Primero fue la consciencia y... luego la materia
Un estudio propone que la mente no emerge del cerebro: un giro radical que podría reconfigurar la ciencia, la espiritualidad y nuestra idea de la muerte
En noviembre de 2024, apareció un artículo en la revista científica AIP Advances que está dando de qué hablar en los círculos más abiertos —y también más críticos— de la ciencia contemporánea. Su autora es Maria Strømme, catedrática de nanociencia en la Uppsala University (Suecia), una investigadora reconocida desde hace años por sus avances en materiales a escala nanométrica, baterías innovadoras y tecnologías sostenibles.
Pero ahora, Strømme da un salto monumental: propone una teoría radical de la conciencia en la que la ésta no sería un producto del cerebro, sino el campo fundamental del universo —y todo lo demás (materia, espacio, tiempo, vida) emergen a partir de él. En otras palabras, la consciencia fue antes que la materia. Es un cambio en el paradigma.
Según su planteamiento, la conciencia es como el agua de un océano; lo que nosotros experimentamos como “individualidad” sería solo una onda en ese océano. Cuando la onda termina —es decir, cuando morimos—, el agua permanece. Por tanto, la conciencia individual podría reintegrarse al campo universal.
Esto revierte la visión tradicional que concibe la conciencia como un epifenómeno del cerebro. En ese modelo clásico, cuando el cerebro deja de funcionar, la conciencia desaparece. Pero para Strømme, la conciencia existe antes que el cerebro, como plataforma de todo lo real, según el estudio.
Y lo más grave (o lo más fascinante, según se mire): si este modelo resultara correcto —y puede formular predicciones teóricas bajo física cuántica y herramientas matemáticas— fenómenos hoy considerados paranormales podrían dejar de serlo.

Telepatía, ECM, vida tras la muerte… con nombre científico
Strømme no se anda con medias tintas: dice que su propuesta puede explicar fenómenos como la telepatía, las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM), la intuición colectiva, recuerdos de vidas anteriores o percepciones extrasensoriales de forma natural, sin recurrir a lo sobrenatural. Solo haría falta entender la mecánica del campo de conciencia.
Para ella, la conciencia individual —ese yo que nos define— es una “excitación localizada” en ese campo universal, algo temporal, como una onda en el agua. Al morir, esa excitación desaparece, pero el campo permanece intacto: la conciencia no “muere”, simplemente se disipa.
Este enfoque puede dar un marco físico a la ECM: esos túneles de luz, visiones de seres queridos, sensaciones de paz o trascendencia, podrían ser episodios de acceso directo al campo universal cuando el cerebro pierde su funcionamiento habitual. Y lo mismo con la telepatía o las premoniciones: no serían “errores cerebrales” sino manifestaciones de una conciencia conectada más allá del espacio.

¿Por qué una nanotecnóloga viaja al centro de la conciencia universal?
Que una experta en nanomateriales firme hoy esta teoría puede parecer extraño. Pero Strømme tiene una larga trayectoria en la modificación de la materia a nivel molecular —un dominio en el que naturaleza y artificio se funden.
Ahora, con su trabajo, lanza el mensaje de que quizás la “materia” no sea lo más fundamental, sino el campo consciente que le da sentido. En ese sentido, su paso del laboratorio al cuestionamiento metafísico se justifica: propone que lo que construyó a escala nanométrica quizá refleje algo mucho más profundo: la estructura misma de la realidad.
También ha sido reconocido con premios, patentes y distinciones internacionales por sus contribuciones científicas.

¿Revolución científica?
La propuesta es provocadora, incluso disruptiva. Pero no está exenta de críticas: afirmar que “la conciencia es el fundamento del universo” implica revisar todo lo que sabemos de neurociencia, física y filosofía de la mente.
Se necesita replicación, experimentos rigurosos y validaciones independientes. Hasta ahora, la idea queda en el terreno de la teoría —como ocurre con muchas cuestiones cruciales en física teórica—. Pero Strømme defiende que su marco permite predicciones verificables en neurociencia y cosmología, y que merece ser explorado seriamente.
Para algunos científicos, podría parecer un regreso al vitalismo o a la metafísica disfrazada de física cuántica. Pero para otros, puede ser la clave para unir conocimiento científico y los viejos misterios que las religiones, las tradiciones y las experiencias humanas han documentado durante milenios.

Si los postulados de Strømme ganan terreno, cambiamos de paradigma. Las experiencias que hoy clasificamos como anecdóticas, espirituales o paranormales podrían pasar a ser materia de investigación seria. La conciencia —ese enigma que la ciencia contemporánea ha intentado explicar a través del cerebro— dejaría de ser un subproducto biológico para convertirse en el pilar mismo de la realidad.
El miedo a la muerte, el misterio de lo desconocido, la esperanza de un más allá, las visiones, los sueños, la telepatía, las ECM… todo podría tener una base común, científica, mesurable.
Y quizá el mayor impacto sea psicológico: si la conciencia no muere, si somos parte de un mar universal de conciencia, la separación entre individuos —esa sensación de soledad, de finitud, de miedo a desaparecer— podría empezar a verse de otra manera.
En definitiva: lo que hoy parece ciencia ficción, podría ser la nueva frontera de la ciencia.








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