Creencias
01/02/2005 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)

Los milagros de Sarita Colonia

La jerarquía de la Iglesia no la acepta, pero algunos sacerdotes defienden sus milagros. El fervor religioso de una generación de peruanos marginados y hacinados en los arrabales de Lima ha hecho estallar el culto a una santa de los pobres que ya traspasó las fronteras de varios países y las que separan a las clases sociales.

01/02/2005 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
Los milagros de Sarita Colonia
Los milagros de Sarita Colonia
La exposición de arte dedicada a la imagen de Santa Rosa de Lima, que iba a celebrarse en la Basílica de la Catedral de Lima el 6 de septiembre de 1995, prometía convertirse en un acontecimiento nacional. El pueblo peruano podría disfrutar de las mejores obras de algunos artistas de la capital del país.

El pintor Carlos Enrique Polanco fue invitado a participar, dado el carácter «abierto y pluralista» de los organizadores eclesiásticos de dicho evento, que no sólo seleccionarían obras de artistas miembros del clero católico. Polanco puso mucho empeño en expresar a través de sus cuadros los deseos y sentimientos de la gente, así como las sensaciones y creencias que dominaban el psiquismo de la población más humilde en los barrios marginales. En pocos días, Polanco terminó la que sería su propuesta para la exposición.

Esta pintura, titulada Trilogía, fue entregada a las autoridades. Pero el día anterior a la inauguración Monseñor Augusto Vargas Alzamora ordenó que el cuadro fuese descolgado de inmediato. La contundente censura de la imagen estuvo motivada por la presencia en ella de una figura situada entre las de San Martín de Porres y la de Santa Rosa de Lima, a la que todos conocen como «Sarita Colonia», una peruana fallecida hace ya varias décadas, pero a quien la religiosidad popular venera como patrona de los necesitados, santa del pueblo y protectora de los cientos de miles de devotos que admiran su vida ejemplar.

El problema es que las altas autoridades eclesiásticas se oponen a abrir un proceso para reconocer la devoción que genera Sarita y elevarla a los altares. Monseñor Durand intentó mantener el equilibrio entre las normas de la Iglesia en esta materia y el fervor popular, manifestando que no se podía aceptar oficialmente a una figura como «santa», sin que medien milagros comprobados.

Cuando Monseñor Irizar, el obispo de Callao, fue consultado telefónicamente al respecto, poco faltó para que enviara al infierno a su interlocutor, objetando que no quería hablar de un tema absurdo. La ira de este dirigente religioso peruano se ha desatado cada vez que ha podido ser testigo del multitudinario desfile de fieles que se acercan a la tumba de esta «santa» extraoficial para pedirle favores e intercesiones.

«No lo veo, señor Comisario»

Cuando aquella tarde en la plaza de armas de Huaraz, el comisario mostraba envanecido el cadáver del bandolero Luis Pardo, a quien había matado a traición a pesar de ser su amigo, una niña se acercó a él para decirle:
–Usted ya no está detrás de usted... No hay nadie detrás de sus ojos... Resulta que yo no lo veo, señor comisario.

El hombre fingió no hacer caso, pero al ir a levantar una copa para celebrar su hazaña palpó casi sin querer el lado izquierdo del pecho, descubriendo con asombro que su corazón había dejado de latir. Aquel suceso lo comentó con pocos, dado lo extraño de la experiencia. Pero pasarían escasos días antes de que se produjera el desenlace. Según relata esta leyenda popular, la niña Sarita se dirigió al comisario un 7 de julio, séptimo mes del año. Y exactamente 7 días después, a las 7 de la tarde, el comisario caía fulminado en la misma plaza donde la pequeña le había anunciado su muerte.

Una más en la Provincia

Sara Colonia Zambrano nació en un barrio pobre de Huaraz, en 1914. Era hija de Hipólito y Rosalía, un matrimonio con escasos recursos económicos. Debido a su precaria situación, decidieron emigrar desde la costa peruana a la ciudad cuando Sarita todavía era pequeña, para ubicarse finalmente en Callao, donde supuestamente la vida era algo menos difícil. Desde ese momento llevaron una existencia miserable, que impidió a la niña estudiar y seguir su vocación religiosa y obligó a sus tres hermanos a trabajar duramente. Sarita fue empleada en el servicio doméstico.

Cuando más adelante sus padres volvieron a cambiar de hogar, la adolescente se quedó a vivir sola en los peligrosos barracones del Callao, un tugurio donde la violencia es continua y donde la supervivencia supone un milagro. Sus únicos ingresos provenían de su esporádico trabajo limpiando algunas casas de la zona.

Como los demás pobladores de este barrio, llevó una vida triste, dura y exenta de ilusiones, que la acompañó durante su corta existencia. Hipólito Colonia, hermano de la santa popular, guarda en su mente algunos recuerdos de la época en que ella trabajaba como criada y, ocasionalmente, como vendedora de pescado o de ropa. Cuando la madre murió, Sarita se encargó de velar por sus dos hermanos.

Solía rezar con frecuencia y era habitual verla sin comer por haber entregado su plato a personas hambrientas y más necesitadas que ella misma. También tenía fama de «hierbera», habilidad que usaba para sanar enfermos con preparados que elaboraba a base de plantas curativas.

Existencia indocumentada

Su muerte prematura ha sido motivo de incontables disputas, porque no existe acuerdo sobre la causa del fallecimiento. La versión oficial, según el certificado de defunción, atribuye su deceso al paludismo. Tras una deplorable atención en el hospital para pobres, su vida se extinguió el 20 de diciembre de 1940, cuando sólo contaba veintiséis años.

Por otro lado, Esther Colonia, una hermana de Sara que hoy tiene 79 años, nos explica que su fallecimiento se debió a una purga con aceite de ricino, que solía realizar debido a su obsesión por la pureza. Esther sostiene que, cuando llegó a la casa ese día, la encontró enferma y la llevó al hospital, donde Sarita murió mientras se le practicaba una transfusión de sangre.

Tras la defunción, sus restos fueron conducidos sin ninguna procesión fúnebre a una fosa común, que fue marcada por su padre con una cruz meses más tarde, acompañada por la frase de rigor: «Aquí descansan los restos mortales de Sarita Colonia».

Aquello fue útil para que la ubicación de la tumba no se perdiera por completo y mucho tiempo después se estableciese allí un santuario, donde la veneran los peruanos más desfavorecidos.

De Sara Colonia Zambrano ni siquiera poseeríamos documentos que avalaran su existencia, si no fuese por su certificado de defunción, que se encuentra en la división de registros civiles de la Municipalidad de Bellavista y que declara su muerte como consecuencia de «un paludismo pernicioso». Por lo demás, no existe partida de nacimiento, ni constancia de bautismo ni de comunión. Ni siquiera un certificado de estudios de escuela primaria.

Su imagen sólo quedó impresa en una fotografía en la cual aparece junto a sus padres y hermanos a la edad de doce años y que, tras ser retocada, ha servido para aproximarse al aspecto físico de esa Sarita de 26 años que aparece en las estampas y que veneran los devotos de varios países.

Nace una «santa» popular

El culto a Sara Colonia no fue inmediato, pero se hizo masivo con los años. En un primer momento sólo se manifestaba gracias a aquellas personas que conocieron su bondad y que dejaban en su zona de enterramiento flores, velas e inscripciones en la madera. Pobres que pedían favores al Cielo a través de Sarita, porque ella había compartido sus dolores y siempre estaba dispuesta a privarse de lo poco que tenía para darlo a otros.

En los setenta, unos treinta años después de fallecida, empezó a atribuirse a la joven una serie de portentos milagrosos que, al margen de la Iglesia, la transformaron en patrona de los marginados. La creencia en la santidad de Sarita Colonia sobrepasó las fronteras del Perú, haciéndose palpable en otros lugares de Sudamérica, Centroamérica y EE UU, donde los emigrantes ilegales peruanos llevaron consigo a la «santita» en estampas protectoras.

Los sectores más proclives al culto de Sarita son los pertenecientes a personas desempleadas, mendigos, presos, rateros, prostitutas y pobres. Estos hombres y mujeres, algunos de ellos delincuentes y travestis que viven en riesgo permanente, rezan a Sarita para que los acompañe en sus corazones y les permita regresar a casa sanos y salvos cada día. Su tumba es un continuo testimonio de la religiosidad espontánea de un pueblo que, ajeno a los dictados de la iglesia, reclama su derecho a canonizar a quien crea conveniente. A Sara se encomiendan a diario los que viven al margen de la ley y los que están sin familia, sin trabajo o sin libertad. Tanto es así que la cárcel del Callao ha sido rebautizada como «Sarita Colonia» y muchos presos se tatúan enormes iconos de la santa, o extensas oraciones dirigidas a ella. Sara los acompaña en su azarosa y solitaria existencia como marginales. Su efigie prolifera en las cárceles, así como en los burdeles más deplorables de Lima, siendo imagen primordial en los suburbios, donde carteristas, asaltantes y timadores llevan su estampa en los bolsillos.

Incluso el propio Vladimiro Montesinos, ex-jefe de inteligencia de Alberto Fujimori, y uno de los funcionarios más corruptos de aquel régimen que gobernó en Perú desde 1999 a 2000, en el momento de ser detenido guardaba en el bolsillo una estampa de Sarita, que mostró a los periodistas.

A lo largo del tiempo, el afecto por esta «santa» se ha extendido a personas de clase media, siendo adoptada por gente de la más variada condición social. A partir de los años setenta, los conductores de camiones, microbuses y mototaxis la convirtieron en su patrona. En sus vehículos, y en el lugar donde supuestamente debían estar las imágenes consagradas del culto católico oficial, se ve la estampa de Sarita en altares portátiles. Los devotos pobres que visitan su tumba en el aniversario de su muerte, han visto cómo a las mujeres recias de la sierra se suman hoy jóvenes atractivas con sugerentes vestidos. Los delincuentes comparten devoción con adinerados homosexuales y burgueses ilustrados. Escritores, pintores, escultores y multitud de artistas le rinden homenaje. El reparto de comida entre los necesitados se ha transformado en un ritual que ya es una seña de identidad del culto a esta santa del pueblo.

Sarita multimedia

La «santita peruana» se ha visto envuelta en multitud de movimientos que ella nunca hubiera podido imaginar en vida. Canciones, libros, cuentos, ensayos, pinturas. Incluso producciones para la televisión y el cine, entre las que ya existe un documental y una serie. El primero fue lanzado por Judith Vélez, productora independiente que sigue los pasos de Sara desde su lugar de nacimiento hasta el barrio de Callao y relata a pie de cámara la vida de una mujer pobre y ejemplar en su solidaridad, que refleja los dolores y penalidades de todo un país.

La posterior miniserie de Michel Gómez fue todo un espectáculo, ya que la actriz Urpi Gibbons, que encarnó el papel de Sara, fue percibida como una copia exacta de la santa. «¡Es idéntica!», fue el grito más oído entre el público. La historia de esta serie enlaza a Sarita Colonia con una periodista, que sesenta años después de su muerte investiga la vida del popular personaje. Finalmente ambas vidas se funden en un espectacular desenlace y una extraña e inesperada vuelta de tuerca final.

Otros sectores del arte le han ofrecido aclamaciones apoteósicas. Varios grupos de mariachis, cumbia, ritmos fusión, rockeros y hard core han grabado temas dedicados a ella.

Tiendas, restaurantes, peluquerías, imprentas, empresas de transportes y distintos productos, desde globos y camisetas hasta alimentos, usan la imagen de Sarita Colonia. Hay quienes ven en ella una versión más cercana, más pobre y más accesible que la famosa Santa Rosa de Lima.

El grupo musical peruano Los Mojarras, dedica una canción a la «santa» en su primer disco, ostentando en la portada una imagen popular muy corriente: el cuerpo de un delincuente con el rostro de Sarita tatuado en la piel. La sexta canción lleva por título Sarita Colonia y trata de las represiones contra el pueblo pobre y marginal.

Pero, ¿qué base existe para explicar la emergencia de este culto a una pobre joven analfabeta? La leyenda popular relata anécdotas que llenan el vacío de una crónica documentada. Cuando una tarde caminaba Sarita por los callejones del Callao, salieron a su encuentro tres maleantes con la intención de robarla. Cuando descubrieron que no tenía dinero, decidieron violarla, la tiraron al suelo y la despojaron de su ropa. Ella no se resistió, pero cuando sus atacantes la desnudaron, vieron que su sexo le había desaparecido. Los tres hombres se arrodillaron a rezar ante aquel prodigio, ya que en la zona genital no había nada. Este es uno de los milagros más citados que se le atribuyen a Sarita, pero no es el único. Desde hace años la gente cree recibir favores de su paisana limeña fallecida. Su hermano es el encargado de cuidar el lugar donde descansan sus restos y de custodiar el libro donde se registran los prodigios obrados por Sarita Colonia.

Las peticiones que se le hacen no son convencionales: que una vecina chismosa se atragante con su lengua; que el próximo atraco salga bien; que un cliente resulte satisfecho tras el coito y regrese; dinero urgente para pagar el alquiler; la libertad del marido preso; el retorno del amante. Y, sobre todo, un trabajo para salir adelante.

Los inmigrantes ilegales que intentan cruzar la frontera de EE UU, llevan cosida una estampa con Sarita, afirmando que de esa forma se convierten en «invisibles» ante la tecnología sofisticada de los policías norteamericanos.

Sarita representa todo un fenómeno social en el siglo XX: la beatificación de una persona por el pueblo. Nadie sabe lo que han vivido, sentido y aprendido quienes experimentan su presencia espiritual como una realidad única e insustituible en sus vidas. Tampoco es posible penetrar el misterio que operó en el corazón de quienes se sintieron favorecidos gracias a su intercesión, ni cuánto de este fervor religioso espontáneo debe atribuirse a la bondad de su existencia real y cuánto a la mitología nacida de la necesidad de creer en alguien que conoce de verdad las propias penurias por haberlas vivido. Sólo algo es seguro: el pueblo peruano ha convertido a esta joven anónima y analfabeta fallecida a los 26 años en una santa de nuestros días.
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