Dybbuk: la maldición de las almas errantes
¿Puede un objeto inanimado contener un espíritu vengativo? Un estuche de madera para guardar vino, cuya antigua y fallecida propietaria adquirió en España, atravesó EE UU dejando tras de sí un rastro de fenómenos extraños.
Podría parecer el argumento de una película de terror de hecho, también lo es, pero la historia de la «caja dybbuk» nos remite a una faceta del misticismo judío tan inquietante como escasamente conocida.
En septiembre de 2001, Kevin Mannis, propietario de una tienda de antigüedades ubicada en Portland, en el estado de Oregon (EE UU), acudió al reclamo de una subasta de bienes en una vivienda de la ciudad. Obviamente, la intención de Mannis era hacerse con alguna ganga, con uno de esos muebles viejos o artefactos extraños cuyo verdadero valor pasa desapercibido a quienes, generalmente, se ven obligados a desprenderse de ellos por cuestiones económicas. Muy pronto, los ojos entrenados del anticuario se detuvieron en uno de los objetos en venta, en concreto un pequeño estuche de madera para almacenar vinos con aspecto avejentado.
Con la certeza de haber hallado lo que buscaba, Mannis se dirigió resuelto hacia la propietaria. No sólo quería conocer el precio de aquella peculiar caja, sino también otros detalles que le ayudaran a catalogarla y ponerla en más valor. La dueña, una mujer de mediana edad y origen judío, le contó una historia entre fascinante y terrible, un relato que acrecentó aún más tanto el interés como la curiosidad del anticuario.
Campo de exterminio
Según le participó ésta, la caja perteneció a su abuela, quien había fallecido pocos meses atrás a la edad de 103 años. Al parecer, la anciana, un mujer judía de nombre Havela y originaria de Polonia, había visto morir a prácticamente toda su familia en un campo de exterminio nazi, del que logró escapar con un pequeño grupo de prisioneros, también judíos. Tras esto, una penosa peripecia la condujo a España, país en el que permaneció hasta la conclusión de la II Guerra Mundial, después de lo cual tomó un barco con destino a EE UU.
Havela llegó a Norteamérica como tantos otros emigrantes desplazados de la contienda europea, sin apenas nada en los bolsillos. Quizá por ello, conservaba como si fueran tesoros un baúl, un costurero y aquella caja para guardar vino que constituyeron todo su equipaje. La nieta de Havela conocía pocos detalles acerca de aquellas gastadas pertenencias, excepto de una. Antes de morir, su abuela le había advertido sobre la caja para almacenar vinos, un delicado mueble que compró en España y que, según le confesó entre susurros, contenía un peligroso secreto en forma de maldición. Por ello le insistió, la caja no debía abrirse bajo ninguna circunstancia. Es más, le manifestó su voluntad de que la enterraran con ella, deseo que su nieta no cumplió por contravenir las normas religiosas judías.
Pero, ¿cuál era ese secreto tan terrible? Havela satisfizo la curiosidad de su nieta, revelándole que aquel mueblecito aparentemente inocuo contenía un dybbuk, nombre que en ciertas tradiciones hebreas designa a un espíritu maléfico
Pese a que la naturaleza del relato causó cierta perplejidad en Kevin Mannis, éste antepuso sus intereses profesionales a cualquier inquietud respecto de la supuesta maldición que acarreaba poseer el vetusto estuche de vinos. Tras acordar el precio del objeto, lo pagó al contado y lo trasladó hasta su pequeña tienda de antigüedades, con la intención de estudiarlo más detenidamente, restaurarlo y, después, regalárselo a su madre, cuyo cumpleaños estaba próximo. Sin embargo, puesto que ya era tarde, decidió depositar la caja sobre un estante de su taller, en el sótano, y colgó el cartel de cerrado en la puerta de su negocio. «Mañana empezaré a estudiarla con más calma», se dijo.
Olor a amoniaco
Al día siguiente, el anticuario abrió su tienda, recibió a la dependienta que le ayudaba con las ventas y salió a hacer un par de recados. «Apenas media hora después recuerda Mannis, recibí una llamada en el móvil. Era de mi ayudante. Casi no entendí lo que me decía. Parecía histérica (Continúa en AÑO/CERO 286).







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