Ocultismo

El terrible crimen de las hermanas satánicas

Recordamos uno de los episodios más increíbles de la crónica negra argentina. El crimen de las hermanas satánicas tuvo la sorprendente colaboración de la víctima...

Josep Guijarro

Periodista y escritor

16 de Marzo de 2020 (16:55 CET)

El terrible crimen de las hermanas satánicas
El terrible crimen de las hermanas satánicas

Silvina Vázquez fue pillada in fraganti por la policía cuando terminaba de asestar 150 puñaladas a su padre. Desnuda como su hermana Gabriela y ensangrentadas de arriba abajo, gritaban histéricamente: “¡Satán está aquí, salió de él, y ahora está en ella!”

La escena era dantesca. Las vísceras de Juan Carlos Vázquez, de 50 años de edad, estaban esparcidas por el suelo junto a libros de magia y objetos rituales. En su torso, había tatuado un pentagrama esotérico junto a unas extrañas letras. Al cadáver también le faltaba parte del cuero cabelludo y la oreja derecha.

Los periódicos hablaron de crimen caníbal o asesinato satánico 

La prensa no tardó en relacionar el asesinato con un ritual satánico porque, según declaró la presunta parricida a la policía, el demonio quería poseerla sexualmente y logró entrar en su cuerpo. Consciente de lo que ocurría, quiso “rescatar” a su padre, que –según dijo- tenía un “muñeco diabólico” dentro. La investigación demostró que no había indicios de actividad sexual ni en la víctima ni en sus hijas. El móvil del crimen no era el sexo sino la purificación.

Eso es lo que las “hermanas satánicas” -como fueron bautizadas por la prensa- relataron a los médicos que las asistieron en el pabellón carcelario del neuropsiquiátrico Braulio Moyano de Buenos Aires. Insistieron que todo era obra de una posesión satánica.

Si bien la ciencia considera este estado como un trastorno disociativo, determinadas creencias asocian la posesión a la entrada de un espíritu –o del mismísimo diablo, según la religión católica- en el cuerpo de una persona, lo que le hace comportarse de forma distinta, hablar en lenguas desconocidas y generar efectos físicos a su alrededor.

De hecho, poco antes del trágico 27 de marzo de 2000, las hermanas visitaron al dueño del apartamento para preguntarle si en la vivienda había muerto alguien o si estaba construido sobre un cementerio. No había nada de nada, pero seguro que seguían interpretando cosas que pasaban a su alrededor como signos demoníacos. Y es que la familia se había mudado al 5873 de la calle Manuela Pedraza, en Villa Urquiza, Buenos Aires (Argentina), después de que un cuadro agudo de diabetes se llevara al otro mundo a la madre de las chicas quienes, a partir de entonces, empezaron a distanciarse de su padre.

La muerte de la madre pudo ser determinante

Gabriela se dejó llevar por una vida licenciosa y Silvina empezó a sufrir fobias, escuchar voces, ruidos extraños y a oler a muerto en su propia casa.

La chica afirmaba que allí pasaban cosas raras: estallaban las bombillas, desaparecían cosas, las camas se movían, las cortinas se descorrían solas y el ventilador tenía vida propia, encendiéndose y apagándose solo, sin que nadie lo tocara. El estado de histeria desatado por todos estos fenómenos hizo que Juan Carlos la llevara a la Parroquia Santa María de los Ángeles. Un sacerdote les dijo que estaba poseída por un alma en pena.

Tras rezar mucho y purificarse con agua bendita los fenómenos cesaron hasta que vieron la cara del diablo en un espejo y el padre lo rompió. Ese día  Juan Carlos empezó a vomitar, escupir sangre y Silvina entró en un trance que le cambió hasta el timbre de voz. Aquello reforzó sus convicciones de que algo sobrenatural moraba en el apartamento y la noche del 27 de marzo de 2000, los vecinos empezaron a escuchar gritos, llantos, cánticos y rezos hasta que alguien avisó a la Policía.

juan carlos junto a sus hijas
 

Lo más sorprendente es que, según reveló la autopsia efectuada por Oscar Agustín Lossetti, el homicidio tuvo lugar con el consentimiento de la víctima. "La gran mayoría de las lesiones son vitales” -explica. Pero, sin embargo, “la víctima se desnudó por sus propios medios. La víctima no se ha resistido prácticamente a ser flagelada. Los restos humanos hallados sobre el piso, lejos del cuerpo, indicarían que los mismos fueron arrastrados por la sangre lavada y la acción de declive del piso. El desplazamiento de los muebles indica la preparación del lugar para la realización de los actos".

El juicio estableció que Gabriela, la hermana mayor, no había participado directamente del asesinato. Su actuación, según los peritos, “fue producto de la influencia recíproca entre ambas hermanas, teniendo en cuenta que al estar juntas se retroalimentaban, produciendo el delirio de ambas un estallido psicótico en Silvina”.

En un dictamen unánime, el equipo de psiquiatras y psicólogas determinaron que Gabriela padecía un “síndrome pseudoesquizoide con intervalos semilúcidos”. A Silvina le diagnosticaron un cuadro de esquizofrenia peligroso para sí y para terceros. No fueron imputadas aunque sí condenadas a no verse nunca más.

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