Un teléfono móvil en un mural de 1937
La imagen que cada cierto tiempo convence a medio Internet de que los viajes en el tiempo son posibles
Observa el cuadrante inferior derecho de este mural pintado en 1937. Un hombre sentado sostiene, casi a la altura de los ojos, un objeto pequeño, negro y rectangular. La pose —cabeza ligeramente inclinada, mirada absorta en el objeto— es reconocible para cualquiera que haya usado un teléfono móvil que se nos antoja un selfie anacrónico, tanto que lleva más de una década resucitando en redes sociales como presunta prueba de un viaje del tiempo. Sí porque el primer teléfono portátil de la historia se remonta al 3 de abril de 1973, es decir, 36 años después de que la escena fuera inmortalizada en el Commonwealth of Massachusetts State Office Building de Springfield. Veamos:
La escena forma parte de Mr. Pynchon and the Settling of Springfield, un mural de cuatro paneles del pintor ítalo-estadounidense Umberto Romano, hoy bajo custodia del Museo Postal Nacional de Estados Unidos y expuesto en las oficinas de la Mancomunidad de Massachusetts, en Springfield, su antigua sede postal. Romano lo terminó en 1937 y lo dedicó a recrear, con libertad artística, un encuentro del siglo XVII entre colonos ingleses y miembros de los pueblos pocumtuc y nipmuc en el asentamiento de Agawam, la actual Springfield.
La comparación con un smartphone empezó a circular con fuerza a partir de 2017, cuando el medio estadounidense VICE recogió una alusión previa al parecido del objeto con un teléfono, publicada un par de años antes en un pie de foto de The Public Domain Review. Ese mismo verano, la noticia saltó también a medios en español como Infobae. Desde entonces, la imagen ha vuelto a hacerse viral con regularidad —la última vez, este mismo año, recuperada por tabloides como el Daily Mail bajo titulares sobre "pruebas" de viajes en el tiempo—, siempre con el mismo formato: captura del detalle, signo de interrogación, especulación.
'Time travel' claims explode as strange detail is spotted in 1937 painting https://t.co/u8uXkxzm3J
— Daily Mail (@DailyMail) September 8, 2026
Entonces, ¿qué sostiene realmente?
Nadie lo sabe con total certeza, porque Romano murió en 1982 sin dejar ninguna nota sobre ese personaje concreto. Pero sí hay candidatos mucho más plausibles que un smartphone, que no existiría hasta siete décadas después del mural y casi cuatro décadas después de que apareciera el primer teléfono portátil de la historia, en 1973.
"Hay tantas cosas equivocadas en esta representación que una no sabe por dónde empezar. Queda bastante claro que el artista en su vida había visto muchos de los objetos que pintó" -aseguró, en declaraciones a VICE, la antropóloga Margaret Bruchac, profesora de la Universidad de Pensilvania y coordinadora de su iniciativa de estudios sobre pueblos nativos americanos. Bruchac señalaba varias imprecisiones históricas del mural —desde la vestimenta hasta los objetos representados— y apuntaba que lo más probable es que el hombre sostenga la hoja afilada de un cuchillo o una cabeza de hacha de hierro, mercancía habitual en los intercambios comerciales del siglo XVII.

Otra hipótesis, defendida por el escritor Daniel Crown —quien rescató la imagen en 2015— y respaldada por la historiadora del arte indígena Jessica R. Metcalfe, apunta a un espejo de mano. Los espejos, introducidos por los colonos europeos, se convirtieron pronto en objetos de prestigio entre los pueblos nativos, que solían montarlos en bastones ceremoniales por sus propiedades reflectantes de la luz. Una tercera posibilidad, también sugerida por Crown, es que se trate de una edición de bolsillo de un texto religioso, con forma rectangular similar a la de un evangelio o un salterio de la época.
Ninguna de las tres necesita electricidad, satélites ni un DeLorean.
Casos similares
El "smartphone" reaparece cada pocos años en otras obras
"Die Erwartete" (La esperada), Ferdinand Georg Waldmüller, 1860. Una joven camina por un sendero con la mirada fija en un objeto rectangular sostenido con ambas manos. Según expertos consultados en su momento, se trata de un libro de oraciones o himnario acompañado de un rosario, no de un teléfono.

"Hombre entregando una carta a una mujer", Pieter de Hooch, 1670. El propio Tim Cook, consejero delegado de Apple, comentó el parecido durante una visita al Rijksmuseum de Ámsterdam. El museo aclaró que el objeto es, tal como indica el título de la obra, una carta.

Metraje del estreno de "El Circo", 1928. No es una pintura sino una filmación real: en unas imágenes de la première de Charlie Chaplin, una mujer camina con la mano junto a la oreja sosteniendo un objeto oscuro. El cineasta que redescubrió el fragmento en 2010 lo presentó como prueba de un viajero del tiempo; especialistas en historia de la medicina apuntan a un audífono de trompetilla, un modelo compacto y rectangular ya habitual en esa época.

Por qué vemos tecnología imposible donde no la hay
Aquí es donde la anécdota se vuelve más interesante que el propio misterio. Lo que ocurre en estos casos no es un fallo puntual de percepción, sino un mecanismo muy estudiado en psicología cognitiva: nuestro cerebro no procesa cada objeto desde cero, sino que lo encaja en la plantilla mental más disponible y familiar. Ver a diario a millones de personas sosteniendo un rectángulo negro junto al oído o frente a los ojos ha convertido ese gesto en una de las formas visuales más reconocibles de nuestra época —tanto que basta con una silueta ambigua y una postura parecida para que el cerebro complete el resto. Es el mismo principio, aplicado a objetos en lugar de a rostros, que hace que veamos caras en enchufes o en la fachada de un edificio.
A Waldmüller jamás se le habría ocurrido pensar en un teléfono, sencillamente porque ese objeto no formaba parte de su mundo en 1860
A eso se suma un segundo sesgo, el llamado presentismo: juzgar el pasado con las categorías del presente. A quien viera este mural en 1937, o el cuadro de Waldmüller en 1860, jamás se le habría ocurrido pensar en un teléfono, sencillamente porque ese objeto no formaba parte de su mundo. Nosotros sí lo tenemos tan interiorizado que se ha convertido en el filtro por defecto con el que interpretamos cualquier rectángulo sostenido con intención.
¿Y por qué el "viajero del tiempo" resulta una explicación tan atractiva frente a la del espejo o el cuchillo? Probablemente porque los viajes en el tiempo llevan siglo y medio instalados en el imaginario colectivo como la fantasía definitiva: la posibilidad de deshacer un error, adelantarse a un descubrimiento o simplemente comprobar que el futuro —o el pasado— nos observa. Una imagen ambigua que parece confirmar esa fantasía, aunque sea por accidente, es mucho más compartible que una nota a pie de página sobre comercio de espejos en el siglo XVII. No es que deseemos que los viajes en el tiempo sean reales en sentido literal; es que preferimos, aunque sea por un segundo, la posibilidad de la anomalía a la certeza de la explicación aburrida. El misterio vende mejor que el espejo.
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