Creencias

San Andrés de Teixido: la iglesia de las ánimas

A san Andrés de Teixido va de muerto el que no fue de vivo… Con esta frase, todo está dicho… Esta es la historia de la iglesia de las ánimas.

20 de Agosto de 2020 (09:30 CET)

San Andrés de Teixido: la iglesia de las ánimas
San Andrés de Teixido: la iglesia de las ánimas

San Andrés de Teixido está enclavado al antojo de la rosa de los vientos en la sierra coruñesa de A Capelada, siendo centro neurálgico del Camino de Santiago inglés. Al lugar se accede atravesando la estrecha carretera que parte desde Cedeira, a 10 kilómetros, y que discurre por el paredón, a la vera de la costa gallega. El lugar está vestido por una espesa vegetación de bellísimos tonos verdes, que se asoman sin pudor a un amplio valle que culmina de manera violenta en los acantilados atlánticos. Desde antiguo es considerado un enclave iniciático, en el que los druidas realizaron sus liturgias en honor a Beltaine, y donde el hombre supo que se hallaba en un centro de poder en el que la vida se balanceaba peligrosamente, mientras la muerte observaba atenta.

El saber popular asegura que A San Andrés de Teixido vai de morto o que non foi de vivo –«A San Andrés de Teixido va de muerto el que no fue de vivo»–, y parte de razón debe de tener, porque en este lugar pocos son los que profanan tan extraña letanía; el respeto por todos los seres vivos que habitan el lugar, sean arañas, gusanos, pájaros o escarabajos es, no sólo una cuestión de cortesía, sino también un tributo a los que ya se fueron. No en vano, según la creencia los finados pueden volver a reencarnarse en este lugar, adoptando para ello las formas más insospechadas. Por lo tanto, al matar a una mosca se puede estar propiciando la desaparición de un ánima. 

Y no es cuestión de creencia moderna, pues la peregrinación a San Andrés de Teixido fue instaurada a finales del siglo XII por los caballeros de la Orden de Malta, y se tiene constancia documental desde el año 1392 aproximadamente, cuando los monjes de la Orden del Temple mostraron una extraña devoción por este templo y su entorno. 

De lo que no hay duda es que aquí se tiene la certeza absoluta de que la trasmigración de las almas es algo real, cotidiano diría; la muerte por tanto adquiere un concepto muy cercano a la filosofía budista. Pero es tan sólo una apariencia, porque las estampas que podemos apreciar son más propias de una cinta de terror que de un templo cristiano –pese a estar asentado en un centro de culto pagano–. Así, hasta hace pocos años se podía asistir a la tétrica procesión de los ataúdes. Y es que los peregrinos que acudían a Teixido lo hacían, en ocasiones, con los féretros de hijos, padres, maridos y esposas antes de que estos fallecieran, pues tenían la convicción de que con ello salvarían a los suyos de la parca que con tanta insistencia les parecía rondar. Porque aunque parezca mentira, muchos son los casos de enfermos que sanaron sus males, en tributo a lo cual los peregrinos dejaron los ataúdes adornando las paredes de la iglesia. 

Pero eso no es todo. La variedad de vestimentas que portaban quienes se acercaban era tan diversa como tétrica. Hasta tal punto parecía una romería de muertos en vida, que la Gran Enciclopedia Gallega afirma que «la túnica o hábito con la que de vez en cuando se presentaba algún devoto, podría interpretarse como una anticipación de la mortaja, y en este caso, una confirmación más del carácter mortuorio de la peregrinación». Así pues ya lo saben, si quieren formar parte de una romería que guarda el lúgubre encanto de siglos pasados, acudan a este rincón de no cabo do mondo, a ser posible el 8 de septiembre, que es cuando los muertos, o los vivos disfrazado, caminan con paso firme. 

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