Los secretos esotéricos que Bécquer escondió en su obra
Gustavo Adolfo Bécquer: El investigador del alma humana que desafió los límites entre la vida y la muerte
Pocos nombres en la literatura española despiertan y llaman tanto la atención como la del sevillano Gustavo Adolfo Bécquer, poeta y narrador que llevó historias fascinantes de apariciones, fantasmas y hechos sobrenaturales más allá del amor. Si Edgar Allan Poe y H. P. Lovecraft simbolizan en el mundo anglosajón el misterio y el terror psicológico, Bécquer es su equivalente natural en castellano.
Su obra, sobre todo las Rimas y Leyendas, encierra una dimensión misteriosa, espiritual y esotérica que va más allá de lo literario, pues trata de expresar lo que es el retrato del alma humana frente a lo desconocido, el amor y la muerte.
Nacido en Sevilla el 17 de febrero de 1836 como Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida —su nombre real—, Bécquer fue un espíritu adelantado a su tiempo. Su padre, el pintor José Domínguez Bécquer, y su hermano Valeriano, también artista y pintor al que se debe el retrato más conocido del poeta, marcaron su inclinación por la creación. No obstante, su verdadera vocación fue la palabra escrita, un refugio donde la belleza, la melancolía y el misterio podían convivir.
En Madrid, Bécquer vivió los contrastes de la bohemia y la precariedad. Colaboró en periódicos tales como El Contemporáneo, en el que escribió piezas fundamentales como Cartas desde mi celda y Cartas literarias. También emprendió la monumental Historia de los templos de España.
En esos años, entre muchas penurias e inspiraciones febriles, su salud se deterioró enormemente. La tuberculosis —otros especialistas indican que algún tipo de enfermedad venérea— lo condujo a una muerte prematura el 22 de diciembre de 1870, con tan solo 34 años. No llegó a ver publicadas sus Rimas y Leyendas en vida; fue su edición póstuma la que le concedió la inmortalidad que buscaba.
El simbolismo secreto de su obra
Más allá del poeta romántico, Bécquer fue un investigador del alma humana, así como de los límites de la realidad. Su obra está impregnada de una abundante simbología oculta y referencias al espiritismo —tan en boga desde el año 1848—, al esoterismo y al hermetismo. De hecho, el propio Bécquer había asistido a sesiones de espiritismo muy de moda en Sevilla. En sus leyendas se pueden comprobar esas reminiscencias; que escribiera de apariciones o de fantasmas no es casualidad.
Sus Rimas y Leyendas son un compendio de emociones, pero también de enigmas. En ellas se revela un saber esotérico que vincula al poeta con la enorme tradición romántica europea. La fascinación por lo sobrenatural lo llevó a escribir sobre temas tales como la vida después de la muerte, los fantasmas y los mensajes del más allá.

En Sevilla existen múltiples rincones asociados a su universo: desde la Venta de los Gatos, el Parque de María Luisa o el Cementerio de San Fernando, hasta la casa donde nació o donde vivió, la llamada “Casa de los Secretos”. Sin embargo, es la Glorieta de Bécquer lo que sorprende al visitante por su hermoso conjunto escultórico. La glorieta tiene como arranque el pedestal octogonal del monumento —el 8 como símbolo de eternidad y perfección, asociado también al número sagrado de los templarios— y cuenta con el busto del poeta rodeado de tres figuras femeninas. En la base, un ángel herido y doliente simboliza el amor sufriente, todo ello custodiado por Cupido.
El misterio en la obra de Gustavo Adolfo Bécquer
Maese Pérez el organista: el espíritu y la música. Destaca esta historia ambientada en el convento de Santa Inés, en pleno corazón de Sevilla. Bécquer recrea la historia de un organista cuya devoción por la música va más allá de la muerte. Tras su fallecimiento, durante la tradicional Misa del Gallo, el órgano vuelve a sonar milagrosamente.
La Corza blanca: el alma y la metamorfosis. Bécquer traslada al lector a Beratón, Soria. En ella, una mujer parece transformarse en una corza blanca, símbolo de pureza y poder sobrenatural. El catedrático Martín Almagro-Gorbea interpretó en esta leyenda la huella de antiguas tradiciones paganas, mientras que el investigador Joan Estruch Tobella vio en la protagonista una síntesis de arquetipos femeninos. El animal blanco, asociado también al mito de Sertorio, se convierte en el vehículo del alma hacia lo invisible.
El Rayo de Luna y el desengaño romántico. El protagonista, Manrique, persigue la visión de una mujer que resulta ser un reflejo de la luz lunar. Desde la psicología moderna, el relato podría interpretarse como una exploración del ánima de Carl Jung, la figura interior femenina en el inconsciente masculino.
Para los investigadores de lo misterioso, la "dama blanca" es un arquetipo espectral que realiza recorridos cíclicos, como ocurre también en Los ojos verdes o El Monte de las ánimas. En la leyenda El Caudillo de las manos rojas, Bécquer describe a Siannah, prometida de Tippot–Delhi, con una atmósfera etérea que refuerza esta presencia de lo numinoso y el folclore de hadas y duendes.

El neognosticismo y la búsqueda de sentido
En relatos como El Caudillo de las manos rojas, El Apólogo o La Creación, Bécquer despliega una cosmovisión neognóstica. En La Creación, el poeta describe el origen del universo como un caos de luz y tinieblas. Según el estudioso Antón Risco, esta historia adapta mitos de Saturnino de Antioquía, pensador gnóstico de la Antigüedad.
Bécquer mantuvo relación con círculos espiritistas sevillanos, ciudad que dio figuras importantes como Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero), José de Velilla, Vicente Santolino, José Miguel Carretero o el círculo de los Primo de Rivera.
Más que un poeta romántico, Bécquer fue un visionario y un explorador de lo que hay más allá de la muerte. Su universo literario transforma la tradición oral en símbolos de introspección. Aunque murió joven, su herencia sigue viva como un rayo de luna que ilumina la oscuridad del conocimiento, mostrándonos el misterio de lo que el corazón siente y la razón no alcanza a explicar.








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