Misterios

Predicciones del más allá. Vida y experiencias de un médium español

Mikel Lizarralde se ha convertido en uno de los médiums más reconocidos del mundo. Recientemente ha publicado 'Un nuevo mensaje' (Vergara, 2021), libro en el que da cuenta de su trayectoria y experiencias más asombrosas, y del cual extractamos el siguiente texto.

9 de septiembre de 2021 (10:30 CET)

Predicciones del más allá. Vida y experiencias de un médium español
Predicciones del más allá. Vida y experiencias de un médium español
Nº 369, Abril de 2021
Este artículo pertenece al Nº 369, Abril de 2021

No es la primera vez que viajaba a EE UU. Durante mis habituales visitas veraniegas a Canadá, donde pasaba entre tres y cuatro semanas, eran numerosas las ocasiones que cruzaba la frontera con mis amigos. Esta vez era distinto. Era invierno, iba de trabajo y no visitaría los lugares colindantes con Canadá, sino que estaría en Michigan, un estado donde las temperaturas pueden alcanzar los -30 ºC en invierno con bastante facilidad. Era Acción de Gracias del 2013, concretamente noviembre. Mi amiga y compañera Elizabeth Cosmos me había dicho en bastantes ocasiones que fuera a verla para conocer su entorno, y por fin pudimos hacer que ocurriera.

LA CHAMANA DE LAS NACIONES NATIVAS

Todo en la cena fue magnífico. Cuando terminamos, Donald y yo bajamos al sótano a jugar al billar con las niñas, mientras la madre se acomodaba en el sillón. Al bajar, Elizabeth me dijo que había una amiga suya que quería hablar conmigo para ver la posibilidad de unir nuestras dos escuelas. Una especie de proyecto donde se crearía una alianza internacional. De entrada, no me pareció mal. Elizabeth dijo que aquella mujer, Denise era su nombre, era alguien muy importante de las Naciones Nativas de Norteamérica. Una de las personas más emblemáticas, descendiente de algunas de las ancianas que representaban a las Primeras Naciones ante las Naciones Unidas, y una mezcla de varias tribus indígenas. Al parecer, gran chamana y médium. Me comentó que Denise tenía un tipi que habían montado en la propiedad de Elizabeth, que solían realizar ceremonias de sudación regularmente y que Denise quería que yo fuera su invitado de honor en a que se celebraría al día siguiente. Los tipi son unas viviendas nativas de los amerindios. Suelen ser de forma cónica y están hechas de piel de animal como la del bisonte y maderas que los sujetan. Yo los había visto en las películas, nunca en vivo, y descubrí que son más grandes de lo que aparentan ser. «Además –añadió Elizabeth–, quiere entrevistarte a las nueve de la mañana en su programa de radio Star Nations». Le pregunté qué era una ceremonia de sudación, y me explicó que era una ceremonia en la que se calentaba el ambiente dentro de un tipi, para sudar sin parar. El objetivo era limpiarse de malos pensamientos, de impurezas, y así apoyar el ascenso a un plano superior de mayor conciencia espiritual. La ceremonia tenía además una serie de pautas y rituales asignados a personas diferentes.

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Primero comenzaba con la tarea asignada al Guardián del Fuego unas horas antes de iniciar la ceremonia. Una persona, en este caso el marido de Denise, se encargaba de encender el fuego, mantenerlo vivo y agitar el ambiente a través del calor de las piedras sagradas. Estas piedras habían sido elegidas con anterioridad por la propia Denise. Se hacía un fuego, se dejaban las brasas, se introducían las piedras y se tapaban para que se pusieran lo más calientes y ardientes posible. Más tarde, una hora y media antes, llegaba el Guardián de la Puerta. En este caso, era un amigo de ellos que permitía entrar a las personas dentro del tipi, las sentaba según el orden establecido por Denise, se encargaba de vigilar que estuvieran bien en cada momento y les ayudaba a salir de nuevo cuando todo hubiera acabado. Un rato antes de que iniciara la ceremonia, llegaba la sacerdotisa o chamana; en este caso, era la propia Denise, que tanto por rango, por linaje, como por experiencia, le correspondía. Era una belleza de mujer. Con ojos medio azules, medio verdes, con una hermosa sonrisa que iluminaba su cara, una tez bronceada muy especial y una voz que todo lo llenaba. Su estatura no muy alta no hacía honor al poder que tenía y que, en cada paso, en cada gesto, en cada palabra que pronunciaba, se podía vislumbrar.

En la ceremonia nos iba a acompañar una de las últimas ancianas de sabiduría de la tribu de los Lakota que todavía estaba con vida

LA CEREMONIA

A la hora indicada, las cinco de la tarde, los invitados a la ceremonia empezaron a llegar y comenzaron a pararse delante y alrededor del tipi. Había unas doce personas, que yo pensaba que no podrían caber en aquella tienda india. No estaba nevando. Había salido el sol, pero la nieve lo cubría todo. Al sol había unos 15 ºC bajo cero, y a la sombra, casi el doble. Esta vez sí que estaba nervioso. Lo estaba porque no sabía qué iba a encontrarme. «Tranquilo –me dijo Beth sujetando mi mano–. Todo va a ir bien. Esto lo hacemos cada semana». Me había comentado que aquel día nos acompañaría una de las últimas grandes ancianas de la tribu de los Lakota que quedaba viva, pariente de Denise, y no sé cuántos otros nombres más que no pude retener, pues la embriaguez de los datos y de la situación me lo impedía. Estaba abrumado, sobrepasado por el acontecimiento, pero a la vez contento por estar allí y ser parte de ello. Denise se puso de pie, de espaldas a la entrada del tipi, y dijo una oración en su idioma nativo a los cuatro puntos cardinales. Después, se paró en la entrada y dijo otra oración para dentro de esta. Llamó al Guardián del Fuego y pidió que introdujeran las piedras sagradas. Cuando las vi, eran casi como unos minivolcanes. Estaban rojas como las brasas de una chimenea. Cuando acomodaron las piedras, Denise entró y les echó agua por encima, a la vez que ejecutaba unos cánticos guturales, que casi no se escuchaban, pero su fuerza la podíamos sentir todos los que estábamos fuera de pie, en el frío. Salió, sonrió y, mirando al Guardián de la Puerta, repartió cinco grandes pipas entre los asistentes, a la vez que pedía al Guardián de la Puerta que fuera decidiendo quién entraba y en qué orden lo haría.

A mí me sentaron en el lugar de honor de la tienda india. Muy cerca de la entrada, enfrente de ella. Denise comenzó a cantar en su idioma nativo. No había muchas personas que conocieran los cánticos, pero algunas de ellas, casi todas caucásicas, le seguían como podían. A poco de empezar, la anciana se le unió. A veces cantaban y se paraban. Volvían a cantar y recitaban sus rezos. Después, volvían a parar. Y observaban. Creo que estaban construyendo la energía y que se paraban a analizar cómo iba el proceso y cómo los allí presentes respondíamos. Cuando hacían pausas repartían las pipas de una a otra persona en el círculo. Después decían oraciones, también en su idioma, mientras mecían las manos hacia el cielo en modo de súplica y agradecimiento. Poco a poco, fue vertiendo agua sobre las piedras. Allí hacía mucho calor, más que en ninguna sauna en la que yo hubiera estado. Sudas muchísimo, pero no es desagradable. Es intenso, muy intenso.

SANACIÓN ESPIRITUAL

Mientras la pipa iba pasando de unos a otros en el círculo, escuchando aquellos cánticos y aquellas oraciones rítmicas que no comprendía, pensaba lo afortunado que era de estar en ese lugar con aquellas personas. Realmente, tengo mucho que agradecerle a Beth. Me sentía dichoso y bienaventurado. Poco o nada sabía yo sobre la historia de aquellas tierras y de aquellas tribus que las habitaban. Como poco o nada sabía yo de las tropas inglesas, y de los soldados franceses que poblaron dichas tierras. La Nouvelle France y New England peleándose por unas tierras y queriéndose apoderar de unas naciones que ya tenían dueño.

Naciones antiguas y viejas rencillas de poder, colonias las llamaban, representadas por armadas y banderas que se disputaban la tan ansiada nueva tierra. Gobernantes que se repartían el pastel sin pensar que había familias que estaban despedazando y separando para siempre. Soldados, unos vestidos con uniforme rojo, y otros de azul, que cuando Inglaterra supuestamente ganó la guerra, se quedaron allá. Algunos para hacer trueque con los indios y otros para matarlos y vejar a sus congéneres sin escrúpulos ni pudor.

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LA APARICIÓN

Yo no tenía ni idea de aquello que había acontecido en la historia americana y en la historia aborigen de esas tierras. Yo no sabía que en la familia de Denise, justo al lado de donde ella ahora criaba a sus hijos en libertad, y a escasos metros de donde estábamos realizando la ceremonia de sudación, había ocurrido tanto horror y tragedia. En un momento, Denise apoyó su pipa sobre su regazo y pidió que los demás hicieran lo mismo. Rezó algo, creo que era para traer la sanación, y pidió que nos quedáramos observando el momento y a nosotros mismos. Nadie habló. Nadie tosió. Nadie se movió. Todo el mundo estaba ensimismado, con los ojos cerrados sintiendo el instante.

Al principio no ocurrió nada, fue como una meditación más, solo que lleno de sudor y en un espacio de mucho calor. No estaba buscando tener una experiencia en particular, ni recibir ninguna información, pero estaba disfrutando de la experiencia. Entonces ocurrió. Un indio se presentó ante mí y me dijo su nombre. No lo comprendí bien, pero sonó como «Wendar» o «Wendat». Lo vi vestido como entonces vestían, con pantalones de algún tipo de piel lisa animal, como si estuviera hecho de piel muy fina. Estaban hechos jirones, como si alguien se los hubiera roto a cuchilladas. Su tono de piel era más oscuro que el de Denise y estaba pintada de varios colores. Mi mente me trajo la imagen de plumas alrededor de su cabeza, como en las películas, pero este personaje no usaba ese tipo de plumas. En ocasiones, durante una visión, la mente puede intentar controlar lo que estás percibiendo o viendo para darle una forma lógica y racional. Siento que eso es lo que mi mente intentó hacer trayéndome aquellas plumas.

El espíritu del nativo que se presentó ante mí me mostró, como si fuera una película, la brutalidad de las tropas inglesas con él y su pueblo

Gracias a mi formación, supe que no era parte de la visión y que se trataba de una imagen creada por mi mente. Las imágenes de un mensaje de espíritus siempre tienen una carga emocional que viene acompañada de una sensación física. Se trata de algo muy difícil de explicar, pero es único cuando lo sientes. Inconfundible. Aparece de manera muy sutil, pero es muy persistente. Esa es una de las claves que nos permite distinguir entre visión e imaginación.

El indio tenía el pelo largo hasta la altura de las orejas, de color negro tizón, y abundante cabellera. Me repitió su nombre y me dijo que su pueblo había habitado antes esas tierras de lo que ahora llaman el guante o la manopla de EE UU. Lo veía y lo escuchaba con muchísima claridad. Con gran enfado y furor, me dijo que su pueblo era nómada, que solía atravesar las grandes orillas en busca de pastos y alimento a lo que hoy llamamos Ontario y Canadá, y, escrito en una especie de letrero sobre su cabeza, observé la palabra «Hurón». Añadió, esta vez con lágrimas de tristeza y rabia en su cara, que los soldados ingleses, con un capitán al mando al que llamó Smith (me mostró su imagen y describió su indumentaria roja), masacraron a su pueblo solo por el simple placer de ver desangrar a una persona y escuchar los rugidos de dolor de su familia mientras les obligaban a mirar.

Lo podía ver todo como una película, más nítido y más claro aún que en pantalla. Sabía que él me lo estaba haciendo ver. Como una película narrada por él en primera persona con voz en off. Me mostró una guerra cruenta, que no era tal, pues al no estar igualada no podía llamarse así. En la visión pude observar que, aunque algunos de los indios tenían armas de fuego, la mayoría no las sabían utilizar. En la visión que me mostró noté cómo de manera sanguinaria aquellas tropas inglesas masacraron a los indios con gran facilidad, simplemente por diversión. En ese momento escuché a un cuervo graznar. Dudé si era fuera de la tienda o dentro. Si era dentro, debía de ser algún tipo de símbolo, pues no había manera de que allí hubiera ningún cuervo.

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Mikel Lizarralde no sabía nada sobre el sufrimiento de los nativos de Norteamérica, pero un espíritu le reveló varios aspectos

HOLOCAUSTO INDÍGENA

Entonces, la imagen cambió y me mostró en detalle el uniforme de los soldados franceses; el indio me dijo que ellos habían sido buenos. Que pecaban de ser borrachos, pero que no tenían maldad. Que, al acabar las batallas, muchos de ellos no tenían modo o no tenían lugar adonde volver, que por eso se habían quedado y que con ellos hacían trueques e intercambiaban pieles.

Me sentía abrumado y algo sobrepasado por esa situación. ¿Por qué me mostraba todo aquello a mí? ¿Quién era yo para que me hablara? ¿Sería quizás algún familiar de Denise? Al principio de la visión me había hecho saber que la tribu a la que pertenecía había vivido en aquellas tierras y que habían sido aniquilados. Denise había comentado al inicio que su sangre provenía de muchas tribus. ¿Sería esta una de ellas? Y si era así, si en realidad era familia de ella, ¿por qué entonces no le había hablado de un modo directo? ¿O es que confiaba en mí para que le pasara un mensaje? Estaba aturdido y sobrecogido por la emoción de todo lo que observaba. Lo percibía tan claro, tan sumamente claro, mejor incluso que una imagen que vería con los ojos abiertos. En ese instante, la experiencia me recordó las visiones que solía tener cuando era niño.

«No pierdas el enfoque», me reprochó el indio. Me mostró sus costumbres, cómo de forma nómada vivían entre Canadá y EE UU. Cómo armaban las tiendas, cómo cazaban, cómo se organizaba una sociedad india por dentro, y que, en aquel mismo lugar, en esas tierras, a muy poca distancia de donde yo me hallaba sentado, todo había terminado por una gran masacre a traición de la mano de soldados ingleses. Las imágenes pararon por un momento, pero entonces, volvieron a aparecer, esta vez de manera diferente. Vi a Elizabeth yendo de vacaciones a un resort de México como me había expresado que quería. «Le vendrá el dinero y podrá ir», escuché. Como un foco de teatro, una luz se posó sobre la cabeza de una mujer que estaba sentada en el círculo y escuché: «Tendrá una hija, piensa que es imposible, pero pasará porque los milagros ocurren». Aún, hasta este día, no sé si aquello fue una canalización o un encuentro con un espíritu diferente a todo lo que recordaba, o quizás ambos, pero era tan real, más que la vida misma. La luz se posó sobre la cabeza del marido de Denise y entonces escuché «venderá la empresa».

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«¡TU PADRE MORIRÁ EN 2017!»

Iba a abrir los ojos, pues parecía que ya era la hora. No sabía con exactitud cuánto tiempo había pasado; pensaba que no, pero tampoco sabía si los demás habían abierto los ojos, y sentí que ya no me vendría ninguna información más. Fue ahí cuando vi la pantalla de cine. A lo lejos, en la distancia, como algo casi imperceptible que tienes que intentar atisbar entrecerrando los ojos; así es como en un principio pude percibirla. Poco a poco se fue haciendo más grande, como cuando uno se va acercando a un objeto que está lejos y va haciéndose más grande. Solo que, en este caso, era el objeto el que se acercaba a mí. Según lo hacía, iba cogiendo más y más velocidad. La pantalla en frente de mí se hizo tan grande y nítida que pareciera que iba a chocarme con ella, hasta pude sentir el impacto. Con letras gigantescas, ocupando la pantalla entera, vi los números 2017. El año 2017 (aún faltaban casi cuatro años) era importante. Algo iba a pasar. Pero ¿qué? En cuanto tuve este pensamiento, y antes de que pudiera ni siquiera formular la pregunta, escuché en mi oído derecho con una pasmosa claridad: «¡Tu padre morirá!».

Intenté borrar ese pensamiento y esa pantalla con todas las fuerzas de mi mente, pero la imagen y la sensación no desaparecían. Intenté pensar que todo había sido parte de mi imaginación, pero la sensación no se iba. Intenté convencerme de que aquello no era real, no quería que mi padre muriese, no era posible, era demasiado pronto y quería poderlo disfrutar más. La voz volvió de manera más tenue en el mismo oído y me repitió lo mismo: «Morirá. 2017».

Cambié de táctica. En lugar de simplemente aceptar la información que el espíritu me hacía llegar, intenté cambiarla, modificarla, quitarle valor. Como si no reconociéndola fuera menos verídica y no fuera a ocurrir. Sabía que cuando un espíritu ofrece datos de este calibre, suelen ser muy exactos. Intenté incluso negociar con el espíritu, con el universo, con Dios o quien fuera que me estuviera escuchando y pudiera ayudarme, como si eso funcionara así, pobre e ingenuo de mí. Pedía que le concedieran más tiempo en la Tierra, más tiempo con nosotros. Sabía que no podía ser, pero tenía que intentarlo. «Dadme más años, dejadle vivir más, quiero disfrutarlo durante más tiempo, aún es joven.»

Pero la sensación no se iba. Se sentía en las entrañas, en lo más profundo de mi ser, igual que cuando era pequeño. La misma sensación. No quería hacerlo, pero podía reconocer la sensación. Sabía lo que significaba. Era inevitable. Entre incredulidad y desesperanza, las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, cuando Denise pidió que volviéramos al presente y que fuéramos poco a poco retornando a la realidad.

El espíritu también me enseñó las costumbres y forma de vida de los suyos: cómo cazaban, cómo se organizaban, etc.

«Bien –dijo Denise–. Antes de terminar, ¿alguien ha tenido una experiencia que quisiera compartir? ¿Cómo os habéis sentido todos?». Y dirigiéndose a mí, dijo: «Sé que tú has visto algo importante. Lo presiento. Lo sé –sonrió–. ¿Deseas compartirlo con nosotros?». No sabía qué decir ni qué hacer. Las palabras casi no me salían y mi pensamiento era como un caballo desbocado que no paraba de relinchar diciendo lo mismo a cada rato. Tragué saliva con fuerza y les conté lo que me había pasado con el indio. Al describirlo a él y a su indumentaria, ella y la señora mayor pudieron reconocer de quién se trataba. Al parecer, les habían hablado de ese personaje específico en la escuela.

SE CUMPLE LA PROFECÍA

Corroboraron todo lo dicho por mí, que eran nómadas, que pasaban a Ontario, que los franceses y los ingleses hacían lo que yo había explicado, etcétera. Con una tranquilidad y naturalidad pasmosas, me hablaron incluso de vendedores de pieles que habitaban por aquella zona y colaboraban con los indios. Nadie parecía inmutarse de que aquello hubiera ocurrido cerca de donde nosotros nos hallábamos. Mientras tanto, todo mi ser interior estaba temblando mientras hacía esfuerzos para que no se me notara. Denise me miró con firmeza a los ojos, agarró mis manos y me dijo: «Gracias, Mikel. Hoy has ayudado a que se produjera una gran sanación aquí».

A principios de 2016, la salud de mi padre empezó a empeorar. Comenzaron a ocurrir las primeras hospitalizaciones y transfusiones de sangre. Hablé con mi amiga María, cardióloga de profesión, buscando esa ansiada palabra o frase de esperanza, y, aunque con mucho tacto y cariño, no me escondió lo evidente. Corroboró lo que yo ya sabía: su estado no tenía solución, solo cabía operar, cosa que, en su caso, por su condición física y edad, no se podía hacer. Poco a poco se iría debilitando y no se sabía cuánto duraría. Dos días antes de cumplir los ochenta años, el 30 de junio de 2017 por la mañana, mi padre exhaló el último aliento y se marchó al Cielo.

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