Parapsicología

ECM: Una puerta al más allá

Numerosas culturas reflejan lo que hoy conocemos como «experiencias cercanas a la muerte» (ECM), un intrigante fenómeno que tiene lugar en la frontera entre la vida y el fallecimiento. Pero, ¿qué evidencias científicas lo sustentan? Ésta es la pregunta que se hizo, hace ya muchos años, el médico español Miguel Ángel Pertierra, quien trata de responder a la misma en «La última puerta» (Oberon), un libro apasionante del que les ofrecemos el siguiente extracto.

21 de Mayo de 2014 (21:21 CET)

ECM: Una puerta al más allá
ECM: Una puerta al más allá

Desde hacía tiempo teníamos ingresado a un paciente con una enfermedad muy avanzada, debido a un tumor muy agresivo que estaba en la cara lateral izquierda del área superior del cuello, y que comprimía todas las zonas vecinas. El motivo del ingreso es porque se estaba tratando con radioterapia, técnica que consiste en la emisión de radiaciones ionizantes para intentar curar o paliar una enfermedad, en este caso tumoral.

En un principio, el tumor que tenía era inoperable y por ello se estaba tratando con esta técnica, pero su eficacia prevista era poca o casi nula. La situación era desesperada porque sólo quedaba esta posibilidad para poder luchar contra ese despiadado enemigo (…) Recuerdo que era por la tarde, estaba en la sala de curas, contigua al mostrador donde las enfermeras tenían una pequeña salita de trabajo con mamparas de cristales, cuando escuché una voz femenina angustiosa que decía: «¡Socorro, vengan rápido, mi marido se muere!». Como un resorte, me levanté de la silla donde estaba revisando el tratamiento de un paciente ingresado. Y vi a una mujer en medio del pasillo de la planta con el rostro desencajado y los ojos llenos de lágrimas.

«¡¿Qué ocurre?! ¡¿Qué ha pasado?! —le dije.

—¡Mi marido estaba en la cama, se ha girado y ha perdido el conocimiento. ¡Se muere! —me dijo casi sin poder articular las palabras.

EL HERMANO

Entramos en la habitación donde se encontraba ingresado este hombre, de pelo negro azabache, con la cabeza reclinada hacia su hombro izquierdo. Me acerqué a él y lo primero que hice fue ponerle la cabeza mirando al techo, y comprobé en los monitores que su ritmo cardíaco era imperceptible (…) Lo teníamos todo preparado para una situación así, de hecho, teníamos un «carro de paradas» permanentemente en la habitación cubierto con una sábana verde de las que utilizábamos en quirófano (…) El mencionado carro de paradas es una especie de mueble con ruedas, donde tenemos todo lo necesario y suficiente para realizar una reanimación cardiopulmonar. El paciente estaba en una bradicardia extrema, y la tensión, que le había tomado la enfermera, era casi imperceptible. Era momento de actuar.

«¡Ponle el suero a chorro!» —le dije a la enfermera.

Le metí una cánula de Guedel, que es un tubo de material semiflexible, arqueado, que al introducirse en la cavidad oral impide que la lengua haga oclusión de la faringe y permite la entrada de aire del paciente. Me dispuse a comenzar las maniobras de RCP, mediante el masaje cardíaco, mientras se disponía con un ambú, que es una especie de respirador manual con una mascarilla y un globo con una válvula que sólo permite meter aire y que, al vaciarlo, permite que se elimine por el cambio de presiones. Como digo, comenzamos a hacer el RCP, a darle medicación, y a los pocos minutos, conseguimos que la parada revirtiese, no así su estado crítico (…) Poco a poco, se fueron estabilizando las constantes, y el paciente empezó a recobrar su estado general.

Al retornar a la habitación, parecía ya como si nada, estaba charlando con la familia e incluso bromeaba y se reía, aunque me pareció hasta raro, ya que hacía unos minutos había estado al borde de la muerte. Cuando me acerqué, él mismo pidió a los familiares que saliesen de la habitación, porque quería hablar conmigo. Así lo hicieron, y tras cerrar la puerta y quedarnos a solas comenzó a contarme una historia que me dejó muy pensativo… (Continúa en AÑO/CERO 287).

 

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