Creencias
01/01/2007 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)

El anticristo, la maligna sombra que nos acecha

Pocas figuras de la iconografía religiosa resultan tan impactantes como la del anticristo, un ente que hoy adquiere una clara dimensión material y humana que lo hace aún más temible. En pleno siglo XXI mantenemos la misma incertidumbre que en el pasado, pero ¿vive ya entre nosotros?

01/01/2007 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
El anticristo, la maligna sombra que nos acecha
El anticristo, la maligna sombra que nos acecha
Las huestes godas de Alarico I entraron en Roma con toda su furia el 24 de agosto de 410 de nuestra era, como colofón a la calibrada estrategia que desde hacía una década venía desarrollando. Aquel visigodo al que según el historiador Sócrates Escolástico un demonio empujaba en sueños contra Roma, había ido conquistando poder a través de cruentas batallas y de alianzas con los romanos. Hábil y engañoso, su objetivo estaba claro y en aquel mes de agosto el terror se adueñó de la Ciudad Eterna, durante seis, precisamente seis, largos días de muerte y saqueo. Sin duda el anticristo había llegado, destruyendo Roma, aunque mostrándose delicado con sus templos cristianos; para las comunidades monacales que vivían temerosas de la hecatombe y para los cristianos de a pie que malvivían en las calles del imperio, eran los signos del Apocalipsis, del final de los tiempos en los que el "antimesías" destruiría los reinos de la tierra unificándolos en torno a su figura. La última señal no dejaba margen a la duda: el anticristo personificado en la figura de Alarico moría repentinamente, vencido sin duda por el bien, muy poco tiempo después de su gran victoria. Las profecías se habían cumplido.

La bestia del 666 apocalíptico
Aunque sin duda supuso un colapso en las mentalidades de la época difícilmente imaginable, lo cierto es que a lo largo de la historia hemos vivido situaciones en parte similares, momentos en los que los horrores de la guerra, la hambruna y el azote de los desastres naturales se han cebado sobre naciones enteras haciéndolas creer que eran protagonistas del final de los tiempos. Hoy en día los ejemplos son innumerables, pero antaño cuando esos momentos de emergencia eran precedidos de crisis morales y corrupción en los poderes terrenales y espirituales, en el Occidente cristiano renacían los temores a la llegada del anticristo.

Resulta inquietante que una figura que emana del diablo y que se nos presenta como una manifestación del mismo, adquiriera personalidad propia haciendo especialmente sugerente y temible su presumible condición humana. Dos mil años de cristianismo no han bastado para definir qué, quién, o quiénes pueden encarnar realmente al anticristo; y aunque la tradición nos dice que su llegada ha sido predicha para que podamos identificar sus signos y prepararnos, lo cierto es que la lectura objetiva de los textos bíblicos no nos proporciona ninguna evidencia clara de que el anticristo haya sido un concepto formulado y entendido de la manera en la que ha llegado hasta nosotros. En contra de lo que generalmente se piensa, el Apocalipsis de San Juan no menciona en ningún momento al anticristo o "antimesías", por lo que resulta paradójico que siempre se recurra a las crípticas visiones de San Juan para fundamentar su existencia. En parte tiene cierta lógica si tenemos en cuenta lo duro que se muestra el autor de la revelación con Roma –Babilonia– y el hecho de que ese final de los tiempos se asociara a la destrucción de dicha ciudad desde el siglo I.

Ilustrativas en este sentido son las palabras de Cecilio Firmiano Lactancia, apologista cristiano del siglo III, que en su obra Instituciones Divinas incide en la conexión entre la caída de Roma y el anticristo: "El motivo de esta devastación y destrucción será éste: el nombre de Roma, que ahora domina sobre el mundo, será arrancado de la tierra, el imperio volverá a Asia, y de nuevo el oriente dominará y el occidente será esclavo...".

Pero sólo sí interpretamos las figuras apocalípticas del dragón y de las dos bestias con el anticristo, podremos establecer esa conexión y así documentar de alguna manera otro de los signos míticamente asociados al mismo, la cifra demoníaca del 666 que tanto juego ha dado a numerólogos y milenaristas de todas las épocas. La primera de las bestias es la que aparece descrita en detalle con los siguientes atributos: "Y la bestia que vi era semejante a un leopardo, y sus pies como de oso, y su boca como boca de león. Y el dragón le dio su poder y su trono, y grande autoridad. Vi una de sus cabezas como herida de muerte, pero su herida mortal fue sanada; y se maravilló toda la tierra en pos de la bestia, y adoraron al dragón que había dado autoridad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella? También se le dio boca que hablaba grandes cosas y blasfemias; y se le dio autoridad para actuar cuarenta y dos meses. Y abrió su boca en blasfemias contra Dios […]". (Apocalipsis, 13,2-7).

El apóstol no entra en detalles con la segunda, aunque en cambio nos proporciona uno de los pasajes más evocadores: el relativo al número de la bestia, el 666. Éste es un número con el que el autor del Apocalipsis marca a una humanidad sometida a la tiranía del mal en los prolegómenos de la segunda venida de Cristo: "Y hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano derecha, o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre. Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis". (Apocalipsis 13, 16-18).

Un ejército de intérpretes ha buscado la manera de descodificar esta cifra a lo largo de la historia con resultados dispares, una empresa que ya el azote de los gnósticos, Ireneo de Lión, consideró no sólo compleja sino peligrosa en pleno siglo II, postura que llama la atención en un personaje que fue discípulo de Policarpo, quien a su vez lo había sido de Juan, presunto autor del Apocalipsis y por tanto presumible poseedor de las claves para descifrarlo. "Más seguro y sin peligro es esperar que se cumpla la profecía, –escribía Ireneo en su clásico Contra las Herejías– que ponerse a adivinar o a hipotizar cualquier nombre; pues se pueden encontrar muchos nombres que llevan dicha cifra, y siempre se pondrá la misma cuestión. Porque si muchos nombres contienen tal cifra, siempre puede preguntarse cuál es el que llevará el que ha de venir […]".

Lo cierto es que junto al Apocalipsis, los padres de la Iglesia echaron mano en los primeros siglos del cristianismo de otros textos para reforzar ese nuevo ente maligno, especialmente del Libro de Daniel, inspirador de la obra sanjuanista, y de algunas cartas de Pablo. "Primero ha de venir la rebelión y manifestarse el hombre de pecado, el hijo de la perdición, el enemigo que se exalta a sí mismo sobre todo lo que llamamos Dios y es objeto de culto, hasta sentarse en el templo de Dios, haciéndose pasar a sí mismo por Dios", escribía Pablo a los Tesalonicenses en la segunda de las epístolas que les dirigió. En algún punto debe ser significativo que la obra duramente anticristiana escrita por el filósofo Friedrich Nietzsche, El Anticristo, arremeta casi dos mil años después furibundamente contra el cristianismo y de manera especial contra la figura de Pablo.

Los mil rostros del anticristo

La existencia del mal no es ni de lejos una exclusividad del cristianismo y lo encontramos como un principio enfrentando al bien y dotado de ejércitos y mensajeros propios en las más diversas culturas. De hecho el judaísmo que alimenta al cristianismo nutre su concepto del mal de tradiciones como la babilónica, donde encontramos a Tiamat como Dragón del Caos enfrentado a Bel-Meridach, o también del mundo persa a través del zoroastrismo, donde lo maligno, el caos y la mentira se personifican en Ahrimán, el espíritu del mal en lucha con el Ahura Mazda. Pero el anticristo parece otra historia y como apunta Ramón Teja, "mientras Satán, el Diablo o un ser similar, en cuanto encarnación sobrehumana del Mal, tiene paralelismos en casi todas las culturas conocidas, el anticristo es concebido como un ser humano completamente malvado con un origen histórico bien concreto. Esta concepción de un ser humano completamente malvado es propia del cristianismo y, en menor medida, de las otras dos religiones monoteístas: el judaísmo y el islamismo.

Para éste y otros autores el concepto de anticristo pudo comenzar a formarse a partir de la figura de Antioco IV Epifanes, el rey seleucida que en el 169 a. de C. invadió Jerusalén prohibiendo el judaísmo y sus cultos a la vez que intentó suplantar a Yahvé por los dioses griegos. El Libro de Daniel y Macabeos I y II describe estos hechos y como hemos indicado fueron una fuente esencial para que los patriarcas de la Iglesia compusieran la figura del anticristo y concibieran asimismo su derrota. No sería descabellado pensar en Antioco como el primer anticristo de la historia, autopresentado como una manifestación divina con el sobrenombre de "Epifanes", y con una muerte tan inhumana como había sido su comportamiento hacia el pueblo judío: comido vivo por gusanos. Hasta cuatro grandes reinos vaticina Daniel como predecesores del anticristo, descritos como bestias de múltiples cuernos de la que la más cruenta y maligna será la cuarta. "Al final de su reino –escribe Daniel apuntando el perfil de nuestro protagonista– se alzará un rey con apariencia de bien y astuto en los asuntos. Tendrá mucha fuerza, causará maravilla, destruirá, gobernará y actuará, y exterminará a los poderosos y al pueblo santo. Se afirmará el yugo de sus cadenas; llevará en su mano la traición, su corazón se llenará de orgullo; con engaño hará morir a muchos y hará desaparecer a otros. A todos los aplastará como huevos en sus manos".

El gran problema en todo este asunto está en dilucidar la naturaleza real del anticristo, en saber si podemos interpretarlo como una suerte de arquetipo que se encarna en forma humana a lo largo de la historia, en consonancia con los avatares y maestros que han marcado la vida espiritual de la humanidad en diferentes épocas, o si por el contrario es algo tan abstracto que no existe. Cabe la posibilidad de que nuestro temido protagonista sea algo más global, un tejido empresarial, una manera de hacer política o incluso un mecanismo tecnológico que, en cualquiera de los tres casos, debería de poder confundirnos inicialmente para después dominarnos globalmente. El espectro es tan amplio que junto a los nombres ya citados de Antioco Epifanes o Nerón, encontramos otros más cercanos en el tiempo como Adolf Hitler, Sadam Huseim o Bin Laden, todos ellos como expresión de las atrocidades de la guerra; el creador de Microsoft Bill Gates, el Banco Mundial, el Club Bilderberg o la Trilateral como ejemplos de poder económico mundial y control tecnológico; la televisión y la publicidad como vehículos promotores de todos los vicios y alimento de la pereza y el alineamiento; enfermedades como el cáncer o el SIDA, etc. Una de las cualidades del anticristo es la de revestirse de cordero siendo realmente una fiera, con el objetivo de engañar y seducir; por ello no debe extrañarnos que en determinadas épocas haya sido asociado a la figura de algunos papas, que vivieron absortos en el poder material, o bien que se identifique con la totalidad de la propia iglesia Católica. El Islam no se ha librado tampoco de esta acusación, focalizada en Mahoma o bien en toda la religión desde tiempos de las cruzadas, como tampoco lo han hecho los judíos, y hoy en día la sombra del anticristo ha salpicado a diestro y siniestro alcanzando al líder hindú Sai Baba, a los OVNIS vistos como heraldos de Satán o al movimiento New Age. Las posibilidades son tan amplias que incluso el propio líder sudafricano Nelson Mandela, quien encarcelado durante años era identificado como el preso "46664", podría encajar en ese indefinido perfil anticrístico: ha sido un luchador de la libertad y en la actualidad abandera una ONG que lucha contra el SIDA, cuyo nombre es la cifra bajo la que estaba preso y que contiene el "666".

¿Vivimos en su tiempo?

La ambivalencia de nuestro protagonista, y el hecho de ser el predecesor de Jesús en su retorno a la Tierra en un tiempo de calamidades, hace que situaciones de crisis y penurias despierten el temor a estar viviendo los tiempos del anticristo, descargándonos de paso como especie de parte de la culpa por la aparición de dichos males. "Ha sido sólo en tiempos relativamente recientes cuando la existencia real en un poder cósmico, hostil al bien y encarnando un odio permanente hacia la humanidad, ha empezado a ponerse generalmente en tela de juicio. Pero el hecho concreto es que la mayoría de los humanos sigue creyendo que en el mundo existen unos males bien definidos, vengan de donde vengan", escribe la filósofa de Oxford Joan O´Grady.

No es algo nuevo y en este sentido la experta de la Universidad de Cantabria Silvia Acerbi nos recuerda sobre este particular que uno "de los textos más conocidos se encuentra en el Diálogo de Sulpicio Severo que suele datarse a comienzos del siglo V. Uno de los interlocutores recuerda una profecía apocalíptica de Martín de Tours en estos términos: No hay duda de que el anticristo, concebido por el espíritu del mal, ya ha nacido y se encuentra en su infancia, tomará el poder en la edad legítima. Y desde que le escuchamos –a Martín– estas cosas han transcurrido ya ocho años: vosotros considerad cómo amenazan las cosas que se teme que van a suceder".

Pero la pregunta sigue en el aire: ¿vivimos en los tiempos del anticristo?, ¿son visibles sus señales? Si nos atenemos a las fuentes evangélicas citadas y que siempre han aspirado a ser testimonio fidedigno de las palabras de Jesús, deberíamos estar atentos. "Él dijo: Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: ';Yo soy y el tiempo está cerca'. No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato. Entonces les dijo: Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo. Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio". (Lc 21, 8-13).

Hace menos de seis meses el calendario nos ofreció nuevamente un motivo para la especulación, cuando el mundo entero fijo su atención en el día 6 de junio de 2006. Fue una excelente excusa para que Hollywood estrenase un remake de La Profecía o para que algunos esnobs bautizaran excéntricamente a sus hijos con el nombre de Damian, el niño protagonista que encarna al anticristo. Pero hubo poco más. Inmediatamente regresamos a nuestro infierno cotidiano pasando página, pero a poco que meditemos podemos llegar a la misma conclusión que Joan O´Grady cuando escribió, en medio de un mundo que asiste diariamente a portentos en el cielo y a guerras por doquier, que "la sensación de que el mal predomina, sensación que a menudo parece prevalecer en el pensamiento y en la literatura del mundo moderno –la sensación de que existe el mal en tan gran escala que es mayor que la maldad humana corriente–, puede que se deba en parte a determinadas condiciones, características de esta época: la rapidez de las comunicaciones, que hace que cada parte del mundo se entere inmediatamente de lo que ocurre en todas las demás, el aumento de la población, las técnicas de mercado a gran escala, y los cambios que se suceden a gran velocidad; todas estas cosas contribuyen al sentido de una nueva magnitud del mal.

Pero, sea como sea, el disfrute que siente el ser humano por la destrucción en sí misma, atestiguado por los actos de vandalismo y violencia; la crueldad sádica que se observa en las acciones de los gobiernos y de los individuos; la creciente avidez de dinero –que un antiguo proverbio judío describe como "el excremento del Diablo"–; la destrucción de otras personas por medio de la venta de drogas y de la degradación sexual; y el crecimiento potencial de armas nucleares, sin la correspondiente sabiduría para usarlas debidamente: todas estas cosas aparecen como ejemplos de un mal tan grande que no hace pensar que existen unas fuerzas demoníacas que actúan en el mundo". Tal vez el anticristo no sea otra cosa que un estado mental, una sensación de indiferencia que como un virus aniquila nuestra capacidad de reacción ante la injusticia y la abominación, entregándonos en bandeja a la vanalidad, a lo efímero e insustancial.

Si es así, no hay duda que el anticristo está entre nosotros, saturando nuestros sentidos.
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