Civilizaciones perdidas
01/11/2007 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)

Celtas: cortadores de cabezas

Fatigados y triunfales, los aguerridos guerreros celtas regresan a sus hogares tras vencer en una dura batalla. De sus carros y monturas cuelgan las cabezas de sus enemigos vencidos. Cráneos recién arrancados se exhiben ensartados en las lanzas, a modo de macabros trofeos que ensalzan su victoria. ¿Qué sentido tenía esta práctica? ¿Qué papel jugaban las cabezas en la cultura celta?

01/11/2007 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
Celtas: cortadores de cabezas
Celtas: cortadores de cabezas
Numerosos autores clásicos recogen este ritual de guerra como una práctica muy extendida por toda la Céltica. Según parece, no se trataba de una simple «cosecha de cabezas»: el pueblo celta estaba convencido de que en esta parte del cuerpo residía el espíritu de la persona. De acuerdo con sus creencias, guardar la cabeza del enemigo vencido implicaba poseer su espíritu. De este modo, no sólo se impedía al alma proseguir su camino al más allá, sino que además se la obligaba a proteger a su nuevo portador, traspasando a éste el coraje y el valor del soldado caído.
Las puertas de las casas, los recintos sagrados y otras zonas del poblado estaban adornados con cráneos humanos, generalmente bien limpios y pulidos para la ocasión. Las familias más ricas de la comunidad celta guardaban en sus hogares las cabezas momificadas de grandes guerreros y reyes que abandonaron este mundo hace tiempo Para conservar estas cabezas especiales, patrimonio familiar de gran valor para los celtas, se utilizaba un carísimo aceite de cedro. Cuanta más fama de valeroso hubiese tenido aquella persona en vida, más valioso sería después su cráneo, y mayor el poder que alcanzaría como amuleto. Pero no siempre eran de enemigos caídos en combate. En ocasiones las cabezas pertenecían a los antepasados de la aldea. De este modo, los vivos velaban el alma de los familiares muertos.
Varios autores latinos citan en sus escritos casos de personas que rehusaron vender una de estas cabezas por su peso en oro. No era lo habitual. Los «grandes coleccionistas» llegaban a pagar enormes cantidades por las cabezas de guerreros de gran prestigio. De algún modo podría considerarse esta práctica como un reconocimiento a la importancia del guerrero, un homenaje reservado solamente a personas excepcionales. El culto a las cabezas constituyó un elemento de suma importancia en la formación del espíritu celta. En algunos lugares, los jóvenes tenían como prueba iniciática final el salir de «cosecha», regresando con la consabida cabeza que les permitiera ingresar con pleno derecho en el estrato social de la casta guerrera dominante. Algunas familias llegaron incluso a recurrir al pago de un rescate para recuperar la cabeza de un ser querido. En estos casos, un druida se encargaba de realizar el ritual correspondiente para liberar su espíritu, agujereando el cráneo e indicándole el camino a seguir en su ruta hacia el más allá. Podría ser éste el caso de los cráneos encontrados en Puig Castellar (Barcelona) o el que se puede admirar en el museo numantino de Soria. Todos ellos están atravesados por un clavo. También hay que tener en cuenta que muchos de los cráneos taladrados que se encuentran en museos de toda Europa, podrían responder a trepanaciones practicadas por druidas médicos y relacionadas con problemas de presión craneal.
Los druidas también utilizaban las cabezas para sus propios fines, extrayendo de ellas el medio para incrementar su poder. Otros cráneos se adornaban con orlas engastadas en oro, a modo de tatuajes.
ALGUNAS CABEZAS FAMOSAS
Los guerreros celtas aprovechaban los banquetes para mostrar sus trofeos favoritos, con todo el orgullo y la jactancia de que eran capaces, y sin ahorrarse ningún detalle escabroso sobre su captura. En la leyenda irlandesa de Cu Chulainn se narra cómo durante uno de estos banquetes (celebrado en Emain, la entonces capital del Ulster), un tal Cet increpa a Connall, quien se considera a sí mismo el mejor de los presentes, respondiéndole que si estuviera allí su amigo Aulan, sería quien ocupase el puesto del campeón. Entonces Connall lo corrige: «Aulan está presente»; su cabeza, aun chorreante de sangre, colgaba de su cinto.
Al final de esta misma leyenda, cuando el héroe protagonista (Cu Chulainn) muere, uno de los guerreros del bando contrario le corta la cabeza con un respeto reverencial. No hay en toda Irlanda un trofeo más valioso que ese, el hombre más valeroso de Irlanda e hijo espiritual del dios Lugh. No durará mucho en su poder, pues poco después este guerrero caerá bajo la espada de Connall, el mejor amigo de Cu Chulainn, quien cumple con la misión de vengarlo y recuperar su prestigiosa cabeza para entregársela a su viuda.
La cabeza del joven irlandés Donn Bo, famoso por su hermosa voz, fue encontrada en el campo de batalla y llevada a la tienda del rey vencedor, donde cantó una canción tan melancólica que todos los presentes rompieron a llorar.
La leyenda galesa del Mabinogion recoge el relato del rey Bran el Bendito (Gwynn Vrynn), un héroe que, tras ser vencido por los irlandeses en aplastante mayoría, ordena a los suyos que le corten la cabeza para evitar que la tomen los enemigos. Más tarde la cabeza les serviría para salvar el país de una invasión. Para ello tenían que enterrarla en una colina cercana a Llunedin (Londres) con la cara «mirando» hacia Francia. El viaje hasta allí fue largo, pero la cabeza de Bran seguía tan locuaz como cuando estaba sobre el cuerpo del rey, entreteniendo a la comitiva y realizando varias predicciones que se cumplieron. Esta leyenda ha perdurado en el tiempo, hasta el punto en que se asegura que tal cabeza aún sigue enterrada en la antigua Gwynfrynn, actual Torre de Londres, protegiendo al país. Famosos son sus cuervos (Bran, en gaélico, significa «cuervo»), alimentados con dinero público por el «maestre de los pájaros». Estas aves, según la tradición, mantendrán a salvo a la monarquía británica mientras no se muevan de allí. Tan fuerte es esta creencia aún hoy en día que estos cuervos, ante el peligro que supuso la pasada epidemia de gripe aviar, fueron encerrados en jaulas especiales dentro de la Torre, para evitar un posible contagio de la enfermedad.
Las cabezas cortadas pasaron a la historia del arte como esculturas que adornaban dinteles, muros, joyas y monedas. Algunas, como las del santuario galo-celta de Entremon (considerado tradicionalmente como una puerta al infierno), en el sur de Francia, tienen un inquietante aspecto, al no tener marcadas las órbitas de los ojos. Este detalle podría indicar que fueron cercenadas post-mortem. Por ello, algunos autores creen que no se trataría de personas caídas en combate, sino de víctimas sacrificadas dentro de algún ritual propiciatorio, destinado a contactar con los dioses en épocas de especial necesidad. En cualquier caso, este lugar fue uno de los muchos que fueron visitados por los arqueólogos esotéricos nazis, y de donde supuestamente se llevaron numerosas cajas llenas de estas cabezas.
El Caldero de Gundestrup, actualmente en el Museo Nacional de Copenhague, está considerado como el objeto celta más valioso encontrado hasta la fecha. Está formado por doce placas de plata dorada con imágenes en relieve, representando escenas cuyo significado resulta complicado de descifrar por el momento. Dignos de mención son los diferentes rostros que aparecen en cada placa, teniendo en cuenta que los celtas no eran muy proclives a representar a sus dioses (y menos con pormenorizada forma humana). Podría tratarse de reyes o héroes de la antigüedad y que, como homenaje póstumo, sus cabezas quedaron reflejadas en un objeto creado para perdurar en el tiempo. No sería descabellado pensar que este lujoso caldero hubiera servido como recipiente en ritos de contacto con el más allá.
Incluso en los tiempos en que los celtas ya estaban cristianizados, la cosecha de cabezas siguió siendo una costumbre de guerra, cuando por ejemplo el rey irlandés Aed Finnliath ordenó que se cortasen y amontonasen las cabezas de los vikingos derrotados. O cuando la cabeza del rey Cormac, ya en el siglo X, fue entregada por su verdugo a su enemigo, el rey Flann, quien en contra de lo esperado se apiadó de los familiares del difunto y se la devolvió.
El carácter espiritual que los celtas otorgaban a las cabezas no pasó desapercibido para los monjes cristianos, que no dudaron en incluirlas en la decoración de los nuevos templos para facilitar la conversión a la nueva fe. Así llegaron a convertirse en un elemento recurrente del arte medieval, hasta que poco a poco llegó a perderse el recuerdo de su origen druídico.
Y aun hoy en día, aunque pocos sean conscientes de ello, el ritual se repite de manera simbólica en la Noche de Todos los Santos. Renacido por el marketing americano de Halloween, la «noche de los muertos vivientes» reproduce de una manera bastante particular la parafernalia del Samhain celta, la noche en la que las puertas que separaban el mundo de los muertos y los vivos permanecían abiertas, conectando ambos mundos. En dicha noche los cráneos servían como lámparas, posiblemente con la idea simbólica de iluminar el camino de los espíritus en su viaje entre los dos planos. Ahora las calabazas americanas, con agujeros que forman grotescas calaveras, son las que iluminan esa noche mágica, donde los espíritus han sido sustituidos por zombies, vampiros y monstruos varios.
OTRO MACABRO RITUAL: LA TRIPLE MUERTE El hombre de Lindow, momificado de manera natural en un pantano inglés, presenta signos de haber sufrido la llamada triple muerte, en este caso asfixia, corte de garganta y ahogamiento. Todo ello tras haber consumido una comida ritual a base de varios tipos de cereales. Eso hace pensar en un sacrificio voluntario y propiciatorio para asegurar la futura cosecha.
En los cuerpos momificados en las turberas de Dinamarca (hombres de Tollund y Grauballe), se puede intuir un origen noble e incluso real, dada la ausencia de callos o cualquier otro signo en sus manos que denotara algún tipo de duro trabajo manual.
Según relatan las crónicas cristianas, el rey Diarmid de Irlanda murió por herida de un arma, por el fuego y por ahogamiento. Se piensa que pudo ser un sacrificio voluntario en honor a los dioses para restablecer el equilibrio roto y salvar a su pueblo.
También se ha especulado con la idea de que en tales sacrificios se le otorgara a la víctima la identidad del dios, de modo que su muerte supusiese algo así como un castigo a la deidad por no haberse ocupado adecuadamente de su pueblo en tiempos de hambruna, sequía, invasiones… En una de las versiones de la historia de Merlín se dice que siendo niño profetizó a un tal Argistes que moriría ahorcado, ahogado y quemado. El hombre, tal vez intentando librarse de la profecía, prendió fuego a la casa de Merlín, con tan mala fortuna que el fuego le alcanzó a él mismo. Intentando sofocarlo, se lanzó a un lago, pero una cadena se le enredó en el cuello, asfixiándole hasta la muerte.
LA TRADICIÓN VISTA POR LOS AUTORES CLÁSICOS
• Posidonio dijo haber visto personalmente el espectáculo de las cabezas cortadas. Según cuenta Estrabón, primero le repugnaba, pero luego acabo «soportando serenamente por la costumbre...». • Tito Livio relata cómo los jinetes galos cabalgan, «llevando cabezas colgadas delante del pecho de sus caballos y clavadas en las lanzas, entonando cánticos según su costumbre». • «Los celtíberos cortan las cabezas de sus enemigos muertos en combate y las cuelgan de sus caballos», según nos dejó escrito Diodoro de Sicilia.
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Nº 384, Julio de 2022