Argentina desclasifica un 'encuentro imposible' en la Antártida
Treinta y cinco años de silencio oficial: Argentina desclasifica documentación técnica sobre un anómalo avistamiento ovni en la Base San Martín de la Antártida
El Ministerio de Relaciones Exteriores de Argentina ha desclasificado documentación técnica sobre un incidente registrado en 1991 en la Base San Martín, un enclave estratégico situado en la Antártida, en el extremo sur del planeta.
Según la información difundida por Andrea Pérez Simondini, el eje del misterio no fue inicialmente una luz en el cielo, sino un instrumento científico: un riómetro, aparato destinado a medir la absorción de ondas de radio en la ionosfera. Durante el inicio de la noche polar, el equipo —dotado de tres brazos gráficos independientes— comenzó a trazar líneas idénticas de manera simultánea. Para los técnicos presentes, aquello era “técnicamente imposible”. No existía, al menos según su experiencia, precedente científico que explicara un comportamiento así.
El fenómeno instrumental coincidió con un avistamiento visual. En la madrugada, varios miembros del equipo —militares y civiles— observaron un gran círculo luminoso desplazándose en silencio sobre el cielo nevado, avanzando lentamente hacia el mar. Entre los testigos figuraba el meteorólogo Miguel Amaya, cuyo testimonio recabó el investigador argentino Carlos Iurchuk. Las anomalías en el riómetro se prolongaron durante aproximadamente cuatro horas y media, generando desconcierto entre los veinte integrantes de la dotación. Amaya y otros compañeros experimentaron una extraña "necesidad" de salir a la intemperie a pesar del frío extremo, y uno de ellos reportó el paso silencioso de un enorme círculo de luz sobre la base.
Pero hay un detalle que introduce una dimensión aún más inquietante: Sus jefes en Buenos Aires ordenaron guardar silencio absoluto y custodiar físicamente los rollos de papel con los registros. Según los documentos ahora liberados bajo la Ley de Acceso a la Información Pública, la Dirección Nacional del Antártico habría instruido que los datos no fueran transmitidos por radio ni enviados en vuelos logísticos. Debían conservarse físicamente y entregarse meses después, “bajo el brazo”. ¿Protocolo prudente en un entorno sensible o decisión deliberada para contener información anómala?
Aquí entra en escena la Comisión para el Estudio del Fenómeno OVNI en la República Argentina (CEFORA), que ha seguido el caso durante años. Su responsable, la mencionada Andrea Pérez Simondini, sostiene que la instrucción pudo haber buscado restringir la circulación de datos científicos difíciles de explicar. Tras la desclasificación, CEFORA logró localizar al ingeniero electrónico responsable en aquel momento, Esteban Lucio González, con el objetivo de obtener un testimonio directo. También intentan contactar con el resto de los miembros de aquella expedición de 1991.

Conviene detenernos aquí. Un riómetro mide perturbaciones ionosféricas, que pueden estar asociadas a actividad solar, tormentas geomagnéticas o fenómenos atmosféricos extremos. La Antártida es, además, un laboratorio natural para estudiar auroras y alteraciones electromagnéticas. ¿Podría tratarse de una coincidencia entre un evento geomagnético intenso y una interpretación subjetiva de un fenómeno óptico? Es una posibilidad que no puede descartarse sin un análisis técnico exhaustivo de los datos originales.
Sin embargo, la simultaneidad de registros gráficos idénticos en tres brazos independientes —si se confirma tal cual se describe— plantea interrogantes técnicos interesantes. ¿Fallo del sistema? ¿Interferencia externa? ¿Un fenómeno ionosférico poco documentado? La ciencia avanza precisamente cuando algo no encaja en el modelo previo.

La Antártida no es ajena a relatos extraños. Su aislamiento extremo, su régimen militarizado y su importancia geopolítica la convierten en un escenario donde la gestión de la información es tan estratégica como el hielo que la cubre. Cuando un organismo oficial decide retrasar la transmisión de datos durante meses, inevitablemente surge la sospecha: ¿qué temían exactamente?
Treinta y cinco años de silencio oficial y una orden explícita de no transmitir los datos por radio. ¿Estamos ante un simple episodio ionosférico mal interpretado o ante una anomalía inexplicable cuya gestión de la información alimenta más preguntas que respuestas sobre la verdadera naturaleza de lo ocurrido en la Antártida?










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