Enigmas y anomalía

Sorprendentes casos de gente sombra y ensotanados

En agosto de 2013 tuve la oportunidad de entrevistar en compañía del investigador Marcelino Requejo a David Fernández, que entonces contaba con 89 años de edad. Haciendo gala de una infinita paciencia, nuestro amable interlocutor nos relató el sorprendente encuentro con dos seres ensotanados que protagonizó la lejana noche del 18 de octubre de 1947 en Lugo...

Miguel Pedrero

7 de Julio de 2020 (16:00 CET)

Sorprendentes casos de gente sombra  y ensotanados
Sorprendentes casos de gente sombra y ensotanados

David contaba con 22 años de edad. Esa mañana se había levantado bien temprano para recorrer en su bicicleta los treinta kilómetros que separaban su domicilio en Azúmara de Mondoñedo, donde se celebraban las fiestas patronales. Después de divertirse, a eso de las once de la noche, emprendió el regreso a casa.

Media hora después, cuando rodaba cerca de la aldea de Barral, observó a dos personas que estaban en el borde del camino. David pensó que podían ser guardias civiles, pero al acercarse a unos cinco metros de ellos, se dio cuenta de que eran enormes. Según el protagonista: «Medían alrededor de dos metros. Estaban muy juntos, como pegados por los hombros, y llevaban puestas unas capas de color rojo que brillaban en la oscuridad. Sus cabezas estaban cubiertas por unas capuchas». David pasó a su lado, «tan cerca, que si alargo la mano, los toco», nos decía. En ese instante pudo verles las caras, «que eran totalmente blanquecinas, como si fueran mujeres muy viejas». A pesar del miedo, no quiso parecer descortés y los saludó con un «¡buenas noches!». Las figuras no contestaron, pero «se giraron a la vez, muy despacio, sin tocar el suelo, como si flotaran, y se quedaron dando la espalda al camino».

Marcelino Requejo publicó este suceso en su último libro, titulado Más allá de lo sobrenatural (Cydonia, 2018). En la misma obra da cuenta de otro caso espectacular de aparición de un ser ensotanado. Marcelino tuvo la oportunidad de entrevistar a dos de los cuatro jóvenes que vivieron una terrorífica experiencia en la madrugada del domingo 10 de marzo de 2001. Circulaban por la carretera AC-100, que une las localidades coruñesas de Porto do Barqueiro y Vila de Bares, cuando de repente del arcén salió «un tipo altísimo, de más de dos metros, vestido como los monjes, con hábito negro y la cabeza tapada con una capucha –relataba uno de los testigos a Requejo–. Frené en el acto, y quedamos parados a unos diez metros de ese ser. Él no se detuvo y empezó a cruzar la carretera. Pero no caminaba, se deslizaba como flotando, despacio, muy despacio. Llevaba la mano derecha extendida hacia delante, sujetando algo parecido a un candil que colgaba de una cadena corta; pero no era un candil, sino una luz blanca redonda, como una bombilla».

Justo cuando alcanzó el centro de la carretera, se detuvo y giró la cabeza mirando hacia el coche, mostrando su rostro a los horrorizados muchachos. «Nos llevamos un susto de muerte. Su cara era blanca como la nieve, parecía una calavera alargada. Y en lugar de ojos tenía dos círculos muy brillantes de color rojo». El ensotanado cruzó la calzada levitando, y al llegar al arcén izquierdo comenzó a volar, desplazándose por encima de los árboles, hasta que se perdió en la lejanía en pleno monte.

«Atropellé al ensotanado»

Unos años después, en julio de 2012, Marisol Sánchez atropelló en Saucedilla (Cáceres) a un ensotanado similar al descrito por los jóvenes del caso anteriormente relatado. La mujer golpeó con su coche a alguien que había aparecido de la nada. «¡Dios mío, lo he matado, lo he matado!», gritó. Cuando iba a descender del vehículo, se incorporó un ser ataviado con una sotana que la miró fijamente. Según Marisol, su rostro era esquelético y completamente blanco, y los ojos redondos y rojos. Mientras la mujer vociferaba fruto del pánico, la figura comenzó a alejarse del coche, momento en el que nuestra protagonista se percató de que no andaba, sino que se desplazaba levitando, como si avanzara subido en un patinete.

En otras ocasiones, esas figuras oscuras parecen espiar a los seres humanos… Federico Padial es un incansable investigador y estudioso sevillano de los fenómenos paranormales. Lleva años experimentando en lugares que parecen marcados por energías y presencias de otros mundos. En 2015 se encontraba llevando a cabo una investigación en una construcción abandonada, conocida como Hacienda La Rihuela o casa de la loca, en Palomares del Río (Sevilla). Le acompañaban su hija Bárbara, futura periodista muy interesada por el mundo del misterio, y una pareja de amigos. Cuando se hizo de noche aparecieron unos adolescentes, conocedores de la fama de embrujado del sitio y dispuestos a pasar unas horas de emociones fuertes. «Cuando nos vieron allí con todos los aparatos que solemos llevar a las investigaciones, alucinaron –me explicaba Federico Padial–. Como quería seguir experimentando, y para evitar que hicieran ruido, les dije que podían observar lo que hacíamos, pero en silencio. Aceptaron de buena gana. Al final, la pareja de amigos que venía con nosotros y uno de los chavales salieron al exterior, y Bárbara, el resto de los chicos y yo nos quedamos en la casa intentando captar alguna voz psicofónica».

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Federico pidió a los jóvenes espectadores que no se movieran y conectó los aparatos de grabación, «cuando de repente vi que asomaba por una pared una figura enorme, como de dos metros y medio –continuaba relatándome Federico–. Estaba ladeada, me dio la sensación que espiando lo que estábamos haciendo. Tenía un tronco completamente rectangular, una cabeza de la misma forma y carecía de cuello. Además, desde mi punto de vista, no tenía volumen, sino que era plana. Inmediatamente avisé a Bárbara y a los chicos que estaban con nosotros. ‘¿Estáis viendo eso?’, les dije. Los chavales estaban pálidos, en estado de shock. La situación hasta me pareció graciosa, porque semejaba que aquello estaba tan sorprendido de vernos a nosotros, como nosotros de estar contemplándolo a él».

«Aquella cosa venía hacia nosotros»

Bárbara, a la que también pude entrevistar, me confirmó que la «presencia» era tal y como la había descrito su padre, y que estuvieron viéndola alrededor de un minuto a unos dos o tres metros de distancia, hasta que comenzó a moverse perdiéndose detrás de la pared. «Pasaron solo unos segundos y escuchamos a las personas que estaban fuera dando gritos. Decían: ‘¡Una sombra! ¡Está pasando una sombra enorme!’», aseguraba la joven investigadora. «No hubo comunicación entre nosotros y las personas que estaban en el exterior, y a pesar de eso todos vimos lo mismo, así que no se trató de una alucinación ni nada parecido, sino de algo real», remató Federico.

Un caso hasta cierto punto similar es el protagonizado por el coruñés Alejandro Varela y un grupo de unos veinte chavales. El propio Alejandro me relató con pelos y señales su experiencia: «Esto sucedió en 1995 o 1996. Los fines de semana un montón de chicas y chicos nos íbamos con las bicicletas a un edificio abandonado que antes era un hospital de cuidados paliativos para enfermos terminales. Años después volvieron a construir ahí un hospital y hoy en día sigue funcionando. Está en Oza de los Ríos, muy cerca de la ciudad de A Coruña. Allí pasábamos el rato jugando, hablando y montando en las bicis».

Pero un día sucedió algo que terminó para siempre con sus andanzas por el derruido edificio. Alejandro me contó lo que sigue: «La construcción parecía una mansión con una puerta enorme y unas escaleras que ascendían hacia las plantas superiores y que se ramificaban en dos arriba de todo. Unas escaleras iban a la derecha, pero a la izquierda faltaban peldaños porque se habían caído por el estado de abandono del lugar. Recuerdo que ese día éramos como veinte chicos con las bicis. Mi amigo Rubén y yo íbamos delante. Justo al llegar a la entrada del antiguo hospital, vi una silueta luminosa en lo alto de las escaleras. Me quedé completamente alucinado, así que le pregunté a Rubén si estaba viendo eso y me confirmó que sí. Inmediatamente, aquello comenzó a descender, pero por la izquierda, donde no había peldaños. No caminaba, sino que se desplazaba como si estuviera bajando por una cinta transportadora. No tenía brazos ni piernas, pero su aspecto era humanoide con una cabeza y un tronco».

Cuando estaba casi en la entrada del edificio, a unos tres o cuatro metros de Alejandro y su amigo, les pudo el miedo y salieron en sus bicicletas a la máxima velocidad que les permitían sus piernas. Tal como explicaba mi informante: «No vimos aquella figura luminosa solo Rubén y yo, sino también un montón de chicos que estaban detrás de nosotros. Recuerdo que en la huida gritábamos de miedo, algunos se caían y se volvían a levantar, unos tropezábamos con otros por el afán de alejarnos de allí cuanto antes». 

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