Curanderos, el poder de la tradición
En las antípodas de la medicina ortodoxa, los curanderos manejan saberes ancestrales que, se quiera o no, ofrecen resultados donde la ciencia no llega. No son milagros; es el poder de la tradición
Recuerdo que mi primer contacto con el mundo de los curanderos lo tuve en Valladolid, hará unos veinte años, cuando entrevisté a Santiago Charro para un programa de radio. Poseía una verborrea que no estaba a la altura de sus virtudes medicinales. Era el prototipo del curandero urbano más que rural: vestía bien, hablaba correctamente, engatusaba con sus maneras y hasta tenía una avioneta privada para desplazarse. Tampoco le faltaba el toque religioso, haciéndose retratar al lado de un gran Cristo para que se intuyera de dónde venían sus dones. Le perdí de vista hace mucho tiempo, pero recuerdo que curaba con hierbas que él mismo preparaba y luego vendía a sus pacientes-clientes con dudoso resultado.
Tal vez no sea el ejemplo más representativo de un curandero tradicional, esos que siempre han abundado en aldeas ante la carencia o ausencia de médicos y la pobreza de la gente. Estos siempre han estado presentes en la vida social de pueblos y parroquias, haciendo la labor de los antiguos chamanes siberianos y americanos, la de ser médicos del cuerpo y del alma.
Y así es y así lo pregonan. Dicen curar casi todo y los medios que utilizan son tan variados como sus propias personalidades: la oración, la imposición de manos, las hierbas medicinales, la mirada, la cera bendita, los libros sagrados —que podían ser desde los Evangelios hasta grimorios como El Libro de San Cipriano—. Así aliviaban enfermedades y otros males como las quemaduras, las insolaciones, las heridas y hasta el mal de ojo. Eran —y son— el sistema de la seguridad social de cada pueblo. Y claro está, no todos curan de todo. Los ha habido que se han especializado en determinadas dolencias y siguen con sus métodos tradicionales, casi artesanales. Otros se han adaptado a las nuevas tecnologías y se han puesto al día en las más novedosas terapias.
Una encuesta dice que uno de cada cinco españoles cree en los espíritus y uno de cada seis en los curanderos
Creencias en pleno siglo XXI
El doctor Gregorio Marañón siempre dijo que "mejor que un mal médico es un buen curandero", y no le faltaba razón. Aunque cabe preguntarnos si en pleno siglo XXI, la gente mayor sigue creyendo en estos sanadores tradicionales. Ardua cuestión; alguna respuesta podemos dar...
Un estudio realizado por dos profesores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense —"La situación de la religión en España a principios del siglo XXI"— lo acaba de publicar el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), basado en 2.487 entrevistas personales hechas a mayores de 18 años, entre el 19 y el 25 de enero de 2003. Las conclusiones son curiosas: uno de cada cinco cree en los espíritus, uno de cada seis en los curanderos y uno de cada diez en videntes y horóscopos. Pues bien, los jóvenes son mucho más crédulos, en todos los casos, que los mayores. Otro dato sorprendente: personas de mayor nivel de estudios muestran un mayor desacuerdo respecto a la propuesta de que "la felicidad de la humanidad depende más de la ciencia que de la religión".
En España hay más de diez mil curanderos
La leyenda negra
Como vemos, el asunto de los curanderos sigue vigente en España y en el resto del mundo. La mala fama de la que gozan algunos de los que se dedican a esta "profesión" —solo en nuestro país hay más de 10.000— se debe no tanto a sus posibles fracasos, sino a la ignorancia y la ignominia promovida por algunos charlatanes que no curan pero sí cobran grandes cantidades por remedios que son más dañinos que saludables. Personas que se suelen revestir de una aureola mística y teatral diciendo que sus poderes proceden de tal o cual divinidad o incluso de los propios extraterrestres. Se dejan seducir por el éxito y por el dinero. Los más listos lo único que hacen es activar los mecanismos autocurativos del propio paciente. Es una pena que esa imagen negativa se haya extendido tanto en detrimento de aquellas personas que realmente curan aplicando los conocimientos de la naturaleza. De hecho, cualquiera de nosotros podríamos ser curanderos en potencia si conociéramos cuatro secretos básicos de las plantas. Yo soy capaz de eliminar las verrugas de la piel poniendo sobre ellas savia de una higuera, aliviar el dolor de un golpe aplicando jugo de aloe vera o mitigar un dolor de cabeza con la mera imposición de manos. No hay magia ni milagro.
El 90% de los curanderos han sufrido, desde muy pequeños, inexplicables y graves dolencias que han amenazado sus vidas
Tengo la convicción de que todos nacemos con esas facultades curativas que permanecen dormidas —como tantas otras facetas humanas— si no somos capaces de desarrollarlas. Ahora bien, hay personajes que están especialmente dotados para despertar esa capacidad. Si además de sus conocimientos botánicos —que no dejan de ser cultura popular— se tiene el "don" de curar, adquieren la categoría de sanadores —palabra que me gusta más que la de curanderos—, pudiendo hacer auténticas maravillas.
Mantenedores de secretos curativos inexplicables, han formado parte de una generación irrepetible que algunos investigadores denominan "la vieja escuela". Pero como siempre ocurre, hay que saber distinguir el trigo de la paja, al impostor del auténtico "hombre medicina".
El "don" en los curanderos
Un hecho insólito, que se repite en el 90% de los curanderos, es que casi todos han sufrido, desde muy pequeños, inexplicables y graves dolencias que incluso han amenazado sus vidas.
Pero si existe un denominador común para la generalidad de los más serios es que todos ellos están convencidos de haber sido "tocados" por la gracia de Dios. Es decir, que no es una persona que aprende una técnica concreta o hace unos estudios académicos. Ante todo tiene don; porque lo ha heredado o bien porque se le ha "revelado". Esta gracia está vinculada a la persona incluso antes de nacer. Vistas así las cosas, la familia se fijaba mucho en las señales que se iban produciendo durante el embarazo y el parto. Llorar en el vientre materno antes de nacer se consideraba un augurio positivo de que la persona que iba a nacer tendría un don especial. Si además nacía en la noche de Navidad o la de Viernes Santo, y se le veía una cruz de Caravaca en la bóveda del paladar… los resultados no podían inducir a error: el bebé traía consigo la gracia de curar. Este era el caso de los saludadores, una profesión curanderil de antaño y de hogaño que sólo se da en España, los cuales utilizan la saliva, la orina y otros fluidos corporales para sanar la rabia.
El 'poder' del curandero es un regalo y por lo tanto no se puede cobrar por sus servicios
Uno de los rasgos que identifican a los curanderos tradicionales es su humildad y su actividad altruista. Saben que sus poderes son regalos que han adquirido desde su nacimiento y, por lo tanto, no pueden cobrar por sus servicios. Curan por medio del fuego y del agua, del hierro y de los vegetales, utilizando todo cuanto tienen a su alcance, en su ecosistema, porque muchos de ellos piensan que el origen de las enfermedades reside en una ruptura con el orden cósmico y por tal razón hay que recomponer el equilibrio. Ya decía Paracelso en el siglo XVI que Dios no ha puesto ninguna enfermedad sobre la Tierra sin antes haber puesto el remedio en la naturaleza. Y los auténticos sanadores lo saben.
Está claro. Los elementos más frecuentes en las recetas curanderiles siempre han sido las plantas porque muchas de ellas —las que ahora se llaman plantas medicinales— ofrecen propiedades benéficas por los alcaloides que contienen. Uno de los documentos más antiguos que describen su uso es el papiro egipcio Ebers —hacia 1550 a. de C.— que incluye más de 700 prescripciones utilizando productos naturales, entre los que está la amapola al lado del hinojo, azafrán, lino o menta.
Uno de los más relevantes menciñeiros de la Galicia del siglo XIX era Cordal, un atento observador de la naturaleza. Conocía el nombre de cada hierba, seta o flor silvestre. Dependiendo de la fase lunar recogía tal o cual planta, siendo sus preferidas la genciana, la manzanilla, la amapola, la hierba blanca y la flor de tejo. Luego, se encerraba en su casa y elaboraba todo tipo de mencinhas que servían para vigorizar la salud de quienes recurrían a su sabiduría tradicional; sin ruido y sin propaganda, ganándose el respeto de sus conciudadanos. El escritor Alvaro Cunqueiro definía al menciñeiro como aquel curandero que además de sanar las dolencias del cuerpo transmitía energía al alma de los enfermos. Hubo en el pasado hombres famosos que adoptaban este título, como Perrón de Braña, que sanaba las verrugas a distancia, sin olvidarnos de Xil de Ribeira o Lamas Vello. Uno de los actuales es Eladio, el más popular de Ourense.
José Luis Torrado, el médico-curandero
Otro de esos menciñeiros gallegos es José Luis Torrado. Un hito. No hay que irse a remotas aldeas para encontrar curanderos a la vieja usanza que dejan con la boca abierta a sus pacientes. En el Eurobasket de Barcelona de 1973, España sorprendió a todos derrotando a la URSS y consiguiendo una medalla de plata, detrás de Yugoslavia. Para el jugador Vicente Ramos, uno de los secretos de aquella victoria fue el trabajo que hizo José Luis Torrado, apodado "el brujo". ¿Quién era este personaje? El seleccionador de aquella época, Díaz Miguel, tenía claro el valor de la preparación física, de los recuperadores y fisioterapeutas, refiriéndose al "brujo" de esta manera: "Tenía una bolsa con hierbas y nos ponía emplastes en las lesiones. No he visto a nadie recuperar las fibras musculares tan rápido".
José Luis Torrado también ocupó el cargo de masajista del equipo español de atletismo y su peculiar método de trabajo, además de dar los consabidos masajes e imponer las manos, era hacer emplastes con hierbas traídas desde su tierra gallega. En el atletismo se sentía a gusto, pero tras pedir un aumento de sueldo que se le denegó, prestó sus servicios en el Real Zaragoza, club de fútbol, siguiendo con sus métodos curanderiles que a unos entusiasmaba y a otros ponía de los nervios. Sus sistemas heterodoxos dejaron, en cambio, resultados prodigiosos, tanto que en 1998 la Xunta de Galicia le ha concedido la Medalla Castelao, en su modalidad de plata, por su labor profesional.
Secretos revelados
La mayoría de los curanderos guardan las fórmulas mágicas y secretas de sus brebajes o sus ensalmos con especial celo, hasta que algún investigador revela el misterio.
Es el caso de la "pomada de Liesa", que fue famosa durante muchos años. Venían a buscarla de infinidad de sitios y servía para los "nervios acaballados", torceduras, etc., tanto de personas como de animales. Su fórmula era celosamente guardada y transmitida de generación en generación, de tal forma que solo se preparaba en tres casas diferentes de la localidad aragonesa de Liesa. Rafael Andolz la consiguió y nos habló de sus ingredientes en la obra De pilmadores, curanderos y sanadores en el Alto Aragón (1987): la pomada contiene una hierba que se cría en el barranco de Siétamo —"es recia y suelta una especie de leche"—, gallinaza (excremento de gallina), aceite de enebro y también sal. Se hacía hervir mucho rato hasta espesar. Para aplicarla era preciso calentarla.
Las "rezaoras" manchegas, para curar el mal de ojo, no se servían de plantas ni ungüentos, sino del rezo de las "palabras retornadas", palabras a las que se les investía de poder y que se utilizaban también contra las tormentas y para obtener una buena muerte. El modelo cíclico de estas oraciones suele tener una estructura de trece frases, con claras reminiscencias judaicas. Aunque siempre han sido consideradas secretas, Juan Francisco Jordán Montes y Aurora de la Peña, en su obra Mentalidad y tradición en la serranía de Yeste y de Nerpio (1992), nos revelan una de estas palabras retornadas dichas por las "rezaoras", que a continuación exponemos:
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La una, la casa de Jerusalén.
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Las dos, las dos tablicas de Moisés.
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Las tres, las tres Marías.
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Las cuatro, los cuatro Evangelios.
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Las cinco, las cinco llagas.
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Las seis, las seis velas que ardieron en Galilea.
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Las siete, los siete dolores.
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Las ocho, los ocho coros.
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Las nueve, los nueve meses.
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Las diez, los diez mandamientos.
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Las once, las once mil Vírgenes.
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Las doce, los doce Apóstoles.
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Las trece, los trece rayos de Sol que le caigan al demonio y le partan el corazón.
Familias de curanderos
Los linajes de chamanes tienen su reflejo en las sagas de curanderos que se han dado en ciertas zonas de España. El etnógrafo Rafael Andolz habló de los Castro de Laluenga, un auténtico clan que transmitía sus poderes junto con el apellido. Era necesario llevar el apellido Castro, de forma que las mujeres de la familia podían curar, pero no dejaban la herencia curativa a los hijos. Este fenómeno de transmisión de poderes —los curanderos nunca dicen que se transmite la ciencia o la técnica, sino el don— está bastante extendido en el Alto Aragón. Uno muy curioso es el de las curanderas de Canfranc, quienes llevan la herencia de un modo completamente diferente a los Castro, ya que en esta familia no se heredan los poderes con el apellido, sino que van de madres a hijas. No se ha dado hasta el momento ni un solo varón en la familia que haya tenido el don de curar.
Álvaro Cunqueiro da un ejemplo de esta herencia en Galicia cuando describe al menciñeiro Xil de Ribeira, asegurando que "su bisabuelo fue curandero y también su padre y la abuela y la madre, parteiras, y tenía un hijo, Felipe Manut Danton, ahijado de Portela Valladares, que andaba por Navia de Suarna y la Tierra de Burón, oficiando de capador".
Algunas creencias populares atribuyen el don en función del número de varones de una familia y, mucho más, si es el séptimo hijo consecutivo. Pero no estamos hablando de oficios machistas. Las "rezaoras", cuando están próximas a morir, conocen el futuro óbito y transmiten sus poderes solamente a su hija o, si no tienen descendencia femenina, a alguna vecina de confianza. Una escena de este estilo ocurre en la novela de Wenceslao Fernández Flórez El bosque animado, cuando la curandera de la aldea, La Mocha, que está a punto de morir, se lleva un disgusto al acercarse por su casa una vecina que quiere comprar sus poderes y sus secretos gracias al regalo de una gallina. En estos casos, nunca es un hombre. Se procura que la sustituta conozca al menos las oraciones adecuadas y los ritos en un Viernes Santo para que sus curaciones tengan mayor "gracia". A este respecto, tanto el escritor José Antonio Iniesta como yo tenemos varias anécdotas al escribir Testigos del prodigio (2001). Una de ellas ocurrió al visitar a una curandera de un pueblo de Murcia cuya especialidad era sanar la melancolía, tristeza o depresión —que por estas latitudes llaman "aliacán"—. Su método consiste en rezar una oración secreta mientras hace el ritual de cortar fieltro de cuatro colores sobre un vaso de agua. Nos dijo que no nos podía revelar esas palabras, salvo si vamos a verla un Viernes Santo, siempre que no las escribiéramos, sino que las memorizásemos antes de las doce de la noche. Sigue pendiente.
Después de leer todo lo expuesto hasta aquí, seguimos con nuestras dudas. Vale, los curanderos tradicionales existen. Es un hecho, y algunos son tan eficaces en la resolución de diversas patologías como sorprendentes sus métodos. Todo eso lo podemos admitir, pero ¿cómo curan?, ¿en dónde reside su secreto? Está claro que muchas de sus curaciones se deben al conocimiento de las plantas medicinales que aplican y, en otras ocasiones, al conocimiento del cuerpo humano que les permite colocar un hueso roto en su sitio o aliviar un dolor reumático. En otras curaciones solo hay imposición de manos y transmisión de energías. ¿Dónde está la causa, descartando de antemano el efecto placebo y la sugestión?
Podemos dar miles de teorías y mostrar cientos de estudios científicos realizados a curanderos por prestigiosas universidades, donde queda patente la acción y el poder de sanación a través de un sinfín de técnicas y terapias alternativas —hidropatía, naturopatía, homeopatía, hipnosis, radiestesia, cromoterapia, fitoterapia, reflexoterapia, etc.—, pero al final nos daremos cuenta de que todo reside en el interior del ser humano, en el hecho de que somos capaces de curarnos —y de enfermarnos— y algunas personas poseen la virtud de despertar a ese médico que llevamos dentro, de remover nuestras energías en cada caso con el fin de ayudar a sus semejantes.








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