Pilares en forma de T sugieren una red megalítica prehistórica
El horizonte de la cultura Taş Tepeler se expande: Descubren pilares en forma de T, al estilo Göbekli Tepe en Adıyaman (Turquía) sugiriendo la existencia de una red prehistórica
El nivel de las aguas baja y, como si la historia aprovechara el descuido, el pasado vuelve a emerger. Eso es exactamente lo que ha ocurrido cerca de la aldea de Kiziloz, en el distrito de Samsat, donde la retirada de las aguas de la presa de Ataturk, en el sureste de Turquía, ha puesto al descubierto elementos arqueológicos que habían permanecido enterrados durante muchísimo tiempo. No se trata de piedras cualquiera. Son pilares tallados en forma de “T”, una silueta inconfundible que remite de inmediato a un nombre capaz de incomodar décadas de certezas académicas: Göbekli Tepe.
Según el profesor Sabahattin Ezer, del Departamento de Arqueología de la Universidad de Adiyaman, los pilares datan de hace unos 11.000 años y reflejan la misma tradición cultural que la del icónico Göbekli Tepe, la denominada "Taş Tepeler," que en turco significa Colinas de Piedra.
El hallazgo apunta a la existencia de estructuras monumentales contemporáneas o incluso relacionadas culturalmente con Göbekli Tepe, el complejo ceremonial que -recordemos- fue descubierto en los años noventa cerca de Şanlıurfa y ha obligado a reescribir los manuales de Prehistoria. Hasta entonces, el relato era cómodo y lineal: primero la agricultura, luego los asentamientos estables y, solo después, la arquitectura monumental y la religión organizada. Göbekli Tepe dinamitó esa secuencia. Adıyaman amenaza ahora con ampliar la explosión.

Los pilares en forma de “T” no son un detalle estético. En Göbekli Tepe se interpretan como representaciones antropomorfas estilizadas, quizá ancestros, entidades simbólicas o figuras de poder ritual. Su presencia en Adıyaman sugiere que no hablamos de un enclave aislado, sino de una red cultural compleja, capaz de compartir símbolos, técnicas constructivas y, posiblemente, una misma cosmovisión en un territorio mucho más amplio de lo que se creía.
Esto tiene implicaciones profundas. Si comunidades de cazadores-recolectores fueron capaces de organizarse para levantar estructuras megalíticas, coordinar trabajos colectivos y transmitir un lenguaje simbólico común hace 11.000 años, entonces la complejidad social humana es mucho más antigua de lo que dictaba el consenso. La idea de una humanidad “primitiva” esperando pasivamente a que la agricultura la civilizara empieza a resultar, como mínimo, ingenua.
El contexto geográfico tampoco es menor. Anatolia sudoriental se perfila cada vez más como uno de los grandes focos originarios de la civilización, un territorio donde surgieron antes que en ningún otro lugar la arquitectura monumental, los rituales colectivos y quizá las primeras formas de pensamiento religioso estructurado. Esto desplaza, o al menos relativiza, el protagonismo tradicional otorgado a otras regiones en el relato de la cuna de la humanidad cultural, no biológica, pero sí simbólica.

Queda mucho por excavar, documentar y datar. Los pilares de Adıyaman apenas han comenzado a contar su historia, y la ciencia —esta vez con prudencia— evita afirmaciones rotundas. Pero hay algo difícil de ignorar: cada nuevo hallazgo de este tipo erosiona la solidez de la “verdad oficial” sobre nuestros orígenes y apunta a una Prehistoria mucho más sofisticada, interconectada y consciente de sí misma.
La pregunta, incómoda pero inevitable, queda flotando entre el barro reseco del embalse y los pilares de piedra recién expuestos: si estas culturas monumentales existían miles de años antes de lo que creíamos, ¿cuánto más sabemos realmente sobre el origen de la civilización… y cuánto seguimos interpretando desde un relato que ya no se sostiene?









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