El rongorongo fue la primera víctima de un etnocidio. No lo destruyeron las llamas ni el tiempo: lo destruyeron los grilletes de un barco esclavista

Lo que sí sabemos leer: el cielo
Un avance modesto pero real: la Tablilla Mamari (Tablilla C) contiene una secuencia que la mayoría de los investigadores acepta como un calendario lunar. Las fases de la luna, los ciclos de 29 y 30 noches del mes polinésico, aparecen codificados en una serie de crecientes tallados con progresiva precisión. La gente de Rapa Nui, aislada a 3.600 kilómetros de la costa más cercana, navegaba entre islas guiándose por las estrellas. Su escritura codificaba el cielo.
Un reciente estudio aplica al Mamari el mismo método utilizado para descifrar el Disco de Festos, interpretando su estructura espiral como un reloj cósmico que registra ciclos Saros (223 meses lunares) y Metónicos (235 meses). Si el análisis es correcto, la tablilla no es solo un calendario sino un instrumento de predicción astronómica de sofisticación comparable a la de cualquier civilización antigua conocida.

El silencio como herencia
Quedan menos de treinta objetos con rongorongo en el mundo entero. La mayoría están en museos europeos, en instituciones que los adquirieron durante el siglo XIX cuando el mundo académico occidental "descubrió" la civilización rapanui justo cuando sus misioneros y sus traficantes de esclavos la destruían. Hoy los investigadores rapanui reclaman el retorno de las tablillas y el derecho a participar en su desciframiento.
En el Valle del Indo, los sellos de Harappa siguen siendo excavados. Nuevas inscripciones aparecen cada año. El corpus crece, pero el umbral mínimo para que un sistema de IA pueda hacer algo útil con él sigue siendo demasiado elevado. La lengua que está detrás permanece en silencio.
Dos civilizaciones en los extremos del mundo. Dos escrituras que no podemos leer. Y la misma pregunta inquietante: ¿qué dijeron que fue tan importante como para tallarlo en piedra y en madera, y tan frágil como para perderse con la muerte de unos pocos hombres?








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