Enigmas y anomalía

Combustión Humana Espontánea: ¿por qué el cuerpo arde solo?

Pese a las evidencias, la ciencia, en especial hace algo más de un siglo se negaba a ser partícipe de algo que consideraban formaba parte de la creencia, siendo imposible aplicar sobre el asunto el tan manido método científico. Y uno de estos sabios eruditos que con mayor ardor atacó a los defensores de la combustión humana espontánea fue el célebre químico Justus von Liebig.

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18 de Agosto de 2020 (08:30 CET)

Combustión Humana Espontánea: ¿por qué el cuerpo arde solo?
Combustión Humana Espontánea: ¿por qué el cuerpo arde solo?

El intento por aportar conclusiones relativamente convincentes llevó a algunos científicos a promover la idea de que la causa de dichas combustiones humanas espontáneas podría tener su génesis en un misterioso gas que se formaba en el interior del cuerpo, y que una vez entraba en contacto con el oxígeno, generaba tal cantidad de calor que provocaba la ignición. En el libro Medicina forense y toxicología, editado en 1914 y escrito por los doctores Mann y Brend, se pretendía argumentar la existencia de dicho elemento, aportando casos y testimonios similares en los que la acción de esta sustancia acababa con la vida de seres humanos, que fallecían carbonizados. El componente común de algunos sucesos era sorprendente: los cuerpos aparecían hinchados, y al horadar con finas agujas las partes más inflamadas se liberaba un gas que al contacto con el oxígeno gestaba pequeñas llamas de tonos azulados. La hipótesis era atractiva, pero carente de elementos que avalaran su definitiva aceptación. La mente implacable de Liebig rondaba cualquier nueva teoría, y en este particular no iba a hacer una excepción. Por consiguiente, lo primero que tenían que demostrar era la existencia del agresivo gas, cosa que jamás ocurrió.  

La formación de fosfágenos en el tejido muscular también fue planteada por los defensores del macabro fenómeno. Si esta acumulación se producía en la endodermis en cantidades desorbitadas, podría causar una combustión instantánea, siempre y cuando el tejido subcutáneo entrara en contacto con una fuente de calor lo suficientemente importante como para provocar la ignición. En definitiva estaban peleando contra molinos de viento; las combustiones espontáneas continuaban y cada vez era más difícil hallar una explicación, especialmente para los fenómenos concomitantes que se derivaban de las mismas. 

Un último ejemplo. En el año 1905 el diario Hull Daily Mail abrió su portada con la muerte de la anciana señora Elisabeth Clark, que por aquellas fechas se encontraba ingresada en el Hospital Hull. De sus compañeros de estancia tan sólo la separaba un viejo biombo, pero nadie se percató de lo sucedido. No hubo lamentos, ni movimiento de la enferma, ni tan siquiera las blancas sábanas ardieron. La infeliz mujer, víctima de un gran shock, desconcertada, no supo explicar a los médicos lo ocurrido, falleciendo días más tarde. 

No es nuestra intención la de relatar innumerables sucesos de combustión humana espontánea ocurridos en los últimos doscientos años. Baste reflejar que boletines del prestigio del British Medical Journal dedicaron tiempo y elevadas sumas económicas para compilar, estudiar y explicar los aspectos más ignotos de los enigmáticos fallecimientos. 

La única conclusión que podemos sacar al respecto es que nuestro propio organismo se enfrenta a nosotros, acabando con su propia existencia. No hay pruebas, ni rastros de combustible, ni causas aparentes… Absolutamente nada. Y una vez más nos hemos de rendir ante la evidencia de que el cuerpo humano es el mayor enigma al que cada día nos enfrentamos…

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