EE.UU apuntó a España en el nacimiento de los ovni
El memorando secreto que vinculó los “platillos volantes” con científicos nazis refugiados en España
La imagen llegó a mi móvil sin previo aviso. Un WhatsApp de Bruno Cardeñosa —periodista y presentador de La Rosa de los Vientos en Onda Cero, uno de los investigadores ovni más serios del país— y el texto que acompañaba a la foto era lacónico, casi telegráfico: "La historia de científicos nazis en España es de novela. El informe entero habla de las naves Horten y España." La imagen: un documento militar mecanografiado, en papel ya amarillo por el tiempo, fechado el 18 de noviembre de 1947. Cuatro meses después de Roswell.
El papel lleva el membrete del Air Materiel Command, Wright Field, Dayton, Ohio. Va dirigido al Jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, a la atención del Director de Inteligencia, teniente coronel George Garrett Jr. El asunto, en el encabezado, son dos palabras que en 1947 aún no tenían nombre oficial: Flying Discs.
La referencia interna es TSNAD-28/ACL/amb. Cinco puntos numerados. Prosa militar, seca, sin adornos. Pero lo que dicen esos cinco puntos, leído hoy, hace que la piel se erice. El punto 2 menciona una historia del corresponsal de guerra canadiense Lionel Shapiro publicada en decenas de periódicos de todo el país: científicos alemanes que no fueron capturados por los Aliados se habrían refugiado en la España de Franco y estarían desarrollando, financiados por el régimen, tecnología aeronáutica avanzada. Discos. Alas volantes. Los herederos del programa Horten.

El Air Materiel Command no estaba mirando al cielo buscando marcianos. Estaba mirando a España.
La pista que la inteligencia tomó en serio
Aquí es donde el documento deja de ser una curiosidad archivística y se convierte en algo más perturbador. El Air Materiel Command no descartó la historia de Shapiro con una nota al margen. Consultó a sus propios científicos alemanes —los traídos legalmente a territorio estadounidense mediante la Operación Paperclip, entre ellos colaboradores de Wernher von Braun— para verificarla. Su respuesta fue negativa: no reconocían a ningún nombre importante trabajando en España. Pero el tono del documento no es el de quien cierra un expediente. Es el de quien encarga más vigilancia.
El punto 3 solicita explícitamente obtener nombres, cualificaciones e información de contacto de los supuestos científicos alemanes en suelo español. El punto 4 menciona un avistamiento a corta distancia en Alaska en septiembre de 1947 —apenas semanas antes— y pide una observación más detallada. El punto 5 revela que el doctor Carroll tenía el encargo de cartografiar todos los incidentes de discos voladores en América del Norte. No algunos. Todos. Desde el primer día.
¿Y si lo que Kenneth Arnold vio sobre el monte Rainier no fueron naves de otro mundo sino el último secreto de los hermanos Horten?

Las naves Horten
Reimar y Walter Horten fueron los ingenieros alemanes que diseñaron el Ho 229, un caza de ala volante propulsado a reacción que voló antes del fin de la guerra. Adelantado a su tiempo en décadas, su silueta —sin fuselaje, sin cola, pura ala curva— coincide de manera inquietante con las primeras descripciones de los objetos avistados en 1947. El propio Kenneth Arnold, el piloto cuyo avistamiento del 24 de junio de 1947 bautizó los "platillos volantes", describió los objetos como similares a platillos que rebotan sobre el agua, pero también como alas curvas sin cola. Esa segunda descripción, la que los periódicos enterraron, encaja con el Ho 229 mucho mejor que con ningún plato.
Bruno lo lleva tiempo rastreando. Su hipótesis no es que los discos fueran marcianos ni que fueran todos soviéticos. Es que una parte de esa ola de avistamientos de 1947 podría haber tenido su origen en prototipos desarrollados por científicos nazis dispersados por el mundo —incluida la España de Franco, que durante años fue el refugio más accesible de Europa para quienes necesitaban desaparecer sin cruzar el Atlántico.

El principio del rastro
Este documento —página 7 de un expediente más amplio recientemente publicado en la oleada de desclasificaciones impulsada por la administración Trump— no prueba nada por sí solo. Pero sí confirma que en noviembre de 1947, a cuatro meses de Roswell y cinco del primer avistamiento masivo de Arnold, la inteligencia militar de los Estados Unidos estaba tomando muy en serio la posibilidad de que los discos voladores fueran tecnología humana. Tecnología alemana. Y que esa tecnología pudiera estar desarrollándose, en ese momento, en suelo europeo bajo el paraguas de un régimen amigo de los derrotados.
El rastro que Bruno puso en mis manos ese día no ha hecho más que empezar.









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