Tras la pista de las reliquias de la Pasión
Rastreamos el paradero de algunas de las reliquias asociadas a la Pasión de Cristo
En 1669, el papa Clemente IX encargó la construcción de diez ángeles de mármol a Bernini que decoraran el Puente de Sant’Angelo, antigua entrada principal al Vaticano. Cada ángel sostiene uno de los instrumentos de la pasión: la columna, las fustas, la corona de espinas, el velo de la Verónica, los dados, los clavos, la cruz, la inscripción de INRI, la esponja y la lanza.
Estos codiciados objetos han sido cazados desde el inicio del cristianismo. Falsificadas, robadas o dispersas por el planeta, para nadie es novedad que los trozos y astillas de la “verdadera cruz” repartidas en iglesias de todo el mundo, podrían crear un mazacote monumental de varias toneladas que ni siquiera los doce apóstoles hubiesen podido cargar juntos.
Clavos; se supone que lo crucificaron con tres, máximo 4; y sin embargo la iglesia aprueba como auténticos más de 33, incluyendo la corona de hierro de la Catedral de Monza que se cree fundida en el interior con uno de esos clavos.
Y sobre la corona de espinas, basta decir que hay cerca de 2000 espinas sin contar la cantidad de coronas que se atribuyen ser las verdaderas. Pero ¿Qué pasa con el resto de reliquias? ¿Existen? ¿En dónde están?

Según la investigadora Nicoletta de Matthaeis, la inscripción de INRI es la única sin dobles. En tiempos romanos era la tabla donde se inscribía el crimen del reo y en este caso, la famosa frase abreviada “Iesus Nazarenus Rez Indaeorum / Jesús Nazareno Rey de los Judíos” INRI. Escrito por la mano propia de Pilato, la leyenda afirma que fue hallado por Santa Elena. La emperatriz madre de Constantino había realizado un viaje con una comitiva a Tierra Santa y tras ordenar una excavación arqueológica, el 3 de mayo del 328, encontró la Santa Cruz, tres clavos y el Titulus Crucis. Hoy, todas ellas se exhiben en la Basílica de la Santa Cruz de Jerúsalen.
Lanzas hay muchas, la de las cruzadas de Antioquia o la que buscó Hitler en Viena, pero dicen que la original fue un regalo del gran sultán Bayazid II al papa Inocencio VIII como una oferta de paz en tiempos de graves intrigas políticas en 1490. La lanza, aceptada a regañadientes y llegada casi en secreto a Roma, solo conservaba su parte metálica y era muy codiciada en el Imperio de Bizantino. Hoy está en una de las capillas principales de la Basílica de San Pedro y se le considera original pues es la única de todas cuya datación es compatible con las lanzas usadas en el siglo I.

La sagrada esponja con que se dio de beber a Cristo para muchos está perdida por su material. Pero se cree que un trozo aún se conserva en la Biblioteca Nacional de París, salvada tras la Revolución Francesa de su hogar en la Sainte-Chapelle. Y otros fragmentos de la Santa Esponja se diputan en El Escorial, San Millán de la Cogolla, la Basílica de San Juan de Letrán que conserva manchas de sangre y una depositada en un relicario cilíndrico supuestamente obsequiada a Martin I de Aragón en Jerusalén.
De los dados no se habla mucho, pero si de la túnica que apostaron con ellos. La de Tréveris que provocó la ira de Lutero porque al colgarla del balcón de la catedral, los peregrinos llenaron la ciudad de reliquias falsas. La de Argenteuil que se exhibió por última vez en el año 2000 y se espera que vuelva a verse en el 2034. Y la de Mtskheta en Georgia, rodeada de una misteriosa leyenda que asegura se encuentra enterrada en una tumba con un tronco del que salió maná en el siglo IV y que nadie nunca ha visto.
Nadie niega que las reliquias son vitales en el mito católico para sostener la fe. El objeto sagrado parece un puente entre lo divino y lo terrenal aún por más extraño que sea. Se les llora, se les reclama, se les toca con la mano para curar enfermedades y se les resguarda en bóvedas de oro para maravilla de artistas y arqueólogos. ¿Importa si son reales? Un debate que lleva más de 2000 años en la religión y sin embargo esos objetos, siguen ahí.








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