Fragmentos del Evangelio revelan las palabras más antiguas de Jesús
Los pequeños fragmentos, frágiles y amarronados por el tiempo, incluyen cuatro dichos de Jesús y partes clave de la Última Cena y de Judas organizando su traición
Desde hace más de un siglo circula una de las piezas físicas más inquietantes para la historia temprana del cristianismo: Se trata de unos fragmentos de papiro que contienen parte del Evangelio según Mateo y que hoy se conservan en la Biblioteca del Magdalen College de la Universidad de Oxford (catalogados como Papiro Magdalen Greek 17, o 𝔓⁶⁴).
Estos restos son literalmente pedazos de la Palabra tal como se escribió hace casi 2.000 años. Aunque son diminutos —tres fragmentos de apenas unos centímetros— contienen líneas de Mateo 26, incluyendo escenas que involucran a Jesús, los discípulos y figuras como Judas: desde la anécdota de la unción con perfume hasta las palabras de Jesús en la última cena.
Lo verdaderamente fascinante —y polémico— es la datación de estos papiros. Cuando los presentó el reverendo Charles Bousfield Huleatt tras hallarlos en Luxor (Egipto) en 1901, se pensó que podría datar de los siglos III-IV d. C. Con el tiempo, análisis paleográficos detallados llevaron a que varios expertos colocaran su origen hacia finales del siglo II d. C. (alrededor del año 170-200).

Sin embargo, muchos han señalado la posibilidad de una datación mucho más temprana que podría transformar por completo cómo entendemos la transmisión de los textos cristianos. En los años noventa, el papirologo Carsten Peter Thiede fue más allá: a partir de detalles en la escritura y comparaciones con otros manuscritos, propuso que estos fragmentos podrían pertenecer a la mitad del siglo I (antes del año 70 d. C.), lo que situaría estas palabras muy cerca de los eventos que narran y apenas décadas después de la supuesta muerte y resurrección de Jesús.
Este punto, sin embargo, no ha sido adoptado por la mayoría de especialistas. La datación paleográfica —que se basa en comparaciones de formas de letras y estilo— es imprecisa y objeto de debate. El consenso académico tiende a fechar el papiro en el siglo II, lo que lo convierte aún así en uno de los testimonios manuscritos más antiguos que poseemos de los evangelios, mucho más cerca del origen de los textos que códices completos como el Codex Vaticanus o el Sinaiticus del siglo IV.

Además de los 𝔓⁶⁴, hay otros fragmentos del Nuevo Testamento escritos en papiro que alcanzan al siglo II, como el Papiro 52, conservado en la Biblioteca John Rylands de Mánchester y generalmente considerado el manuscrito más antiguo del Nuevo Testamento conocido, con partes del Evangelio de Juan alrededor del año 125 d. C.
Lo inquietante de estos hallazgos no es solo su antigüedad física, sino lo que implican para la transmisión textual. El hecho de que existieran copias relativamente cercanas en el tiempo a la vida de Jesús sugiere que los primeros textos circulaban y se copiaban mucho antes de lo que algunos críticos han supuesto tradicionalmente. No confirma de forma absoluta que los evangelios fueran escritos por testigos directos, pero sí acorta la brecha entre el evento histórico y las copias que nos han llegado.
Y aquí surge la pregunta que sacude los pilares tanto del creyente como del escéptico: si estos fragmentos —escasos, fragmentarios y a menudo olvidados en cajas durante décadas— pueden reescribir parte de la cronología de los evangelios, ¿qué otras piezas clave podrían estar todavía esperando ser redescubiertas en algún sótano de museo o librería monástica?








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