Cuando el demonio dice su nombre, nadie está a salvo
'Dime tu nombre' una serie de Prime que ahonda en el exorcismo islámicos y los miedos compartidos entre religiones
La noche de Halloween se estrena en Amazon Prime España Dime tu nombre, una serie de seis capítulos que explora un asunto desconocido para muchos: los exorcismos en el mundo islámico. Su director, Hugo Stuven, lo sintetiza con una frase poderosa: “El miedo no distingue de razas ni de creencias.”
La serie esatá ambienta en 1997, en un pequeño pueblo de España donde conviven católicos e inmigrantes musulmanes, y promete que lo que comienza como una historia sobre convivencia acabará despertando entidades que nunca debieron salir de la oscuridad.
La trama arranca en Río Blanco, donde los temporeros marroquíes se instalan en Fuensanta, una aldea abandonada próxima al pueblo principal. Sonia (Michelle Jenner), líder de una ONG, el Padre Ángel (Darío Grandinetti) y el imán Safir (Younes Bouab) saben que una paz aparente yace sobre tensiones latentes. Pero Fuensanta esconde algo más antiguo que el resentimiento: algo que susurra con voces ancestrales. En la práctica del exorcismo islámico, el punto crucial es pedir el nombre del demonio que posee al alma. De ahí el título. Pero, ¿qué hay de real en las posesiones demoniacas fuera de las creencias cristianas?
Un jinn (genio como el de la lámpara de Aladino) puede influir, torturar o incluso poseer un cuerpo humano
La ruqyah: el exorcismo islámico
En el islam, la creencia en los jinn —criaturas invisibles que comparten mundo paralelo con los humanos— es parte del dogma. Según la doctrina, un jinn puede influir, torturar o incluso poseer un cuerpo humano, causando enfermedades físicas, trastornos mentales o estados extremos de angustia. Para enfrentarse a ello se emplea la ruqyah (o ruqyā), un ritual que combina la recitación de versículos del Corán, súplicas, uso de agua bendita y ocasionalmente prácticas físicas como toques rituales o moderados golpes, en busca de expulsar el espíritu maligno.

Los exorcistas islámicos, o raqi, deben cumplir ciertos criterios: firmeza en la fe, conocimiento del Corán, práctica religiosa respetable, y capacidad para invocar protección espiritual (barakah). En estudios contemporáneos, como el trabajo sobre un raqi en Estocolmo, se documenta cómo este utiliza gestos simples —colocar la palma sobre el frente del paciente, recitar versos repetidos, detectar puntos de presión “satánicos”— y cómo complementa el ritual con remedios herbales tradicionales.
En casos confinados por la medicina moderna a enfermedades psiquiátricas, la ruqyah ha sido usada también como terapia complementaria. Un informe de Aceh, por ejemplo, describe cómo un hombre con trastornos psicológicos fue tratado con éxito parcial mediante sesiones repetidas de ruqyah.
Casos que tocó observar
En 2017, un video viral en YouTube mostró a un exorcista musulmán en una operación real de ruqyah en la India, derribando mitos sobre su virilidad pública. También existe una filmación más reciente donde un imam británico permitió a las cámaras registrar un ritual ruqyah, con la intención de desmitificar su práctica.
Colegas de periodismo alternativo también relatan exorcismos en el Reino Unido en lugares insólitos —como en un salón de manicura en Glasgow— donde un supuesto “remover de jinns” aceptó la presencia de un observador. Estos casos llaman la atención: rituales antiguos reapareciendo, pacientes atribuyendo síntomas a lo invisible, espectadores buscando evidencia… todo bajo la mirada expectante de la sociedad moderna.
El choque entre fe y ciencia es inevitable. Algunos musulmanes dudan del ritual, argumentando que los casos podrían ser simples crisis emocionales o sugestión colectiva. En foros se lee que la intensidad del entorno ritual —oraciones altas, dramatismo, confrontación directa— puede inducir estados alterados que se interpretan como posesión.
La base teológica también guarda matices: la ruqyah, según textos tradicionales, no debe cruzar la línea hacia la idolatría (shirk). Cuando el exorcismo se vuelve espectáculo comercial, las críticas se multiplican. De hecho, en Marruecos se arrestó a un imam por escándalos de denuncias sexuales vinculadas a sus prácticas de ruqyah, acusándolo de charlatán y explotación.

Dime tu nombre: un espejo simbólico entre dos mundos
La serie propone algo más que sustos: una reflexión sobre las fronteras invisibles entre fe, cultura y miedo. Lo que comienza como convivencia entre cristianos y musulmanes se convierte en un territorio compartido por lo sagrado y lo terrible, donde los demonios no distinguen credo. Hugo Stuven afirma que el temor no entiende de razas ni creencias, y que las posesiones revelan algo más profundo: las grietas del alma humana cuando chocan dos mundos espirituales.
La ambientación de 1997 no es casual: es un momento en que España experimentaba una transformación social e identitaria, con flujos migratorios, tensiones culturales y un pasado confesional que aún palpita. La serie sugiere que bajo esa convivencia se albergaban miedos más antiguos que el tiempo mismo.
Los exorcismos islámicos están lejos de ser un tema de nicho. En muchas comunidades son parte de la vida cotidiana, un recurso espiritual ante lo inexplicable. Pero también plantean desafíos éticos y médicos: ¿cómo diferenciar enfermedad mental de posesión? ¿Cuál es el papel del estado en un rito que puede cambiar el cuerpo y la mente? ¿Puede la medicina moderna dialogar con lo invisible sin caer en prejuicios?
La puerta de Fuensanta podría abrirse a aquello que nunca debió ser liberado. Y aunque Dime tu nombre sea ficción, su reflejo en la realidad del ritual de la ruqyah nos recuerda que el miedo, como dice el director, no distingue credos.
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