PPA: La crisis porcina que huele a laboratorio
La cepa de Peste Porcina que arrasó el Cáucaso hace 17 años aparece intacta en Collserola y abre un conflicto entre ciencia, política y sospechas de guerra económica
La cepa de peste porcina africana (PPA) detectada en Cataluña no se parece a las que circulan por Europa. No proviene de Italia, ni de Alemania, ni de Polonia, ni de ningún otro país donde este patógeno esté haciendo estragos. Es extrañamente similar —demasiado similar— a la variante Georgia/2007, aquella que saltó al Cáucaso hace casi dos décadas y que debería haber mutado tantas veces que hoy sería irreconocible. Y, sin embargo, no: aquí está, fresca como el primer día, apareciendo de pronto en unos jabalíes de Collserola. Tanto es así, que el propio Ministerio no descarta que su origen sea… una instalación de confinamiento biológico. Un laboratorio.
La PPA reapareció en Cataluña después de haberse dado por erradicada hace 31 años en España. El 27 de noviembre se encontraron diez jabalíes muertos cerca de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB), todos infectados con un virus para el que no existe cura. La noticia provocó un terremoto en el sector ganadero: España es el tercer productor mundial de porcino y una crisis sanitaria de este tipo no es solo un problema veterinario, sino un golpe directo al corazón económico del país.
Para frenar una posible expansión, la Generalitat activó medidas extraordinarias y clausuró los accesos al bosque en 91 municipios. La Unidad Militar de Emergencias (UME) desplegó 400 efectivos en la zona, ampliando la búsqueda de cadáveres hasta elevar la cifra a 47 jabalíes muertos. Pero aquí surge otro dato inquietante: de esos 47, 37 no murieron de PPA. ¿De qué murieron entonces? El silencio administrativo comienza a pesar más que algunas respuestas oficiales.

Hasta aquí, hechos. Y ahora el contexto.
A partir de este punto, la historia empieza a torcerse. El relato institucional —que debería ser claro, transparente y unívoco— ha ido cambiando de forma tan improvisada que parece escrito a varias manos y sin coordinador.
Primero se insinuó —con mucho esfuerzo imaginativo— que la culpa podía ser de un “bocadillo de salami italiano contaminado” que nunca se encontró. Y cuando el argumento empezó a provocar carcajadas, llegó una versión más pintoresca aún: un camión cargado de embutido italiano volcó en la carretera y los jabalíes, gourmet por naturaleza, se abalanzaron sobre él. Problema adicional: de ese camión tampoco hay rastro. Ni fotos. Ni atestados. Nada.
Los "conspiracionistas" (lo entrecomillo porque, en realidad, son los que no claudican ante la versión oficial) pusieron el foco en el laboratorio biotecnológico del Instituto de Investigación y Tecnología Agrolimentarias (IRTA) situado a muy poca distancia del inicio del brote. ¿Casualidad?
OJO CON ESTO | ¿Recuerdan ustedes al chino que en el mercado de Wuhan se bebió una sopa de murciélago y después se comió un pangolín, para luego enterarnos todos de que el CDC estaba a unos metros del lugar y el laboratorio virológico muy cerquita de allí también? Los que lo… pic.twitter.com/tYdDkFdbJY
— Álex N. Lachhein 🇪🇸 (@Kirghisz) December 2, 2025
Este Centro de Investigación en Sanidad Animal, IRTA-CReSA —que sí trabaja, desde hace años, con la variante Georgia/2007— ha publicado recientemente estudios usando dosis altas de ese mismo virus, exactamente el que ahora aparece en Collserola. El País ha intentado que respondieran a la pregunta obvia, pero CReSA ha preferido guardar silencio. Y uno podría pensar, con toda la calma del mundo, que si la explicación oficial fuera tan sólida como el camión fantasma, quizá no costaría tanto responder un par de cuestiones básicas.
El plan de la Generalitat para paliar la crisis pasa por capturar y sacrificar los jabalíes en un radio de seis kilómetros alrededor del foco inicial y reducir de forma drástica la población en un segundo anillo de 20 kilómetros. La Comisión Europea, sin embargo, aconseja evitar acciones que alteren a los jabalíes en las zonas, ya que su huida podría extender el contagio. En su lugar, recomienda reforzar la bioseguridad: barreras en granjas, desinfección constante de neumáticos y calzado de personal técnico, además de extremar la precaución en las explotaciones para prevenir cualquier propagación por decisiones precipitadas.
El laboratorio @CReSA_r ha hecho experimentos recientes a altas dosis con el virus Georgia/2007 de la peste porcina africana, similar al encontrado en los jabalíes infectados, como muestra este estudio. El CReSA ha decidido no responder preguntas hoy:https://t.co/Y2fx8DNan8 pic.twitter.com/LnMzpvsbU6
— Manuel Ansede (@manuelansede) December 5, 2025
Pero la guinda para el ecosistema conspirativo la pone Marta Sitjà, directora de investigación de la división de salud animal de HIPRA, la empresa farmaceutica catalana que planea lanzar en 2026 la vacuna contra la PPA. Sitjà afirma: “Es necesario que la vacuna proteja, pero que también tenga un marcador que permita diferenciar a los animales vacunados de los infectados”. ¿Les suena?
La frase es técnicamente impecable y común en sanidad animal. Pero, claro, sacada de contexto y colocada en el tablero emocional pospandemia, adquiere un aroma envenenado. Sobre todo cuando se interpreta así:
si lo importante es que el sistema distinga a vacunados de infectados, un carril sanitario del que nadie puede salirse. Y ahí empiezan los ecos del Covid: pasaportes, segregación, presión social, miedo y control.
Y ahora llegamos al punto más incómodo: lo que empezó como un runrún conspirativo ha ido tomando cuerpo dentro de la propia administración. Fuentes oficiales reconocen que, si bien es posible que el virus haya salido de un laboratorio, descartan por completo que se trate de un accidente. La variante Georgia/2007 no se “escapa” sola. No viaja en un bocata de butifarra ni en un salami errante. Y desde luego no sobrevive 31 años sin mutar para reaparecer impecable en el pulmón verde de Barcelona. Si salió de una instalación de confinamiento biológico, alguien tuvo que ayudarla a hacerlo.

La palabra que pocos quieren pronunciar —pero que ya circula entre técnicos, veterinarios y responsables políticos— es sabotaje. Y si aceptamos esa hipótesis, la pregunta inmediata no es “cómo”, sino “por qué”. ¿A quién beneficia golpear al tercer productor mundial de porcino? ¿Qué actores ganarían con un desplome del sector? ¿Hablamos de competencia internacional, de guerra económica, de activismo radical, de infiltración en un centro de investigación… o de algo más turbio?
Con todo, Òscar Ordeig, conseller de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación, dice que un comité de expertos auditará el IRTA-CReSA para estudiar la hipótesis de la fuga del patógeno y, además, que su trabajo se desarrollará en paralelo con la Guardia Civil y los Mossos para buscar el origen del foco.
Con el objetivo de tranquilizar al sector, además, la Generalitat ha acordado con el sector ganadero el sacrificio de hasta 30.000 cerdos sanos que se encuentran próximos al foco de infección de peste porcina africana y también se adueña del relato. El Verificat, página fact checker de la Generalitat de Catalunya, desmiente la supuesta fuga del virus del IRTA-CReSA o un complot para encarecer la carne en Navidad. Los expertos siguen investigando como vía más probable de la introducción del virus a través de restos alimenticios o productos porcinos contaminados, y recuerdan que la PPA afecta a cerdos y jabalíes, no a las personas.








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