Creencias
01/01/2005 (00:00 CET)
Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
Los Sijs: la última religión de la India
Son monoteístas y estrictos en materia de moral y costumbres. Para ellos no existen las castas, ni diferencias de clase, raza, sexo o nacionalidad.Las mujeres celebran los oficios religiosos tienen iguales derechos que los hombres. Pero son guerreros y guardan el precepto de ir armados.
El pasado 6 de octubre falleció en Española (Nuevo México), Herbajan Singh Calza Yogiji, mundialmente conocido como Yogui Bhajan. Nacido el 26 de agosto de 1929 en un pequeño pueblo cercano a Lahore, en la frontera hindopasquitaní, Bhajan comenzó a practicar yoga a los 8 años. A los 16 obtuvo el título de maestro en Kundalini-Yoga y, tras estudiar Económicas en la Universidad de Punjab, instaló su residencia en Los Angeles (EE UU), en pleno fervor hippie de los años 60.
En 1971, este maestro consiguió que el movimiento sij fuese aceptado oficialmente como una religión en EE UU. Esto le valió el reconocimiento de Sant Charan Singh, la máxima autoridad sij en la India, quien le nombró responsable del culto en Occidente. Yogui Bhajan ejerció este cargo más de treinta años, a través de una organización conocida como Las Tres H: «Happy, Holy and Healthy», fundada en 1973. Su actividad le llevó a reunirse en repetidas ocasiones con el papa Juan Pablo II, el Dalai Lama y el arzobispo de Canterbury. Dejando de lado esta labor como representante de los sijs al máximo nivel institucional, uno de sus mayores logros fue haber introducido en Occidente el Kundalini-Yoga, una disciplina practicada actualmente por más de un millón de personas en todo el mundo y muy asociada al culto sij, reconocido como la quinta religión más numerosa del planeta, con cerca de 30 millones de seguidores.
Sin embargo, el gran público lo ignora casi todo respecto a este culto.
El clan de los «discípulos»
La muerte de Yogui Bhajan se produjo pocos días después de que más de cuatro millones de peregrinos acudiesen hasta el Templo de Oro de Amristar, en el estado hindú de Punjab, fronterizo con Paquistán, para conmemorar el 400 aniversario de la instauración de dicho culto en India. Fue como si Yogui Bhajan hubiese querido esperar hasta la celebración de esa fecha histórica antes de abandonar este mundo.
El término sij significa «discípulo». Y no resulta difícil reconocer físicamente a los miembros de esta religión entre la abigarrada amalgama colorista que llena las calles superpobladas de la India. Su cuidado aspecto, su característica pulsera, su rictus circunspecto y, sobre todo, su particular turbante, los convierte en figuras inconfundibles, tanto en las calles de Nueva Delhi como en cualquier otra parte del mundo.
Gurú Nanak, fundador del culto sij en el siglo XV, consideraba que ninguna comunidad sirve con mayor eficiencia a los objetivos comunes que una debidamente uniformada y con fuerte conciencia de clan. Según sus propias palabras, «las personas que llevan uniforme y tienen un aspecto disciplinado son mejores que aquellas que no han establecido normas estrictas para conseguir unidad de propósito y adquirir un sentido real de hermandad».
Nanak nació en 1469 en un pueblo cercano a la ciudad de Lahore, como Bhajan. Concretamente en Talwandi, hoy llamada Nankana Sabih. Desde su infancia destacó por su rechazo contra todo lo que consideraba supersticiones características del hinduísmo y del Islam. El sistema de castas, los rituales sangrientos o las prácticas radicales como los «sati» (inmolación de la viuda junto al cadáver de su marido durante la incineración), le merecieron el calificativo de «abominaciones». Por este motivo, decidió ofrecer una alternativa al hinduísmo y al Islam: el sijismo.
Tanto Gurú Nanak como los nueve gurús que le sucedieron en el liderazgo de la creciente comunidad sij, dieron un ejemplo de rectitud, moralidad y sabiduría durante casi tres siglos. Pero ese liderazgo espiritual, similar al papado católico, concluyó con el último de ellos: Gurú Gobind Singh (1666-1708). Gobind Singh inició la ceremonia del bautismo sij en 1699, dando lugar desde entonces a un «sacramento» de especial importancia para esta religión. El propio Gurú Gobind Singh ofició los primeros bautismos del culto a cinco miembros de la hermandad, conocidos desde entonces como panj pyare (los «cinco amados»). A continuación, pidió a estos discípulos que le bautizasen a él. A partir de entonces el Amrit (bautismo sij) es un ritual fundamental en esta religión, accesible a cualquier persona que lo desee, sin distinción de raza, sexo, edad, nacionalidad o casta.
Poco antes de su fallecimiento, Gobind Singh aportó otra innovación. Tras su muerte no se renovaría el liderazgo religioso encarnado en un nuevo gurú, sino que a partir de su desaparición, la máxima autoridad espiritual sij se limitaría al Gurú Granth Sabih o Libro Sagrado
El libro sagrado de los sijs
Antes de penetrar en el templo de los sijs en Nueva Delhi, el custodio Gurudwara Rakab Ganj nos invita amablemente a que nos descalcemos y a que cubramos nuestras cabezas con un pañuelo que presenta los símbolos característicos de esta comunidad en la India. Es un precio muy bajo el que nos exigen para poder contemplar y fotografiar el Libro Sagrado y el interior de uno de estos exóticos recintos de culto.
Atravesamos una gran plaza exterior al templo, donde observamos a docenas de hombres, mujeres y niños, orando o charlando respetuosamente. Llama la atención que las ropas, joyas y hasta los turbantes que lucen estas personas revelen inmediatamente su extracción social. Sin embargo, en el templo no existen castas ni estratos sociales superiores o inferiores y reina una igualdad absoluta, impensable en otros recintos religiosos hindúes.
Al entrar, nos arrodillamos respetuosamente para saludar al pequeño «altar» que preside el centro del habitáculo. Se trata de una especie de trono en el cual se conserva el Gurú Granth Sabith, que preside todo gurudwaras (denominación que los sijs dan a sus templos).
El Gurú Granth Sabith fue compilado y editado en 1604, dos años antes de su muerte, por Arjun Dev (1563-1606), quinto gurú en la línea de sucesión de Nanak. Dicen los «devotos» que es la única Escritura Sagrada del mundo recopilada por los fundadores vivos de una religión.
Desde que culminó dicha tarea, el Libro Sagrado preside todos los templos sij de mundo y es objeto de especial veneración. Por esa razón, a quienes visitábamos ese día el gurudwara de Nueva Delhi, se nos recordaba con insistencia que, tanto al entrar como al salir del recinto del templo, e incluso al desplazarnos por su interior, tuviésemos especial cuidado en no dar jamás la espalda al Gurú Granth Sabith.
Lo que creen los sijs
Este Libro Sagrado recoge las creencias, dogmas y rituales de la quinta religión más numerosa del mundo. Se trata de un culto radicalmente monoteísta, que contrasta con la abrumadora cantidad y variedad de deidades que son veneradas en el hinduísmo.
«Oh espíritu mío, tú eres la encarnación de la luz, conoce tu esencia. Oh espíritu mío, el Señor está siempre contigo a través de la palabra del Gurú. Disfruta su Amor, conociendo tu esencia conoces a tu Señor y conoces el misterio de la vida y de la muerte», escribió Gurú Granth Sabith, en página 441.
Teológicamente, el sijismo presenta importantes diferencias doctrinales y litúrgicas con sus religiones vecinas; hinduísmo, islam y budismo. El espíritu individual del hombre es el centro de esta religión, que abomina de la pluralidad de dioses, del celibato, de la penitencia o del sufrimiento gratuito.
Más aun: a diferencia de otras religiones orientales, los miembros de esta hermandad manifiestan una gran preocupación por el «mas acá» y por los problemas sociales, siendo sus primeros diez gurús un ejemplo de liderazgo espiritual, a la vez que de un compromiso social y material con sus contemporáneos. Por esa razón, los sijs no discriminan, ni siquiera en positivo, a pobres o ricos. Todos, hasta los terratenientes más adinerados, son valorados de la misma forma que los pobres. En este punto se apartan de la máxima evangélica atribuida a Jesús: «es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos». Para los sijs, «aquellos que están en armonía con el Señor, por la gracia del Gurú, alcanzan a Dios en medio de Maya o mundo material» (Gurú Granth Sabith, página 921). El sagrado Libro también enuncia todas las virtudes que debe mostrar en su vida el buen «devoto». Hay normas de salud, como no fumar ni consumir drogas que obnubilen la mente; morales, como no disfrutar con la calumnia, la falsedad o la mentira, guardar la castidad y condenar el adulterio; y sociales, como la vida honesta en el seno de la comunidad. «La verdad es valiosa afirma una máxima sij, pero todavía más valioso es vivir honestamente».
El código de conducta sij, conocido como Sij Rehat Maryada, también recoge otros «mandamientos» importantes:
Naam Japo: Invocar o meditar constantemente sobre Dios, «pues un cuerpo yace muerto sin la vida, y la vida misma yace muerta sin Naam» (nombre de Dios).
Kirat karo: Ganarse el sustento por métodos honrados y honorables.
Vand Chhaki: En nombre de Dios, compartir los frutos de tu labor y trabajo como expresión de amor a la Humanidad.
En contrapartida, se enumeran los cinco vicios que corrompen el corazón de los pecadores en el culto sij: lujuria, cólera, opulencia, codicia y orgullo.
La comida común
Antes de abandonar el templo somos agasajados con el karah parshad, un delicioso dulce hecho de sémola, mantequilla, agua y azúcar, que se reparte entre los asistentes tras cada oficio religioso. Exquisito, pero pringoso. Pero lo llamativo es que, a diferencia de lo que ocurre en otros templos que visitamos en el norte de la India en los cuales la comida tiene una importancia ritual, en el caso de los sij la cocina no es sólo una ocupación de las mujeres. Devotos y devotas comparten por igual las tareas litúrgicas y, entre todas, la ingesta de ciertos alimentos tiene un valor especial.
Recientemente, en el Foro de las Culturas celebrado en Barcelona (España), más de 10.000 personas tuvieron la posibilidad de saborear los mismos dulces que yo degusté en los templos sij de la India, gracias a un grupo de cocineros que visitaban el Foro y que improvisaron un gran comedor sij en sus instalaciones.
Esos comedores ofrecen un escenario que podríamos calificar de ordenada anarquía, en la que hombres y mujeres, pobres y ricos, señores y sirvientes, comparten el mismo alimento sin distinción de razas, credos o nacionalidades. Estamos ante una forma de comunión universal que no excluye a nadie.
En lo que se refiere a la situación de la mujer, Gurú Nanak representó una auténtica revolución teológica en India al proclamar: «La mujer tiene el mismo alma que un hombre y el mismo derecho a crecer espiritualmente, a atender la congregación religiosa y a recitar los himnos divinos en el templo. También puede ser elegida para participar en todas las ceremonias y oficiarlas, incluido el bautismo». Es decir, teológicamente, la mujer sij disfruta de los mismos derechos que los varones y de una posición que no ha conseguido en la abrumadora mayoría de los cultos cristianos.
Este detalle, que a las activistas feministas occidentales podría parecerles una minucia, supuso un paso sin precedentes, ya que Gurú Nanak abolió en la religión sij una serie de tradiciones milenarias que todavía persisten en el hinduísmo: desde considerar desgracia el nacimiento de una hija hasta las dotes para casarlas.
Sin embargo no podemos evitar mencionar un hecho: que el carácter audaz y guerrero de los sij, y la característica de ir siempre armados, según sus preceptos religiosos, han originado numerosos enfrentamientos violentos entre ellos y otras corrientes religiosas en el subcontinente indio. No olvidemos que fue un sij quien en 1984 asesinó a Indira Gandhi.
En 1971, este maestro consiguió que el movimiento sij fuese aceptado oficialmente como una religión en EE UU. Esto le valió el reconocimiento de Sant Charan Singh, la máxima autoridad sij en la India, quien le nombró responsable del culto en Occidente. Yogui Bhajan ejerció este cargo más de treinta años, a través de una organización conocida como Las Tres H: «Happy, Holy and Healthy», fundada en 1973. Su actividad le llevó a reunirse en repetidas ocasiones con el papa Juan Pablo II, el Dalai Lama y el arzobispo de Canterbury. Dejando de lado esta labor como representante de los sijs al máximo nivel institucional, uno de sus mayores logros fue haber introducido en Occidente el Kundalini-Yoga, una disciplina practicada actualmente por más de un millón de personas en todo el mundo y muy asociada al culto sij, reconocido como la quinta religión más numerosa del planeta, con cerca de 30 millones de seguidores.
Sin embargo, el gran público lo ignora casi todo respecto a este culto.
El clan de los «discípulos»
La muerte de Yogui Bhajan se produjo pocos días después de que más de cuatro millones de peregrinos acudiesen hasta el Templo de Oro de Amristar, en el estado hindú de Punjab, fronterizo con Paquistán, para conmemorar el 400 aniversario de la instauración de dicho culto en India. Fue como si Yogui Bhajan hubiese querido esperar hasta la celebración de esa fecha histórica antes de abandonar este mundo.
El término sij significa «discípulo». Y no resulta difícil reconocer físicamente a los miembros de esta religión entre la abigarrada amalgama colorista que llena las calles superpobladas de la India. Su cuidado aspecto, su característica pulsera, su rictus circunspecto y, sobre todo, su particular turbante, los convierte en figuras inconfundibles, tanto en las calles de Nueva Delhi como en cualquier otra parte del mundo.
Gurú Nanak, fundador del culto sij en el siglo XV, consideraba que ninguna comunidad sirve con mayor eficiencia a los objetivos comunes que una debidamente uniformada y con fuerte conciencia de clan. Según sus propias palabras, «las personas que llevan uniforme y tienen un aspecto disciplinado son mejores que aquellas que no han establecido normas estrictas para conseguir unidad de propósito y adquirir un sentido real de hermandad».
Nanak nació en 1469 en un pueblo cercano a la ciudad de Lahore, como Bhajan. Concretamente en Talwandi, hoy llamada Nankana Sabih. Desde su infancia destacó por su rechazo contra todo lo que consideraba supersticiones características del hinduísmo y del Islam. El sistema de castas, los rituales sangrientos o las prácticas radicales como los «sati» (inmolación de la viuda junto al cadáver de su marido durante la incineración), le merecieron el calificativo de «abominaciones». Por este motivo, decidió ofrecer una alternativa al hinduísmo y al Islam: el sijismo.
Tanto Gurú Nanak como los nueve gurús que le sucedieron en el liderazgo de la creciente comunidad sij, dieron un ejemplo de rectitud, moralidad y sabiduría durante casi tres siglos. Pero ese liderazgo espiritual, similar al papado católico, concluyó con el último de ellos: Gurú Gobind Singh (1666-1708). Gobind Singh inició la ceremonia del bautismo sij en 1699, dando lugar desde entonces a un «sacramento» de especial importancia para esta religión. El propio Gurú Gobind Singh ofició los primeros bautismos del culto a cinco miembros de la hermandad, conocidos desde entonces como panj pyare (los «cinco amados»). A continuación, pidió a estos discípulos que le bautizasen a él. A partir de entonces el Amrit (bautismo sij) es un ritual fundamental en esta religión, accesible a cualquier persona que lo desee, sin distinción de raza, sexo, edad, nacionalidad o casta.
Poco antes de su fallecimiento, Gobind Singh aportó otra innovación. Tras su muerte no se renovaría el liderazgo religioso encarnado en un nuevo gurú, sino que a partir de su desaparición, la máxima autoridad espiritual sij se limitaría al Gurú Granth Sabih o Libro Sagrado
El libro sagrado de los sijs
Antes de penetrar en el templo de los sijs en Nueva Delhi, el custodio Gurudwara Rakab Ganj nos invita amablemente a que nos descalcemos y a que cubramos nuestras cabezas con un pañuelo que presenta los símbolos característicos de esta comunidad en la India. Es un precio muy bajo el que nos exigen para poder contemplar y fotografiar el Libro Sagrado y el interior de uno de estos exóticos recintos de culto.
Atravesamos una gran plaza exterior al templo, donde observamos a docenas de hombres, mujeres y niños, orando o charlando respetuosamente. Llama la atención que las ropas, joyas y hasta los turbantes que lucen estas personas revelen inmediatamente su extracción social. Sin embargo, en el templo no existen castas ni estratos sociales superiores o inferiores y reina una igualdad absoluta, impensable en otros recintos religiosos hindúes.
Al entrar, nos arrodillamos respetuosamente para saludar al pequeño «altar» que preside el centro del habitáculo. Se trata de una especie de trono en el cual se conserva el Gurú Granth Sabith, que preside todo gurudwaras (denominación que los sijs dan a sus templos).
El Gurú Granth Sabith fue compilado y editado en 1604, dos años antes de su muerte, por Arjun Dev (1563-1606), quinto gurú en la línea de sucesión de Nanak. Dicen los «devotos» que es la única Escritura Sagrada del mundo recopilada por los fundadores vivos de una religión.
Desde que culminó dicha tarea, el Libro Sagrado preside todos los templos sij de mundo y es objeto de especial veneración. Por esa razón, a quienes visitábamos ese día el gurudwara de Nueva Delhi, se nos recordaba con insistencia que, tanto al entrar como al salir del recinto del templo, e incluso al desplazarnos por su interior, tuviésemos especial cuidado en no dar jamás la espalda al Gurú Granth Sabith.
Lo que creen los sijs
Este Libro Sagrado recoge las creencias, dogmas y rituales de la quinta religión más numerosa del mundo. Se trata de un culto radicalmente monoteísta, que contrasta con la abrumadora cantidad y variedad de deidades que son veneradas en el hinduísmo.
«Oh espíritu mío, tú eres la encarnación de la luz, conoce tu esencia. Oh espíritu mío, el Señor está siempre contigo a través de la palabra del Gurú. Disfruta su Amor, conociendo tu esencia conoces a tu Señor y conoces el misterio de la vida y de la muerte», escribió Gurú Granth Sabith, en página 441.
Teológicamente, el sijismo presenta importantes diferencias doctrinales y litúrgicas con sus religiones vecinas; hinduísmo, islam y budismo. El espíritu individual del hombre es el centro de esta religión, que abomina de la pluralidad de dioses, del celibato, de la penitencia o del sufrimiento gratuito.
Más aun: a diferencia de otras religiones orientales, los miembros de esta hermandad manifiestan una gran preocupación por el «mas acá» y por los problemas sociales, siendo sus primeros diez gurús un ejemplo de liderazgo espiritual, a la vez que de un compromiso social y material con sus contemporáneos. Por esa razón, los sijs no discriminan, ni siquiera en positivo, a pobres o ricos. Todos, hasta los terratenientes más adinerados, son valorados de la misma forma que los pobres. En este punto se apartan de la máxima evangélica atribuida a Jesús: «es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos». Para los sijs, «aquellos que están en armonía con el Señor, por la gracia del Gurú, alcanzan a Dios en medio de Maya o mundo material» (Gurú Granth Sabith, página 921). El sagrado Libro también enuncia todas las virtudes que debe mostrar en su vida el buen «devoto». Hay normas de salud, como no fumar ni consumir drogas que obnubilen la mente; morales, como no disfrutar con la calumnia, la falsedad o la mentira, guardar la castidad y condenar el adulterio; y sociales, como la vida honesta en el seno de la comunidad. «La verdad es valiosa afirma una máxima sij, pero todavía más valioso es vivir honestamente».
El código de conducta sij, conocido como Sij Rehat Maryada, también recoge otros «mandamientos» importantes:
Naam Japo: Invocar o meditar constantemente sobre Dios, «pues un cuerpo yace muerto sin la vida, y la vida misma yace muerta sin Naam» (nombre de Dios).
Kirat karo: Ganarse el sustento por métodos honrados y honorables.
Vand Chhaki: En nombre de Dios, compartir los frutos de tu labor y trabajo como expresión de amor a la Humanidad.
En contrapartida, se enumeran los cinco vicios que corrompen el corazón de los pecadores en el culto sij: lujuria, cólera, opulencia, codicia y orgullo.
La comida común
Antes de abandonar el templo somos agasajados con el karah parshad, un delicioso dulce hecho de sémola, mantequilla, agua y azúcar, que se reparte entre los asistentes tras cada oficio religioso. Exquisito, pero pringoso. Pero lo llamativo es que, a diferencia de lo que ocurre en otros templos que visitamos en el norte de la India en los cuales la comida tiene una importancia ritual, en el caso de los sij la cocina no es sólo una ocupación de las mujeres. Devotos y devotas comparten por igual las tareas litúrgicas y, entre todas, la ingesta de ciertos alimentos tiene un valor especial.
Recientemente, en el Foro de las Culturas celebrado en Barcelona (España), más de 10.000 personas tuvieron la posibilidad de saborear los mismos dulces que yo degusté en los templos sij de la India, gracias a un grupo de cocineros que visitaban el Foro y que improvisaron un gran comedor sij en sus instalaciones.
Esos comedores ofrecen un escenario que podríamos calificar de ordenada anarquía, en la que hombres y mujeres, pobres y ricos, señores y sirvientes, comparten el mismo alimento sin distinción de razas, credos o nacionalidades. Estamos ante una forma de comunión universal que no excluye a nadie.
En lo que se refiere a la situación de la mujer, Gurú Nanak representó una auténtica revolución teológica en India al proclamar: «La mujer tiene el mismo alma que un hombre y el mismo derecho a crecer espiritualmente, a atender la congregación religiosa y a recitar los himnos divinos en el templo. También puede ser elegida para participar en todas las ceremonias y oficiarlas, incluido el bautismo». Es decir, teológicamente, la mujer sij disfruta de los mismos derechos que los varones y de una posición que no ha conseguido en la abrumadora mayoría de los cultos cristianos.
Este detalle, que a las activistas feministas occidentales podría parecerles una minucia, supuso un paso sin precedentes, ya que Gurú Nanak abolió en la religión sij una serie de tradiciones milenarias que todavía persisten en el hinduísmo: desde considerar desgracia el nacimiento de una hija hasta las dotes para casarlas.
Sin embargo no podemos evitar mencionar un hecho: que el carácter audaz y guerrero de los sij, y la característica de ir siempre armados, según sus preceptos religiosos, han originado numerosos enfrentamientos violentos entre ellos y otras corrientes religiosas en el subcontinente indio. No olvidemos que fue un sij quien en 1984 asesinó a Indira Gandhi.







Comentarios
Nos interesa tu opinión