Arqueología
13/10/2026 (12:30 CET) Actualizado: 13/10/2026 (12:41 CET)

Una técnica de la NASA revela imágenes prehistóricas

No es tecnología alienígena: un algoritmo nacido en la NASA saca a la luz glifos de 1.500 años en una cueva mexicana

Josep Guijarro

Periodista y escritor

13/10/2026 (12:30 CET) Actualizado: 13/10/2026 (12:41 CET)
DStretch hace visible lo invisible, como en esta pintura rupestre de Tassili, en Argelia (Foto RUTEON)
DStretch hace visible lo invisible, como en esta pintura rupestre de Tassili, en Argelia (Foto RUTEON)

Una técnica de realce de imágenes ideada en el Laboratorio de Propulsión a Reacción (JPL), el centro de la NASA en el sur de California, se ha convertido en la herramienta favorita de quienes buscan arte rupestre invisible a simple vista. Y acaba de ayudar a leer tres pinturas rojas escondidas en una cueva de Morelos que podrían cambiar lo que sabemos de la escritura de Teotihuacán.

La noticia llegó a principios de septiembre desde la propia NASA: su sección de transferencia tecnológica repasaba cómo un método de procesamiento de imágenes, pensado para extraer información de fotografías de satélite, está sirviendo a los arqueólogos para descubrir pinturas rupestres, restos de edificios antiguos e incluso tatuajes en cuerpos momificados.

Pocas semanas después, desde otro rincón del mapa, llegaba la prueba de que la cosa va en serio. Un equipo internacional ha vuelto a una cueva diminuta de México, ha aplicado precisamente esa técnica y ha logrado interpretar unos glifos pintados hace unos 1.500 años. Las dos historias, que parecen ir cada una por su lado, se encuentran en la misma pared.

Jon Harman posa frente a un ejemplo del estilo artístico nativo americano de Rancho Bernardo
Jon Harman posa frente a un ejemplo del estilo artístico nativo americano de Rancho Bernardo

Una técnica del JPL, un aficionado y una pared de Baja California

Conviene afinar el relato, porque «creada para Marte» es una simplificación. La técnica se llama decorrelation stretch (estiramiento de decorrelación) y, según la NASA, la coinventó un antiguo supervisor de Ronald Alley, un empleado del JPL que en 1996 publicó un artículo sobre cómo aplicarla a las imágenes de ASTER, un instrumento japonés que viaja a bordo del satélite Terra de la NASA y observa la Tierra. Sí es cierto que el método se había usado también con imágenes de la superficie de Marte, y ahí entra el protagonista de esta historia.

Hacia 2005, Jon Harman, aficionado al arte rupestre hoy jubilado y residente en Pacifica (California), con experiencia previa en imagen médica, vio imágenes marcianas con y sin esa técnica y entendió enseguida lo que podía hacer con pinturas antiguas desvaídas. Buscó en internet, encontró el artículo de Alley y programó él mismo un complemento (plug-in) para ImageJ, un programa de código abierto desarrollado por los Institutos Nacionales de Salud de EE. UU. (NIH). Nació así DStretch. Hoy Harman atiende unas 200 peticiones al año y desde 2010 aproximadamente existen versiones para teléfonos móviles que han acumulado miles de descargas.

Lo que hace el algoritmo es intensificar los contrastes de color de una imagen digital, de modo que diferencias casi imperceptibles entre el pigmento y la roca se vuelvan visibles. Lo mejor es verlo con tus propios ojos: desliza el control.

De Angkor Wat a las momias

La gracia del método es que sirve para casi cualquier superficie pintada que el tiempo haya borrado. Entre 2010 y 2012, un arqueólogo usó la técnica en el complejo camboyano de Angkor Wat y localizó unas 200 pinturas. Algunas decoran la torre central y representan jinetes y un conjunto musical tradicional que miles de visitantes cruzan a diario sin verlos, de tan descoloridos que están.

La lista de usos que da la NASA incluye también un abrigo bajo un acantilado en Noruega, una tumba egipcia, un parque en Canadá, los restos enterrados de edificios de la antigua Grecia y los tatuajes de restos humanos momificados. Harman reconoce que no le sorprendió su éxito entre los especialistas en arte rupestre, pero sí la variedad de aplicaciones que otros le han ido encontrando.

La enigmática ciudad de Angkor Wat
La enigmática ciudad de Angkor Wat

Una cueva a la que hay que bajar con cuerda

En lo alto del cerro Delgado, una de las dos colinas volcánicas que presiden el yacimiento de Chalcatzingo (Morelos), a unos 90 kilómetros al sureste de Ciudad de México, se abre la llamada Cueva 19. Más que una cueva es un refugio rocoso: poco más de siete metros cuadrados y unos dos metros de profundidad. Hoy solo se llega escalando por la ladera contraria y descolgándose con cuerda. Los investigadores sospechan que los visitantes antiguos subían con escaleras tipo andamio, porque en el terreno quedan peldaños y apoyos tallados.

Chalcatzingo ya era famoso por otra cosa: más de medio centenar de paneles con relieves de estilo olmeca, de entre 900 y 500 a. C., con cuevas que expulsan nubes de lluvia y plantas jóvenes. Es decir, un paisaje sagrado ligado al agua y al maíz. Siglos más tarde, alguien volvió a esa montaña con una tradición artística muy distinta.

Los tres glifos de la Cueva 19, pintados con un pigmento rojo oscuro probablemente derivado de hematita, ya se conocían desde los años ochenta, pero apenas habían despertado interés. En agosto de 2022, un equipo dirigido por Christophe Helmke, arqueólogo de la Universidad de Copenhague (Dinamarca) y especialista en la escritura de Teotihuacán, cartografió el refugio, fotografió las pinturas y las procesó con realce de canales de color y DStretch. Los resultados se han publicado en la revista Antiquity.

Tres glifos, tres pistas

Lo que proponen los investigadores

Glifo 1 · La «Montaña que Canta»

La 'Montaña que Canta'
La 'Montaña que Canta'

Una montaña estilizada de la que salen volutas desde una boca abierta. En la escritura teotihuacana, esas volutas pueden representar habla o canto. Los autores proponen que el signo se lee «Montaña que Canta», el mismo nombre de lugar que aparece en murales de Teotihuacan, la gran metrópolis prehispánica situada al noreste de la actual capital mexicana. Y hay un detalle sugerente: una colina cercana se conoció históricamente con el nombre náhuatl Cuicatepec, que significa justo eso. Si la lectura es correcta, el glifo etiquetaría el propio cerro Delgado y habría conservado su nombre durante más de mil años.

Glifo 2 · Un título militar

Un título militar
Un título militar

Combina un collar de cuentas, una tela o manto y un dardo lanzado con átlatl (el propulsor o lanzadardos mesoamericano). Los investigadores lo interpretan como un título marcial, posiblemente la identificación de una orden guerrera concreta.

Glifo 3 · Un marco de estrellas

Un marco de estrellas
Un marco de estrellas

Este ya no es escritura propiamente dicha: es un gran marco rectangular, de algo más de un metro de ancho, decorado con estrellas de cinco puntas y pintado justo alrededor de una repisa de piedra ennegrecida por el fuego. Marcos así aparecen en el arte de Teotihuacan como toldos ceremoniales asociados a rituales en honor de guerreros muertos.

 

Fuego, guerreros y una hipótesis con letra pequeña

La pared y el techo sobre la repisa están tiznados de hollín. Los autores consideran que allí pudo quemarse incienso, pero también plantean algo más dramático: que la repisa sirviera de plataforma para un fardo funerario durante una cremación.

Dato frente a hipótesis

Lo que hay: tres pinturas rojas, un posible nombre de lugar con paralelos en Teotihuacán, un título guerrero, un marco estrellado y un nicho ennegrecido por el fuego.

Lo que se propone: que gentes ligadas a Teotihuacán viajaran a Chalcatzingo entre los siglos IV y VI d. C. para celebrar rituales, quizá en honor de guerreros muertos. La cremación es una hipótesis, no un hallazgo: no queda material que permita saber si allí se quemó incienso o un cuerpo, y los propios investigadores lo presentan con esa cautela.

Aun con esas cautelas, la combinación (fuego, imaginería marcial y un marco ceremonial que en otros lugares se vincula a guerreros fallecidos) resulta difícil de despachar como casualidad. Y deja una imagen potente: alguien subió pigmento a una montaña sagrada, se metió en un refugio minúsculo y pintó el probable nombre del monte junto al símbolo de los guerreros y un lugar donde ardía el fuego.

¿Escribía Teotihuacán? Un debate abierto

Aquí está el verdadero pellizco para el aficionado al misterio. Durante décadas se discutió si Teotihuacan tuvo una escritura de verdad o solo un repertorio de símbolos. Los autores del estudio defienden que la Cueva 19 refuerza la primera opción y llegan a afirmar que fue «una escritura genuina, integrada en la vida sociopolítica y religiosa de la ciudad» (traducción propia del inglés). Las investigaciones recientes hablan de cerca de 120 signos identificados: lugares, personas, títulos, datos de calendario y acciones.

No todos lo ven igual. David Stuart, epigrafista de la Universidad de Texas en Austin y pionero del desciframiento de la escritura maya, explicó en una crónica de Reuters que todavía hay quien sostiene que Teotihuacan no tuvo escritura, y que desconocer qué lengua se hablaba allí complica la lectura de sus glifos. Es decir: tenemos signos, tenemos contexto, pero seguimos sin saber en qué idioma «cantaba» esa montaña.

Cronología

Siglos IV–VI d. C.

Según la hipótesis de los autores, se pintan los glifos de la Cueva 19 de Chalcatzingo.

Años 80

Los tres glifos se documentan por primera vez, sin gran repercusión.

1996

Ronald Alley, del JPL, publica el artículo que explica cómo aplicar el estiramiento de decorrelación a imágenes de ASTER.

Hacia 2005

Jon Harman ve imágenes de Marte tratadas con la técnica y crea DStretch.

2010–2012

Un arqueólogo localiza unas 200 pinturas en Angkor Wat con el método. Aparecen también las primeras aplicaciones móviles.

Agosto de 2022

El equipo de Christophe Helmke documenta la Cueva 19 y procesa las fotos con DStretch.

8 de septiembre de 2026

La NASA publica su repaso a los usos arqueológicos de la técnica.

Otoño de 2026

El estudio sobre la Cueva 19 se publica en Antiquity y se difunde en la prensa internacional.

La pregunta que queda en el aire

Lo más inquietante de esta historia no es lo que se ha descubierto, sino cuánto llevaba ahí sin que nadie lo viera. Tres glifos conocidos desde hace cuatro décadas guardaban un posible topónimo, un título guerrero y una escena ritual. Basta un algoritmo de código abierto y una cámara para que una pared «vacía» empiece a hablar.

Cuántas otras paredes, tumbas y abrigos esperan en el mismo estado es algo que desconocemos pero que, seguro, nos dará sorpresas futuras. Si una cueva diminuta puede cambiar el debate sobre la escritura de una de las mayores ciudades de la América antigua, ¿qué más hay pintado ahí fuera que simplemente no sabemos ver todavía?

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Sobre el autor
Josep Guijarro

Josep Guijarro es reportero de prensa, radio y televisión, además de autor de varios libros entre los que cabe destacar El secreto de los aliens (edición ampliada y actualizada en 2024 de Aliens Ancestrales) o Casualidad, que continúa la saga de su bestseller Coincidencias Imposibles. Es documentalista de la serie Extraterrestres (DMAX) y forma parte de los programas El Colegio Invisible y La Rosa de los Vientos, ambos en Onda Cero.

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