Lobishome: El terror de la noche
Entre las brumas de la leyenda, desde una época ancestral, nos han llegado relatos y cuentos acerca del mito del hombre-lobo en tierras de Galicia: un misterio real con un simbolismo de profundas raíces.
«De repente, un estremecimiento intenso le recorrió de pies a cabeza y todos los cabellos se le pusieron de punta. En la puerta había una gatera y por ella asomaba la pata de un lobo grandísimo. Una pezuña negra, grande, con uñas afiladas que relucían». Así describía Vicente Risco uno de los escalofriantes encuentros con el lobishome, recogido en las cercanías de la localidad orensana de Trives.
Todavía hoy quedan en Galicia rincones perdidos y olvidados, que languidecen con el paso del tiempo y que parecen anclados en otra realidad; son enclaves donde, hasta no hace mucho, se seguían contando viejas historias al calor de la lumbre durante los interminables y fríos inviernos acerca de una figura monstruosa. La palabra lobishome servía para denominar una realidad que también encontramos en otras regiones de Europa con distintos nombres; así, al mito del hombre-lobo se le conocía como lobisomem en Portugal, loup-garou en Francia, vodkolav en Eslovaquia, bleiv-garv en Bretaña, etc.
La creencia europea en este personaje mítico tiene un origen común que podemos encontrar en la mitología griega. Existía en Arcadia un rey llamado Licaón, que ofrecía a sus dioses paganos salvajes y cruentos sacrificios humanos. Enterado Zeus, acudió a comprobarlo personalmente. Para no ofender a la divinidad, los oficiantes del culto le cubrieron de ofrendas; pero Licaón no creía que se tratase del mismísimo Zeus y le ofreció carne humana en un banquete, lo que le valió como castigo la maldición de convertirse en hombre-lobo. De aquí deriva no solo el término licantropía y licántropo, sino los principales atributos que fundamentan el mito del hombre-lobo como entidad maléfica y como expresión de una maldición o posesión del ser humano.
Desde muy antiguo, se atribuyeron al lobo algunos aspectos negativos asociados al mal, como su voracidad, su actividad cazadora nocturna aprovechando la oscuridad (frente a la luz de Cristo) y un supuesto comportamiento lujurioso de las lobas. Estos elementos crearon una imagen maléfica del animal. El lobishome es, además, una manifestación de la primacía de los instintos más primarios del hombre: el lado oculto que todos llevamos dentro.
Para el antropólogo Xosé Miranda, la raíz de estas leyendas se encuentra en la herencia romana en la Gallaecia: «El término latino lupus hominarius es el origen del término lobishome, y ya durante la dominación romana se denominaba al mito versipellis; es decir, el individuo que cambia de piel». Para Miranda, la importancia que se concede al poder de la piel del lobo en las metamorfosis sería una evidencia de que no estamos ante una fuente de origen germánico o celta, sino muy anterior a los primeros testimonios romanos, acreditando incluso un posible origen anterior a la llegada de los pueblos indoeuropeos. Estamos hablando de «piel» como vocablo procedente de pel, pellis, término latino que también se empleaba para designar a la figura y, por tanto, para aludir a esa transformación del hombre en lobo. Algunos de los relatos que han sobrevivido en Galicia contienen un profundo significado simbólico que va más allá de la simple anécdota y que se enmarca en creencias mágicas de muy hondo calado.
La maldición del séptimo hijo
Frente a la imagen truculenta y estereotipada que el cine nos muestra del hombre-lobo, la transformación en lobishome aparece como un fenómeno reversible y asociado directamente a un fenómeno muy arraigado: la maldición. Especialmente significativa es la tradición que señala al séptimo hijo de una sucesión consecutiva de varones como predestinado a convertirse en lobo cuando sea mayor; este elemento se repite con frecuencia en buena parte de los relatos orales y está asociado a la creencia en el destino irreversible de algunas personas.
El profesor en antropología social de la Universidad de Santiago, Xosé Mariño Ferro, considera que nos encontramos «ante una manifestación de las connotaciones mágicas del número siete desde tiempos remotos; el séptimo hijo, varón o mujer, era considerado especial por la familia, y su sino podía ser el de convertirse en saludador, bruja o lobishome». Cuando el niño que cumplía dicha cifra daba sus primeros llantos, era costumbre mirarle debajo de la lengua: si se advertía una Cruz de Caravaca o la llamada Rueda de Santa Catalina, el niño estaba destinado a convertirse en sanador. De no verse tales señales, estaría sin duda predeterminado a ser un lobishome, si bien podría librarse si el hermano mayor lo bautizaba —preferentemente con los nombres de Bartolomé, Benito o Antonio, según las zonas— y rezando responsos a los santos del mismo nombre.
No es casual que los gallegos dirigieran sus ruegos a estas santidades. Así, por ejemplo, sabemos que a San Antonio Abad se le consideraba protector de quienes sufrían enfermedades de la piel, en base a la labor que realizaba la Orden de San Antón en la Edad Media con los enfermos de lepra, sarna o ergotismo. La historia de San Bartolomé nos dice que sufrió un doloroso martirio cuando sus captores le arrancaron la piel con un cuchillo, y por ello se convirtió con el tiempo en patrón de peleteros y sastres. Dentro de los orígenes vinculados a la predestinación, también se recogen algunas historias donde la transformación aparece asociada al nacimiento en una fecha concreta, especialmente el 24 de diciembre, por ser el día de nacimiento de Jesucristo.
El segundo motivo por el que un hombre podía convertirse en lobo residía en el poder de la maldición, la fada, lanzada por lo general de padres a hijos con motivo de una disputa. Una de las historias más conocidas relata cómo un padre maldice a su hijo tras negarse este a trabajar en un día festivo, con la intención de acudir a la feria de Piedrafita do Cebreiro, en los Ancares. El joven es presa del maleficio y, al regresar a casa por la noche, se convierte en lobishome, haciendo estragos entre los rebaños del concello de Cervantes.
Lo más interesante de estos encantamientos es que siempre se relacionan con algún aspecto moral que pretende reprobarse; en este caso, la vida lujuriosa del joven. La finalidad moralizante de estos cuentos puede constatarse en otros relatos, como el de la joven del valle de Conso, esta vez maldecida por su madre por idéntico motivo. Subyace en estas maldiciones la importancia que concedía la sociedad gallega tradicional a las vinculaciones familiares y a la prevalencia de los lazos de sangre como fundamento del desarrollo de la comunidad.
No obstante, existen algunas historias que señalan una «tercera vía» de transformación: el mal de ojo. Dichos relatos entroncan más con los embrujamientos o posesiones demoníacas atribuidas a las brujas, y que se basaban en la creencia de que el ojo tenía la capacidad de proyectar energías maléficas. Es conocida la historia del criado que todas las noches abandonaba la casa del amo para juntarse con una manada de lobos, hasta que este decide investigar tan extraña conducta. Cuando descubre a su criado convertido en lobo, es sorprendido y atacado por él, hasta que lo reconoce y le confiesa que no puede evitar actuar así a causa del «mal de ollo» que le lanzaron de pequeño. Se manifiesta así la conciencia de debilidad de los niños ante el poder de las brujas y la necesidad de establecer defensas simbólicas.

La metamorfosis
La transformación en lobishome es siempre un fenómeno que escapa al control de quien lo sufre, pero del que se es plenamente consciente. Solía acontecer con frecuencia los viernes a medianoche, especialmente durante el plenilunio, siendo también frecuentes en la noche de San Juan. Estos momentos comparten su carga simbólica en la tradición europea como los restos de un antiguo culto a la diosa madre, representada por la Luna, frente a las religiones del culto solar que en Galicia vendrían encabezadas por el cristianismo.
La duración del maleficio varía: en Portugal se asegura que el lobisón debía recorrer de doce a dos de la madrugada hasta siete cementerios, siete aldeas y siete encrucijadas. En algunas tradiciones gallegas también aparece el siete como el tiempo de duración del maleficio (en años), lo que las equipara a la leyenda irlandesa de San Patricio, que condenó a todo un clan a convertirse en lobos durante ese periodo. En cualquier caso, es un fenómeno reversible que no implica la condena eterna.
En la provincia de Ourense, el mito aparece más peligroso para el hombre, hasta el punto de denominarlo como lobo da xente. En la conocida leyenda del lobo da xente de Prado, en la localidad de Soane (Viana do Bolo), la bestia se transforma y ataca a un amigo suyo, que se salva por poco. Además, se tiene constancia de batidas de cazadores en busca de lobishomes. Xosé Miranda recogió testimonios en Vilariño de Conso según los cuales algunos foxos dos lobos (trampas de piedra) se utilizaron indistintamente para matar lobos y lobos da xente.
Cerca de O Incio, en Lugo, podemos admirar uno de los foxos más espectaculares, no muy lejos de la aldea de Foilebar, donde se dice que un lobishome sembraba el miedo por las noches. Merece la pena destacar también un fenómeno paralelo: el de los peeiros de lobos, personas que, sin llegar a transformarse, convivían con la manada y la dirigían. El mismo San Froilán, patrón de Lugo, es representado con frecuencia junto a un lobo, según el episodio de su vida en el que logra someter a uno de ellos.
Las leyendas del lobishome son solo un aspecto de la relevancia mítica que adquirió este animal en Galicia. Mirando a través de ellas descubrimos una gran riqueza mitológica, pero también se conmueve esa parte de nosotros que sigue temiendo y admirando su presencia a partes iguales.

El espeluznante caso de Manuel Romasanta
A mediados del siglo XIX, la sociedad gallega contempló con horror cómo una de sus peores pesadillas se hacía realidad. Manuel Blanco Romasanta, un vendedor ambulante, se hizo tristemente célebre tras asesinar a trece personas. Las víctimas aparecieron terriblemente mutiladas. Romasanta afirmó en el juicio que cometió aquellos crímenes porque estaba bajo el influjo de una maldición que lo convertía en lobishome. El caso terminó convirtiéndose en leyenda, y comenzó a hablarse de él como O do Unto o Sacamanteigas, pues sacaba la grasa a sus víctimas para venderla. Finalmente fue condenado a morir por garrote, aunque Isabel II conmutó su pena por cadena perpetua. Fue llevado a la prisión de Celanova y sus últimos años son un misterio. Su popularidad llegó a tal punto que varias películas y novelas relatan su terrible historia.
¿Lo sabías?
En las leyendas, la persona que se transforma en lobo actúa por lo general con mayor virulencia que los animales, atacando con saña a los ganados. Se trata de una bestia inmune a cualquier clase de arma de fuego, incapaz de controlar sus instintos y traicionera por naturaleza. En algunos relatos, no obstante, se recomendaba utilizar balas de cera bendecida para herirlo o ahuyentarlo.

Métodos de protección
Para protegerse del lobishome se utilizaban defensas similares a las empleadas contra demonios y brujas; las bendiciones o los amuletos constituían una buena prevención. Sin embargo, era preciso acabar con el maleficio para liberar al poseso. Una de las fórmulas más repetidas consistía en quemar la piel de lobo que lo recubría; al arder la piel, se purificaba el individuo. Así sucede en el relato de Sobrado, donde una joven se convierte en fiera por la maldición de su madre. Un joven llamado Anxo pudo ver a la mujer desprendiéndose de la piel para calentarse al fuego; con una vara, Anxo consiguió arrojar la piel a las llamas, liberándola.
Más habitual era efectuar una herida o corte en el cuerpo del animal para que sangrara y se purificara. En algunos cuentos se llegaba a cortar una pezuña del animal, apareciendo luego en su lugar una mano humana. En Castela se cuenta la historia de una mujer, maldecida por su padre por su apetito, que recuperó su forma humana gracias a un molinero que, armado con un cuchillo, le cortó con fuerza la pata que asomaba por debajo de la puerta cuando estaba a punto de ser devorado.









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