Pachita, la curandera que operaba con un cuchillo
Bárbara Guerrero, más conocida como Pachita, operó a la élite de los 70 sólo con un cuchillo. Revelamos algunos de los misterios que rodean a la curandera mexicana
En la última década, el nombre de Pachita ha resonado en México como una curiosidad paranormal. La leyenda la señala como una cirujana psíquica que vivió en la colonia Roma la rescató del olvido junto con la historia de Jacobo Grinberg, de quien surgieron documentales, libros y artículos periodísticos que lo recuerdan como el "Dr. Paranormal" allá en la década de los 80. Pero hay un problema: mucho de lo que se cuenta hoy sobre ella, salido de rumores de internet, está mal contado. ¿Qué se sabe realmente de Pachita?
La historia real comienza en dos espacios diferentes dentro de la Ciudad de México de los años 70. Por un lado, las teorías de la New Age se apoderaban del mundo artístico e intelectual que predominaba en la ostentosa colonia Roma. Por otro, entre la clase baja, muchos mexicanos preferían recurrir a la medicina tradicional para curar sus dolencias, en lugar de asistir a un lujoso hospital (especialmente por el costo).
En ese contexto vivió sus últimos días Bárbara Guerrero, conocida como "Pachita", una mujer mayor residente del norte de la ciudad, en la humilde colonia El Arenal, que se desempeñaba como curandera.
Para entonces, Pachita ya tenía fama entre los barrios pobres de la ciudad. Viajaba a distintas colonias donde los habitantes le prestaban la habitación de una casa, convirtiéndola en consultorio por un día. Dentro de estas improvisadas clínicas, Pachita dejaba de ser ella misma y aseguraba estar poseída por el espíritu del emperador Cuauhtémoc, quien la guiaba para diagnosticar y operar dolencias. A cambio, dejaba una vasija en la entrada para recibir el donativo que la gente considerara adecuado; algunos le dejaban comida, otros joyas.

De algún modo, los habitantes de la Roma supieron de su existencia, y Guillermo Lauder, conocido como "el representante de las estrellas", la invitó a operar una vez a la semana en su departamento, ubicado en el corazón de la colonia, en el inmueble que hoy conocemos como "La Casa de las Brujas" (aunque ella nunca vivió allí). De hecho, la propia Pachita decía que, de todos los sitios donde trabajaba, la Roma era el lugar que menos le gustaba, pues además de considerar a sus habitantes altaneros, muchos no le daban absolutamente nada.
Lo que sí obtuvo a cambio fue la visita de la élite social de la época: desde la familia presidencial —que lo hacía a escondidas— hasta estrellas del cine y la televisión. Entre esas visitas apareció el afamado Alejandro Jodorowsky, quien vivía a una cuadra y asegura en su libro El maestro y las magas haber entrado con miedo. No queda claro si fue Jodorowsky o el díscolo jesuita Salvador Freixedo quien la presentó al científico Jacobo Grinberg, un hombre apasionado por lo sobrenatural que, fascinado por ella, la convirtió en objeto de sus investigaciones.
Quizás lo que cautivó a la juventud de la nueva era fue la teatralidad con la que realizaba sus consultas. El cuarto estaba siempre a oscuras porque la luz, según ella, impedía la manifestación del espectro. Las tímidas velas, los aromas del copal, las formas de las hierbas y los líquidos como el alcohol jugaban un papel importante. El juego de luces y sombras en el interior hacía creer a los pacientes —en trance gracias a las plantas que previamente ingerían— que Pachita les abría el vientre con un cuchillo de cocina, sin anestesia, y les intercambiaba los órganos por otros sanos tomados de animales o que extirpaba tumores, cánceres y otros males. Lo mágico no era eso, sino saber que, días después, los pacientes, en efecto, mejoraban.
Pachita fue la gran sacerdotisa de esta técnica, la cirugía psíquica originaria de Filipinas y auspiciada por la Unión Espiritista Cristiana, respetando las directrices de la doctrina establecida por Alan Kardec.

No era una curandera tradicional y sus métodos tampoco provenían de los pueblos indígenas mexicanos, lo que la hacía peculiar. Aunque Grinberg no lo menciona explícitamente, deja pistas para revelar su origen. Pachita era solo una niña cuando estalló la Revolución Mexicana, vivía en el norte del país y fue abandonada a corta edad. Un africano llamado Charles la adoptó y comenzó así su travesía. Aquella forma de operar tenía poco que ver con la tradición indígena y mucho con las santerías africanas.
En los años 50 ocurrió un episodio mediático en el que participaron arqueólogos, el presidente y el propio Diego Rivera: aseguraban haber encontrado los restos perdidos del emperador Cuauhtémoc, asesinado durante la conquista. Es probable que esto haya inspirado a Pachita para crear al espíritu del "hermanito Cuauhtémoc" como guía en sus tratamientos.
Hasta aquí, el resto de la historia es leyenda. Bárbara Guerrero falleció el 29 de abril de 1979; Grinberg publicó sus estudios en los años siguientes; él desapareció en 1994 y la leyenda urbana de "La Casa de las Brujas" surgió una década después. Pocos lo saben, pero la descendencia de Pachita continuó su legado: su hijo Domingo Ferrer y un pequeño grupo aún realizan operaciones mágicas en el sur de la ciudad.
Esclarecer los mitos no es desmentirlos, sino preservarlos adecuadamente para la posteridad.








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