Licuefacción de la sangre: un misterio que se repite cada año
¿Milagro o reacción química? La verdad detrás de la licuefacción de la sangre de San Genaro y San Pantaleón
San Genaro y San Pantaleón comparten una biografía que encaja a la perfección con el paisaje áspero del Imperio romano tardío pero que, además, tienen una historia común que permanece “activa” en pleno siglo XXI.
San Genaro, obispo de Benevento, aparece en la tradición como pastor de comunidades cristianas del sur de Italia. Su muerte se sitúa durante la persecución de Diocleciano, hacia el año 305 d.C., en el entorno de Pozzuoli. Con el tiempo, Nápoles lo adoptó como patrono y su nombre pasó a ser un emblema cívico, pues no es solo un santo: se trata de un protector al que se recurría y recurre ante la enfermedad, la violencia o las antiguas amenazas del Vesubio.
San Pantaleón, fue médico en Nicomedia, en la actual Turquía. Las fuentes devocionales lo describen como un profesional que atendía sin cobrar a los pobres, desinteresadamente, y que, al negarse a renegar del cristianismo, fue condenado como mártir en el mismo ciclo de persecuciones de los siglos III-IV d.C. Su culto se extendió por el Mediterráneo. En Madrid, el Real Monasterio de la Encarnación custodia una reliquia atribuida a su sangre; en Ravello, en la costa amalfitana, se conserva otra vinculada a una tradición semejante.
San Genaro (o San Gennaro) murió decapitado el 19 de septiembre del año 305 en el anfiteatro Flavio de Pozzuoli, cerca de Nápoles, luego de ser arrestado por visitar a sus compañeros cristianos encarcelados. Por su parte, San Pantaleón fue denunciado por su fe cristiana; la tradición cuenta que, antes de ser decapitado el 27 de julio de 305, sobrevivió a seis intentos de martirio.

El hecho que une a ambos santos es el llamado “milagro de la licuefacción”. En la siempre coqueta Nápoles, la sangre de San Genaro se guarda en ampollas selladas y, en ceremonias públicas, pasa de un aspecto oscuro y aparentemente sólido a un estado líquido y rojizo. El calendario incluye tres ocasiones anuales, con el 19 de septiembre como fecha central. En Madrid, la reliquia de San Pantaleón suele presentarse seca y oscura, pero cada 27 de julio se vuelve fluida; algunos testimonios añaden que el contenido parece aumentar de volumen dentro del recipiente. En ambos casos, el gesto litúrgico es relevante, pues el oficiante sostiene, inclina y muestra la ampolla, una acción mínima pero constante de cara a los devotos.
Estas reliquias ganaron prestigio pues la sangre del mártir simboliza vida ofrecida y victoria espiritual, y por eso desde muy pronto se conservaron objetos asociados a ejecuciones y enterramientos. Con los siglos, esos objetos se integraron en liturgias y actos religiosos. Nápoles, expuesta a terremotos y erupciones, encontró en San Genaro una figura de amparo y devoción; Madrid, con un monasterio de fuerte presencia institucional, consolidó la fiesta de San Pantaleón como un signo de tradición y fe.

La devoción se alimenta de la repetición y de un hecho que ocurre “cada año”. En Nápoles, la ceremonia es un acontecimiento masivo y su resultado se vive con emoción. Cuando la licuefacción tarda o no se produce, surgen lecturas catastrofistas y temores, aunque esas asociaciones no pueden verificarse como causalidad. En Madrid, la expectación es más contenida, pero el 27 de julio atrae a fieles y curiosos, siendo la reliquia el eje de toda esa devoción.
¿Se ha analizado la sangre con métodos científicos modernos? Aquí aparece el límite principal. No se han autorizado estudios directos que requieran abrir las ampollas o extraer material; este hecho impide una identificación química concluyente. La hipótesis más citada es la tixotropía.
La tixotropía es la propiedad que tienen ciertos geles de volverse líquidos al ser agitados o al cambiar las condiciones mecánicas, y recuperan consistencia al reposar. Un compuesto con óxidos o sales de hierro podría ofrecer un color compatible con “sangre” y, a la vez, comportarse como un gel tixotrópico. Se han realizado experimentos de laboratorio que han mostrado que mezclas históricamente plausibles —tales como el cloruro férrico combinado con gelificantes— pueden reproducir una licuefacción similar sin invocar causas milagrosas o sobrenaturales.

También conviene describir el fenómeno sin adornos. La ampolla no “hierve” ni “explota”; lo que hace es un cambio que suele percibirse como una pérdida de rigidez y un brillo más homogéneo, con variaciones según la luz, el ángulo y la distancia. He asistido a la napolitana y resulta espectacular, esa es la verdad.
La lectura del resultado depende de observadores y de condiciones ambientales, y en ceremonias multitudinarias puede influir el ambiente de extrema devoción. Aun así, el contenido parece alternar estados, algo que no es imposible si se trata de un material con propiedades reológicas especiales.
La conclusión puede ser incómoda para quien busca certezas absolutas, pues es un fenómeno observable puesto que cambia el aspecto del contenido, pero su interpretación no está cerrada. La fe lo lee como signo; la ciencia, sin acceso a la muestra, solo puede proponer modelos y explicaciones compatibles. Mientras no existan análisis directos, el enigma seguirá habitando esa delgada línea en la que la tradición y la explicación racional conviven. La Iglesia, además, no suele presentar estos hechos como dogma obligatorio y simplemente los enmarca en la piedad popular, evitando que sustituyan a la fe en el Evangelio.









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