Ciencia
22/09/2026 (07:59 CET) Actualizado: 22/09/2026 (07:59 CET)

La física cuántica llama a la puerta de la conciencia

Renace la teoría cuántica de la conciencia de Penrose y Hameroff, pero esta vez lo hace apoyada en evidencia experimental reciente sobre anestésicos y microtúbulos

Josep Guijarro

Periodista y escritor

22/09/2026 (07:59 CET) Actualizado: 22/09/2026 (07:59 CET)
Una neurona humana con sus microtúbulos de tubulina
Una neurona humana con sus microtúbulos de tubulina

Hay ideas que nunca terminan de morir porque nunca han llegado a nacer del todo. La de que la conciencia humana no es solo el resultado de disparos eléctricos entre neuronas, sino algo anclado en la mecánica cuántica, es una de ellas. Llevaba años agazapada en los márgenes de la neurociencia hasta que, el pasado 14 de agosto, un mensaje en X firmado por la cuenta @NightSkyToday la devolvió de golpe a la conversación pública: el cerebro, decía el post, podría procesar información mediante diminutas vibraciones cuánticas en lugar de depender únicamente de señales eléctricas, lo que haría del pensamiento algo mucho más veloz de lo que imaginamos.

El mensaje se viralizó en cuestión de horas. Lo curioso es que no citaba su verdadera fuente: recicla, sin decirlo, un hallazgo de 2013-2014 del equipo de Anirban Bandyopadhyay, entonces en el National Institute of Material Sciences de Tsukuba (Japón) y hoy investigador en el MIT, que detectó vibraciones cuánticas a temperatura corporal en los microtúbulos neuronales. Fue precisamente ese hallazgo el que Roger Penrose y Stuart Hameroff citaron como refuerzo de una teoría que llevaban formulando desde mediados de los años noventa: la Reducción Objetiva Orquestada, más conocida por sus siglas en inglés, Orch OR.

Ya nos ocupamos de esta teoría. Explicamos cómo, el hecho de que la anestesia pueda encender y apagar la conciencia a voluntad, convirtió a los microtúbulos —los diminutos tubos huecos que hacen de esqueleto interno de la neurona— en sospechosos principales de albergar el sustrato físico de la experiencia consciente. Y también recogimos el trabajo de Lukas Kunz sobre cómo las ondas cerebrales coordinan la memoria espacial, abriendo la puerta a pensar la cognición como una función de onda sujeta, en última instancia, a las leyes de la física cuántica.

El doctor Michael C Wiest
El doctor Michael C Wiest

Lo que ha cambiado en 2026 no es la teoría en sí —Penrose y Hameroff llevan defendiéndola, casi en solitario, desde 1996— sino el terreno donde se apoya. Dos publicaciones firmadas en 2025 por Michael C. Wiest, del Wellesley College, le han dado al Orch OR su respaldo más serio hasta la fecha. La primera, aparecida en febrero en la revista Neuroscience of Consciousness de Oxford Academic, lleva un título que no deja lugar a dudas sobre sus intenciones: plantea que existe un sustrato cuántico de microtúbulos experimentalmente sustentado para la conciencia. La segunda, publicada en agosto en Medical Gas Research, va más lejos y sostiene que los anestésicos inhalatorios interrumpen precisamente un estado cuántico colectivo dentro de esos microtúbulos, y que es esa interrupción la que apaga la consciencia.

Los anestésicos apagan la consciencia sin desconectar la actividad neuronal «no consciente»: eso es lo que convierte a los microtúbulos, y no solo a la sinapsis, en un candidato serio para albergar el sustrato físico de la mente

El argumento de Wiest se apoya en un cuerpo de trabajo previo poco conocido fuera de los círculos especializados: los llamados experimentos «opto-anestésicos» que Emerson y su equipo realizaron en 2013 con renacuajos transparentes, en los que pudieron observar en tiempo real cómo un anestésico actuaba selectivamente sobre la tubulina —la proteína que compone los microtúbulos— mientras el resto de la actividad neuronal seguía su curso. Si el anestésico apaga la conciencia actuando ahí, y solo ahí, el argumento gana fuerza: la mente tendría una dirección física mucho más concreta de lo que la neurociencia clásica ha estado dispuesta a admitir.

La cara crítica

Conviene no perder de vista que el Orch OR sigue siendo, dentro de la neurociencia, una teoría minoritaria y muy discutida. La objeción de siempre —que el cerebro es un entorno «demasiado caliente, húmedo y ruidoso» para sostener coherencia cuántica más allá de fracciones de segundo— no ha desaparecido ni ha sido resuelta por los papers de 2025.

Lo que sí ha cambiado es el contexto: en la última década se ha documentado coherencia cuántica a temperatura corporal en otros sistemas biológicos —la fotosíntesis, el sentido del olfato, la orientación magnética de las aves migratorias— y eso ha hecho que la pregunta resulte hoy más respetable de formular. Más respetable no significa demostrada: los propios autores hablan de sustrato «experimentalmente sustentado», no de teoría confirmada, y la comunidad científica sigue exigiendo réplicas independientes antes de dar el paso siguiente.

Queda por ver si estos dos trabajos de Wiest son el primer peldaño de una validación experimental sólida o, simplemente, el enésimo episodio de una teoría que resurge cada cierto tiempo sin terminar de dar el salto definitivo. Lo que no admite discusión es que la pregunta —¿es la conciencia, de algún modo, un fenómeno cuántico?— sigue tan abierta como cuando Penrose y Hameroff la plantearon por primera vez, y que cada nueva pieza de evidencia, por pequeña que sea, obliga a la ciencia oficial a tomársela un poco más en serio.

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Sobre el autor
Josep Guijarro

Josep Guijarro es reportero de prensa, radio y televisión, además de autor de varios libros entre los que cabe destacar El secreto de los aliens (edición ampliada y actualizada en 2024 de Aliens Ancestrales) o Casualidad, que continúa la saga de su bestseller Coincidencias Imposibles. Es documentalista de la serie Extraterrestres (DMAX) y forma parte de los programas El Colegio Invisible y La Rosa de los Vientos, ambos en Onda Cero.

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