El ADN de Hitler destruye dos mitos en torno al dictador
Un análisis de ADN aclara los mitos sobre la muerte, ascendencia genética y perfil psicológico de Adolf Hitler
Un reciente análisis genético ha arrojado una serie de conclusiones que retuercen algunas de las hipótesis más inquietantes sobre Adolf Hitler.
El estudio, expuesto en el documental Hitler’s DNA: Blueprint of a Dictator —emitido por Channel 4— sugiere que el dictador nazi podría haber padecido un trastorno genético conocido como Síndrome de Kallmann, lo que habría afectado su desarrollo sexual. Los hallazgos de un equipo internacional de científicos e historiadores parecen ahora confirmar las canciones populares durante la Segunda Guerra Mundial que se burlaban de la anatomía de Hitler, aunque carecían de toda base científica.
Pero, si los restos de Fürer fueron pasto de las llamas en el patio de la Cancillería del Reich por orden directa de Hitler, ¿de dónde sacaron las muestras para el análisis de ADN?
La muestra genética fue facilitada por el Museo de Historia de Gettysburg que conseva un trozo de tela manchada de sangre, supuestamente del sofá del búnker donde el dictador nazi se suicidó en abril de 1945.
Según los genetistas responsables del análisis, la muestra fue autenticada mediante la comparación del cromosoma Y con el de un pariente vivo por línea masculina: el emparejamiento habría sido “perfecto”, lo que fundamentaría la filiación genética. A partir de ahí, el genoma reconstruido habría dado pistas sobre posibles malformaciones sexuales: testículo no descendido, baja producción de testosterona e incluso una “probabilidad de uno entre diez” de presentar micropene. Este último dato parece tener cierto sesgo ideológico porque el ADN no puede confirmar en absoluto el tamaño de los genitales.

Hitler no tuvo ascendencia judía
Lo que sí puede aclarar un estudio de ADN es la persistente leyenda de una ascendencia judía en la línea masculina, una de las viejas teorías conspirativas sobre los orígenes de Hitler. El perfil genético del líder nazi lo sitúa en un contexto austro-alemán.
Pero los hallazgos van más allá de lo físico: mediante lo que se conoce como “polygenic scores” —es decir, puntuaciones genéticas probabilísticas— los investigadores apuntan a una elevada predisposición genética en Hitler para rasgos vinculados con condiciones neuro-psiquiátricas como autismo, esquizofrenia o trastorno bipolar.
El documental y sus promotores insisten en una advertencia básica: estos hallazgos no pueden ser equiparados a un diagnóstico clínico retrospectivo. Las puntuaciones poligénicas son probabilísticas, no deterministas; sugieren una propensión, no una certeza de enfermedad o condición.
Aun así, no faltan las voces críticas. Algunos expertos alertan de que extrapolar rasgos psicológicos o conductas históricas complejas a partir de variaciones genéticas es un salto interpretativo peligroso —una puerta abierta a simplificaciones biológicas del mal.

El estudio también acaba con el debate de que Hitler no murió en el búnker y su supuesta huida a Sudamérica. El material del sofá fue extraído del Führerbunker en 1945 por el coronel del ejército estadounidense Roswell P. Rosengren, quien sirvió en la Oficina de Información Pública del general Eisenhower. Rosengren que es entrevistado en el documental, asegura que cortó con su navaja un trozo de tela del sofá como trofeo de guerra simbólico que marcaba el final de la Segunda Guerra Mundial.
La biosfera del horror y su legado
Lo que vuelve inquietante este tipo de descubrimientos no es solo lo que dicen del cuerpo físico del dictador, sino lo que sugieren sobre su psicología, su soledad íntima, su disfunción emocional. Que un hombre tan cargado de odio y violencia —responsable de genocidios y crimines atroces— pueda tener un perfil biológico marcado por una fragilidad íntima, sexual y mental, abre una tensión incómoda: ¿puede el horror político y moral tener raíces en una patología genética? ¿Puede la genética explicar aunque sea en parte la ferocidad ideológica, la compulsión al control, la obsesión con la pureza racial?
Aquí la respuesta científica es clara: no. Los propios investigadores advierten de que “no existe un gen que explique la maldad”, y que la genética —aunque poderosa— solo aporta una parte del rompecabezas. Pero para quienes buscamos en lo oscuro de la historia, estas grietas en el cuerpo pueden resonar con ecos simbólicos: el monstruo también fue un ser frágil, marcado por su biología, por sus carencias.








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