Civilizaciones perdidas
21/05/2026 (08:05 CET) Actualizado: 21/05/2026 (08:05 CET)

Hallan 260 tumbas olvidadas en el Sáhara

Un satélite de Google desentierra los secretos de una civilización desaparecida que vivió y murió entre el Nilo y el Mar Rojo hace más de 5.000 años, antes de que los faraones levantaran sus pirámides.

Josep Guijarro

Periodista y escritor

21/05/2026 (08:05 CET) Actualizado: 21/05/2026 (08:05 CET)
Enterramientos descubiertos en el Sahara gracias a Google
Enterramientos descubiertos en el Sahara gracias a Google

Nadie fue a buscarlas. Aparecieron solas, una tras otra, en la pantalla de un ordenador mientras los investigadores hacían zoom sobre el vacío. En el desierto de Atbai —una franja yerma y castigada que se extiende entre el río Nilo y las colinas del Mar Rojo, en el corazón del Sudán oriental— los satélites de Google Earth han revelado 260 monumentos funerarios que permanecieron ocultos durante más de cinco milenios. Nadie los había cartografiado antes. Nadie los conocía. Nadie sabía que allí, en uno de los lugares más inhóspitos del planeta, una civilización entera había nacido, prosperado y muerto dejando como única huella estos anillos de piedra dibujados en la arena.

El descubrimiento, publicado en abril de 2026 en la revista African Archaeological Review, es obra del Atbai Survey Project: un equipo internacional de arqueólogos de la Universidad Macquarie de Sídney, la Université Lumière Lyon 2 y la Academia Polaca de Ciencias. Su método fue tan sencillo como revelador: sentarse frente a imágenes satelitales gratuitas —Google Earth y Bing Maps— y cuadricular el desierto milímetro a milímetro. Lo que encontraron reescribe la historia del Sahara prehistórico.

Las estructuras reciben el nombre de Atbai Enclosure Burials (AEB), o "entierros en recinto de Atbai". Son monumentos circulares u ovalados construidos con muros de piedra de bajo perfil, de diámetros que van desde unos pocos metros hasta los 80 metros de los más grandes. En su interior, los excavadores han encontrado algo que nadie esperaba: una humanidad entera. Personas. Ganado. Ovejas. Cabras. Todos juntos en la muerte, como lo estuvieron en la vida.

Un entierros en recinto de Atbai (AEB por su siglas en inglés) Cortesía del Museo Castiglioni
Un entierros en recinto de Atbai (AEB por su siglas en inglés) Cortesía del Museo Castiglioni

Un pueblo sin nombre entre dos mundos

El desierto de Atbai siempre fue una tierra de nadie en el mapa de la arqueología. Atrapada entre dos civilizaciones colosales —el Egipto faraónico al norte y el reino nubio al oeste—, esta región permaneció durante décadas en la periferia de la investigación. Demasiado remota, demasiado inhóspita, demasiado cara para excavar. Y sin embargo, los constructores de estos anillos de piedra vivieron aquí durante al menos dos mil años, entre el 4500 y el 2500 antes de Cristo, cuando las pirámides de Giza aún no existían.

¿Quiénes eran? Los investigadores los llaman "pastores nómadas". Hombres y mujeres que no construyeron ciudades, que no dejaron textos escritos, que no acuñaron moneda. Pero que cuidaban de sus muertos con una devoción monumental. Movían sus rebaños de bóvidos por un Sáhara que entonces no era el desierto que hoy conocemos, sino una sabana verde atravesada por lluvias monzónicas. El así llamado "Período Húmedo Africano" convertía esta región en un corredor viable, incluso fértil. Cuando las lluvias empezaron a retirarse hacia el sur, estos pueblos comenzaron también a desaparecer.

El satélite que leyó la arena

El método empleado es, en sí mismo, una historia de los tiempos. El conflicto armado que sacude Sudán desde 2023 ha hecho imposible cualquier expedición de campo. Los investigadores no pueden ir allí. No pueden tocar el suelo, no pueden excavar, no pueden fotografiar de cerca ni una sola de esas piedras. La arqueología se hace ahora desde el espacio.

El equipo dividió el desierto de Atbai en una cuadrícula de unidades de unos 21 kilómetros de lado. Cada cuadrado fue subdividido en transectos de 520 metros y recorrido visualmente, píxel a píxel, sobre las imágenes de Google Earth y Bing. El trabajo lo completaron arqueólogos profesionales, estudiantes universitarios y colaboradores académicos de tres países. El resultado: 90.260 estructuras catalogadas en total —campamentos nómadas, minas de oro, cementerios— y entre ellas, 280 de ese tipo especial, los AEBs, los círculos de piedra con muertos dentro. De esas 280, solo 20 eran conocidas. Las otras 260 nunca habían sido vistas.

Senderos pastorales alrededor de Bir Asele
Senderos pastorales alrededor de Bir Asele

Solo tres de los 280 monumentos han sido excavados hasta la fecha. Pero lo que revelan esas tres excavaciones es suficiente para trazar el perfil de una sociedad fascinante. En Wadi Khashab, el yacimiento mejor estudiado, situado en el desierto egipcio al este de Kom Ombo, los arqueólogos polacos levantaron la mitad de un recinto de 18 metros de diámetro y encontraron más de 25 enterramientos. En el centro: un ser humano. A su alrededor, en un círculo perfecto, bueyes, ovejas, una cabra, un niño. Las fechas de carbono-14 sitúan los enterramientos entre el quinto y el cuarto milenio antes de Cristo.

Este patrón —el humano en el centro, los animales en torno a él como guardianes o como ofrenda— aparece repetido en las otras dos excavaciones conocidas: Wadi el-Ku y el cráter de Onib, ambos en Sudán. Los investigadores lo leen como evidencia de un culto pastoril al ganado profundamente arraigado, un fenómeno que no es exclusivo del Atbai sino que asoma también en el Sáhara central y en la Península Arábiga del Neolítico. Los animales no eran solo sustento. Eran identidad, eran riqueza, eran religión.

La arquitectura de los recintos no es uniforme. Los investigadores han identificado cinco grandes tipos morfológicos. Algunos tienen una entrada orientada al este o al sureste —hacia el sol naciente o hacia el solsticio de invierno—, lo que sugiere una cosmología solar, similar a la que se observa en los monumentos megalíticos del Sáhara central. Otros tienen túmulos internos adicionales, o están conectados entre sí formando complejos funerarios. El más espectacular se encuentra en el valle del Wadi Gabgaba, donde 14 recintos se concentran en apenas un kilómetro de longitud de cauce: el equivalente prehistórico de un gran cementerio.

Enterramientos en recintos a lo largo de Atbai y su concentración en la región central del Alto Wadi Gabgaba
Enterramientos en recintos a lo largo de Atbai y su concentración en la región central del Alto Wadi Gabgaba

¿Los antepasados de los Medjay?

Una de las hipótesis más sugerentes que plantea el estudio es la posible conexión entre estos constructores anónimos y los Medjay, los célebres nómadas del desierto oriental mencionados en los textos faraónicos del tercer milenio antes de Cristo. Los Medjay fueron en su día guerreros y guardaespaldas de los faraones, y procedían precisamente de las regiones áridas entre el Nilo y el Mar Rojo. Si la cronología encaja —y los investigadores creen que podría hacerlo—, estos anillos de piedra serían los monumentos funerarios de los abuelos de los abuelos de los abuelos de aquellos hombres del desierto que un día entraron al servicio de los dioses del Nilo.

La distribución geográfica de los monumentos confirma que se trata de una tradición profundamente arraigada en el interior del desierto, lejos del Nilo. Algunos recintos similares aparecen junto al río —en Armant, cerca de Luxor, o en los alrededores de Asuán—, pero son excepciones. Los investigadores los interpretan como "enclaves pastoriles", pequeñas comunidades nómadas que se acercaron al río llevando consigo sus costumbres funerarias, que en el Valle del Nilo adoptaron una forma ligeramente diferente, sin el característico muro de piedra del desierto.

Una imagen cenital de uno de los AEB
Una imagen cenital de uno de los AEB

El fin de un mundo verde

Hay algo profundamente melancólico en la historia que cuentan estos monumentos. La desaparición de esta cultura pastoril no fue una derrota militar ni una catástrofe repentina. Fue la retirada lenta, inexorable, de la lluvia. El Período Húmedo Africano terminó cuando la Zona de Convergencia Intertropical —la franja de lluvias tropicales que danza alrededor del ecuador— comenzó a desplazarse hacia el sur, alejándose del Sáhara. El proceso fue gradual, a lo largo de siglos, pero su efecto fue terminal. Sin agua, sin pasto, los bóvidos no podían sobrevivir. Las comunidades que los criaban se vieron obligadas a adaptarse: migraron, cambiaron sus rebaños por ovejas y cabras, se disolvieron en otras culturas o simplemente desaparecieron.

Los investigadores señalan que la propia actividad pastoril pudo haber contribuido a acelerar la desertificación: el sobrepastoreo degrada la cubierta vegetal, y sin vegetación el suelo se erosiona y pierde humedad. Una espiral que los propios constructores de los AEBs quizá no pudieron ver, pero que los atrapó de todos modos. La ironía es que los mismos pastores que vivieron durante milenios en armonía con su entorno pudieron haber contribuido, sin saberlo, a destruirlo.

Los anillos de piedra sobrevivieron a todo eso. Sobrevivieron a la desertificación, a los siglos, al olvido, a la guerra, a los buscadores de oro. Y ahora, gracias a un satélite que orbita a cientos de kilómetros sobre sus cabezas, vuelven a ser vistos. Vuelven a ser contados. Vuelven, de algún modo, a existir.

Sobre el autor
Josep Guijarro

Josep Guijarro es reportero de prensa, radio y televisión, además de autor de varios libros entre los que cabe destacar El secreto de los aliens (edición ampliada y actualizada en 2024 de Aliens Ancestrales) o Casualidad, que continúa la saga de su bestseller Coincidencias Imposibles. Es documentalista de la serie Extraterrestres (DMAX) y forma parte de los programas El Colegio Invisible y La Rosa de los Vientos, ambos en Onda Cero.

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