La firma victoriana de Keops
Los diarios de Howard Vyse revelan improvisados hallazgos y borradores que no encajan con la cronología oficial. ¿Falsificó el cartucho de Keops en la Gran Pirámide?
En 1837, el coronel británico Richard William Howard Vyse aseguró haber realizado uno de los descubrimientos más importantes —y más convenientes— de la historia de la egiptología: los grafitis en demótico y jeroglíficos pintados en las cámaras de descarga de la Gran Pirámide, incluyendo el famoso cartucho de Khnum-Khufu (Keops). Con esa tinta roja quedó sellado, según la versión oficial, el nombre del faraón constructor del monumento.
Dos siglos después, la sombra de la duda no solo persiste: crece. Y lo hace apoyada en documentos contemporáneos, testimonios olvidados y contradicciones que nadie ha logrado resolver del todo.
El documentalista e investigador Scott Creighton lleva años desbrozando los cuadernos, cartas y anotaciones del propio Vyse. Lo que emerge de esas páginas es inquietante: fechas cambiadas, relatos incompatibles, “descubrimientos” improvisados y borradores que no encajan con la cronología oficial. Pero las sospechas no se sostienen solo en interpretaciones modernas; ya en el siglo XIX hubo voces que acusaron a Vyse de algo mucho más grave.

Las marcas que Vyse copió… justo antes de “encontrarlas”
Un dato explosivo se esconde en el diario personal del coronel. El 2 de mayo de 1837, semanas antes de anunciar el hallazgo del cartucho de Keops, Vyse registró haber encontrado auténticas marcas de cantera en bloques de piedra que él mismo retiró de los escombros exteriores de la Gran Pirámide. No solo las vio: anotó que las copió.
Estas marcas exteriores —auténticas, antiguas, verificables— coinciden sospechosamente en estilo, trazo y composición con las que “aparecieron” más tarde en las cámaras que Vyse acababa de dinamitar. Para Creighton y otros investigadores, la secuencia temporal es demasiado perfecta: primero copia; después, presenta el descubrimiento interior que revolucionaría la egiptología.
¿Pudo Vyse replicar aquellas marcas legítimas y trasladarlas al interior para asegurarse un hallazgo histórico?
En este punto suele surgir un argumento recurrente desde la egiptología académica, utilizado para desacreditar cualquier duda sobre los cartuchos. El historiador Nacho Ares ha defendido públicamente que “las envidias o el desconocimiento más absoluto de la lengua jeroglífica han hecho que muchas personas hayan pensado que los textos descubiertos por Howard Vyse en 1837 son burdas falsificaciones”, señalando además que “el primero en lanzar esta falacia fue Zecharia Sitchin (1920-2010) en su libro La escalera al cielo (1980)”.
Pero no es verdad. Según la investigación exhaustiva de Creighton, las dudas sobre la autenticidad de los grafitis no nacen ni en el siglo XX ni en círculos marginales, sino en el mismo momento del hallazgo.

En 1847, apenas diez años después de los supuestos hallazgos, el aristócrata y viajero Príncipe Hermann von Pückler-Muskau publicó lo que, en esencia, era una acusación directa: los jeroglíficos que el Mayor Vyse decía haber descubierto estaban “simplemente dibujados en la pared y quizás recientemente, también, con un dedo mojado en color”.
La reacción de Vyse fue tan reveladora como la acusación: ninguna. El coronel jamás respondió, jamás defendió su honor ni desmintió al príncipe. Para un hombre obsesionado con su legado y su prestigio, ese silencio es, cuanto menos, ensordecedor.
El testigo maldito: Humphrey Brewer
Otro elemento vergonzoso para la versión oficial es la figura de Humphrey Brewer, un ingeniero que trabajó para Vyse durante las excavaciones. Los documentos que lo mencionan —y que durante décadas permanecieron arrinconados— describen algo chocante: Brewer afirmó haber sido testigo directo de la repintura de marcas débiles y de la adición de nuevas inscripciones dentro de la pirámide.
Si Brewer decía la verdad, las “marcas de Khufu” no serían milenarias, sino victorianas.

El problema es que, tras este testimonio, Brewer desaparece de la historia de Vyse, como si hubiera sido cuidadosamente borrado del relato oficial.
El 10 de mayo de 1837, justo en el corazón de la polémica cronológica, Vyse protagonizó un episodio extraño: despidió abruptamente a su sirviente personal tras una supuesta disputa con otro trabajador, identificado como Raven (y posiblemente también con su colaborador Hill, al que Sitchin acusa de ser el autor material de las inscripciones).
Los cuadernos de la época avalan la tesis de Sitchin pues el asistente acusó a Raven y Hill de colocar marcas falsas dentro de la pirámide. La solución de Vyse fue fulminante: expulsar al denunciante… y seguir adelante.
Las anomalías no terminan en los testimonios. Están también pintadas —literalmente— en las paredes. En la Cámara de Campbell, por ejemplo, los números aparecen escritos de izquierda a derecha, cuando el hierático correcto se traza de derecha a izquierda. No solo eso: los números no están en hierático, sino en estilo jeroglífico, algo impropio para marcas de obra de ese tipo. El resultado sugiere una copia realizada por alguien que imitaba signos sin comprender realmente la escritura.

Los cuadernos de Vyse: la pieza que no encaja
Más aún: al analizar los diarios del coronel, Creighton identifica fechas tachadas y reescritas, páginas arrancadas y una secuencia sorprendentemente caótica en torno a los días exactos del “descubrimiento”.
Hay momentos en los que Vyse describe haber visto grafitis… antes de haber abierto la cámara en la que dice haberlos visto.
Y otros donde su asistente Hill afirma haber descubierto una marca concreta… el mismo día en que se registra que Hill no estaba presente.
Las fechas asociadas a las marcas tampoco resisten un análisis mínimamente riguroso. Una de ellas ha sido interpretada como “año 3” del reinado de Keops, pese a encontrarse a una altura que implicaría que la pirámide estaba ya construida en aproximadamente un 70 %. Los egiptólogos críticos coinciden en que alcanzar ese grado de avance en solo tres años no es remotamente posible. Más inquietante aún es la secuencia: la cámara inferior (Nelson) presenta una fecha posterior —“año 6” o incluso “año 13”— mientras que una cámara superior (Lady Arbuthnot) muestra un “año 3”. La lógica que se desprende de ello es absurda: una construcción de arriba abajo.

Si las marcas pintadas no son del Reino Antiguo sino de 1837, entonces la atribución de la Gran Pirámide a Keops queda en el aire. No hay inscripción contemporánea en todo el monumento que lo vincule al faraón más allá de los grafitis de Vyse. La ecuación es devastadora: si eso es falso, todo lo demás se tambalea.
Graham Hancock lo resume así: “Con los grafitis de Vyse nació la egiptología moderna. Si esos grafitis caen… cae la versión oficial.”
El eco inquietante
Lo que hoy propone Creighton no es una fantasía romántica sobre pirámides imposibles. Es una revisión documental de algo que, desde el mismo siglo XIX, huele a chamusquina. ¿Dinamitó Vyse cámaras selladas para conseguir logros rápidos? ¿Sintió la presión de superar a sus rivales? ¿Fabricó “pruebas” que la comunidad académica aceptó porque encajaban con un relato cómodo?
Tal vez nunca sepamos la verdad completa. Pero lo que sí sabemos es esto: las cámaras superiores de la Gran Pirámide no solo guardan bloques de granito; guardan un misterio histórico que aún agita polvo, tinta y reputaciones.
Y el cartucho rojo que cambió la historia quizá no sea un mensaje del pasado… sino una firma apresurada de la era victoriana.








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