Ya son nueve los científicos desaparecidos o fallecidos
En diez meses han desaparecido un ex general de la Fuerza Aérea, un científico de la NASA y dos empleados de uno de los principales laboratorios de investigación nuclear de Estados Unidos
La historia empezó con una desaparición que derivó en una sensación incómoda: demasiados nombres, demasiado seguidos, demasiado cerca de sectores sensibles vinculados a la tecnología y al fenómeno ovni.
Cuando el teniente general William Neil McCasland —vinculado durante años a desarrollos tecnológicos de alto nivel dentro de la Fuerza Aérea— entró en el radar del entorno de Tom DeLonge, lo hizo como una figura clave, un puente entre ciencia avanzada y programas clasificados. Su desaparición en febrero de 2026 ha sido oficialmente reconocida y ahora sabemos que no puede entenderse como un caso aislado.
Resulta que meses antes, el 22 de junio de 2025, desaparecía en el Angeles National Forest, Monica Reza mientras caminaba por una ruta de senderismo en el Monte Waterman junto a dos acompañantes experimentados. No era una excursionista improvisada. Era una investigadora que trabajaba en el desarrollo de una superaleación avanzada, financiada por un laboratorio de la Fuerza Aérea que, según diversas fuentes, había estado bajo la dirección del propio McCasland.
Dos nombres. Un nexo tecnológico. Y un doble vacío informativo: ¿Casualidad?
A partir de ahí, el goteo se convierte en patrón.

El congresista Tim Burchett puso el dedo en la llaga al hablar públicamente de una cadena de muertes y desapariciones entre científicos y especialistas vinculados a tecnología estratégica. No uno, ni dos. Hasta nueve casos recientes, según las informaciones que han circulado en medios anglosajones. Una cifra que, por sí sola, no prueba nada… pero que deja de ser trivial cuando los perfiles coinciden: ingenieros, físicos, investigadores en entornos de alta sensibilidad.
El problema es que esa cifra —nueve— no viene acompañada de una lista oficial verificable. No hay un documento público, ni un informe desclasificado, ni una comparecencia detallada que permita poner nombres, fechas y circunstancias sobre la mesa con total transparencia. Y cuando una cifra existe sin desglose, deja de ser un dato… para convertirse en una sombra.

Uno de esos nombres es el de Michael David Hicks, investigador del Jet Propulsion Laboratory, fallecido el 30 de julio de 2023 a los 59 años. Su caso, recogido en prensa británica, no ha sido acompañado de una narrativa pública clara más allá del dato básico de su muerte. Hicks participó en el Proyecto DART, la prueba de la NASA para comprobar si los humanos podían desviar asteroides peligrosos lejos de la Tierra. También trabajó en la misión Deep Space 1, que puso a prueba una nueva tecnología de naves espaciales que sobrevoló un cometa en 2001.
El Daily Mail cita otros dos científicos con estrechos vínculos con el JPL que fallecieron recientemente: Frank Maiwald, antiguo compañero de trabajo de Hicks, que murió en julio de 2024 a los 61 años y el astrofísico Carl Grillmair, de 67 años, asesinado en el porche de su casa el 16 de febrero de 2026. El trabajo de este investigador del Instituto Tecnológico de California contó con un gran apoyo del JPL de la NASA, y Grillmair participó personalmente en importantes misiones de telescopios espaciales dirigidas por la NASA.
Porque no hablamos solo de muertes. Hablamos de silencio informativo. De biografías que se apagan sin apenas rastro mediático. De expertos que trabajaban en áreas donde confluyen defensa, espacio y tecnología avanzada… y cuya desaparición no genera preguntas en los canales oficiales.

A este escenario se suma otro elemento perturbador: Chris Swecker, que fue subdirector a cargo de la División de Investigación Criminal del FBI habría advertido sobre una posible operación de espionaje sistemático, con China como actor interesado en absorber —o neutralizar— talento científico occidental. En declaraciones al Daily Mail advirtió que las agencias de inteligencia enemigas llevan décadas intentando sabotear programas estadounidenses de alto secreto, buscando cómo robar la información o asesinando a quienes conocen estos programas. La hipótesis encaja en la lógica geopolítica actual, sí. Pero también abre una grieta: si esto fuera cierto, ¿por qué la comunicación pública es tan fragmentaria, tan ambigua?
Hay un elemento común que atraviesa todos estos casos y no es la muerte, ni la desaparición, ni siquiera la posible conexión entre ellos. Es algo más sutil: la ausencia de explicaciones proporcionales a la relevancia de los perfiles implicados. Científicos vinculados a programas críticos, expertos en tecnologías sensibles, figuras conectadas con defensa y espacio… que desaparecen del foco sin generar el nivel de escrutinio público que cabría esperar.

Y entonces aparece la pieza más desconcertante: una llamada al 911 de la esposa William Neil McCasland, donde explica al operador que creía que el ex general "había planeado no ser encontrado" después de hallar su teléfono y otros objetos personales como las gafas o la medicación dentro de su casa en Nuevo México. "Mi esposo está desaparecido. Han pasado unas 3 horas y tengo indicios de que debe haber planeado no ser encontrado" -se escucha en la grabación. El contenido completo de esa llamada no ha sido verificado de forma independiente. Pero su mera existencia introduce una variable incómoda.
Puede que estemos ante una suma de casos sin relación, amplificados por el eco de internet y el sesgo conspirativo. Es una posibilidad real. Pero también lo es que estemos observando las grietas de un sistema que clasifica —y por tanto oculta— más de lo que admite públicamente.
McCasland fue una puerta de entrada. Hicks, un nombre más en la lista. Burchett, la voz que rompe el silencio institucional... ¿Estamos ante una simple coincidencia estadística… o tenemos una conspiración sobre científicos y programas sensibles que alguien prefiere no aclarar?








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