Gilgamesh caminó entre los constructores de Göbekli Tepe
Siempre se creyó que la Epopeya de Gilgamesh fue un cuento acadio de hace 4.000 años, una nueva teoría retrasa su aparición en Turquía al 10.500 a.C.
Una escena tallada en piedra hace casi 11.000 años, en el sur de Turquía, muestra a un hombre desnudo entre dos leopardos y a otro personaje dominando un toro salvaje. Es un panel de piedra caliza, meticulosamente labrado, descubierto en el yacimiento de Sayburç. Para la arqueóloga Eylem Özdogan, autora del estudio publicado en Antiquity, se trata de uno de los primeros ejemplos de narrativa visual tallada en roca. Para otros, como el autor británico Graham Hancock, es algo más: una pista milenaria que conecta con el relato épico más antiguo de la historia escrita... y lo empuja miles de años atrás.
La idea es tan provocadora como peligrosa para el consenso académico. Según Hancock, la Epopeya de Gilgamesh, escrita en tablillas cuneiformes hacia el 2000 a.C., no sería el origen, sino el eco lejano de un mito aún más remoto, transmitido oralmente desde los albores del Neolítico o incluso antes. “No se trata de decir que Sayburç es Gilgamesh —matiza—, sino de considerar que lo que vemos podría ser un episodio de una proto-epopeya que alimentó, milenios después, las versiones escritas en Sumeria”.
El panel en cuestión, fechado hacia el 8500 a.C., representa con notable claridad a un hombre flanqueado por dos felinos y a otro que parece dominar a un toro salvaje mientras una serpiente se enrosca en su cuerpo. La escena recuerda poderosamente al llamado “Maestro de los Animales”, un motivo recurrente en el arte antiguo desde el valle del Indo hasta el Antiguo Egipto, pasando por civilizaciones andinas. Pero Hancock va más allá: ve en esta imagen una escena de poder, enfrentamiento con bestias y simbiosis con lo salvaje que encaja con los temas centrales de Gilgamesh: el héroe que enfrenta monstruos, se adentra en los bosques sagrados y busca la inmortalidad.

Gilgamesh ya no sería una creación de los sumerios, sino el descendiente fosilizado de una saga mítica de la Edad de Piedra
Recordemos que la Epopeya de Gilgamesh narra la historia del despótico rey de Uruk, un monarca mitad hombre y mitad dios, cuya brutalidad y desenfreno sexual provocan la ira de sus súbditos. Los dioses crean entonces a Enkidu, un hombre salvaje, para enfrentarlo. Pero tras un combate colosal, ambos se hacen amigos inseparables. Juntos derrotan al temible gigante Humbaba y al Toro del Cielo, provocando la furia divina. Como castigo, Enkidu muere, y Gilgamesh, devastado, emprende una búsqueda desesperada de la inmortalidad. Encuentra al sabio Utnapishtim, único superviviente del Diluvio, pero fracasa en su intento. Incluso la planta que le devolvería la juventud le es robada por una serpiente. Al regresar a Uruk con las manos vacías, comprende que la inmortalidad pertenece solo a los dioses.

¿Podría la Epopeya de Gilgamesh, atribuida a los acadios de hace unos 4.000 años, remontarse en realidad a más de 10.000 años?
En su artículo, Hancock pone el foco en un hallazgo de 2021 en Sayburç, Turquía. Allí, una losa de piedra, datada hacia el 8500 a.C., muestra una escena insólita: un hombre en actitud de poder frente a un toro salvaje, mientras otro personaje aparece entre dos felinos. La escena recuerda a las aventuras de Gilgamesh y Enkidu, enfrentándose al Toro del Cielo o adentrándose en los bosques. Pero hay más. Uno de los personajes —tallado en relieve— aparece sujetando su pene de forma destacada, un símbolo que reaparece en otro colosal hallazgo: la estatua antropomorfa de Karahan Tepe, completamente tridimensional, donde el gigante desnudo acuna su falo con ambas manos. ¿Una imagen ritual? ¿O una figura mitificada como Gilgamesh, símbolo de virilidad, dominio y desafío a los dioses?
Hancock sugiere que la repetición de estos patrones iconográficos en distintos yacimientos neolíticos, como Sayburç, Göbekli Tepe y Karahan Tepe, apunta a una cosmovisión común. Allí encontramos también representaciones de uros —toros salvajes prehistóricos— similares al Toro del Cielo de la epopeya. Y, en Göbekli Tepe, una serpiente que aparece en escenas asociadas al inframundo y la muerte. ¿Una alusión visual, quizás, a la que robó a Gilgamesh la planta de la inmortalidad?

La clave está en la transmisión oral. Hancock recuerda que diversas culturas han conservado relatos durante más de siete mil años —como los mitos aborígenes australianos sobre cambios geográficos reales—. ¿Por qué no imaginar que una historia heroica, con figuras arquetípicas, atravesara seis milenios hasta cristalizar en tablillas de arcilla bajo el nombre de Gilgamesh?
Por supuesto, no hay pruebas concluyentes. Los arqueólogos más ortodoxos rechazan una conexión directa y recuerdan que la escritura cuneiforme apareció miles de años después de Sayburç. Pero Hancock no afirma que el panel sea Gilgamesh, sino que podría contener el germen, la semilla de un relato que sobrevivió a base de memoria, rito e imagen. “Quizá los relieves neolíticos eran ayudas visuales para narrar historias ancestrales en ceremonias comunales”, sugiere el autor.
La hipótesis, aunque especulativa, pone sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuánto hemos olvidado de nuestro pasado más profundo? Tal vez Gilgamesh no fue solo un producto de la civilización, sino un símbolo transgeneracional, un mito fundacional que ya susurraban los constructores de templos milenarios bajo la bóveda estrellada del Pleistoceno final.
¿Una locura? ¿O una pista de que nuestras raíces culturales son mucho más antiguas y complejas de lo que jamás imaginamos?








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