¿Quién enseñó a la humanidad a mirar al cielo?
Vestigios de una civilización madre… ¿o de visitantes del cosmos?
La historia oficial sostiene que la civilización nació hace unos 6.000 años, con la invención de la escritura en Sumer. Pero desde hace décadas, nuevas evidencias arqueológicas desafían ese relato. Lugares como Göbekli Tepe, Karahan Tepe o Soğmatar parecen remitirnos a una humanidad mucho más antigua… y mucho más avanzada de lo que creíamos. Una humanidad que, desde sus primeros pasos, miró hacia el cielo como si lo conociera.
Este reportaje no plantea certezas, sino preguntas incómodas: ¿Quién enseñó a aquellos pueblos nómadas a tallar mapas del firmamento en piedra? ¿Por qué repiten los mismos símbolos culturas separadas por océanos? ¿De dónde proviene ese conocimiento astronómico imposible? Y sobre todo: ¿por qué tantas civilizaciones insisten en que sus “dioses” descendieron de las estrellas?

El templo más antiguo del mundo
Göbekli Tepe, en el sur de Turquía, fue construido hace más de 11.000 años, cuando se suponía que la humanidad vagaba de un lado a otro en busca de sustento. Tribus nómadas, cazadores y recolectores que decidieron detenerse en este lugar para erigir decenas de pilares megalíticos organizados en círculos, tallados con precisión y adornados con animales simbólicos. ¿Por qué razón? Es un misterio. Lo que sí sabemos es que uno de los pilares, el llamado Pilar del Buitre, parece mostrar una configuración estelar grabada en piedra.
El ingeniero Martin B. Sweatman y su equipo de la Universidad de Edimburgo creen que representa el cielo en torno al 10.950 a.C., coincidiendo con el evento astronómico del Younger Dryas. Según esta interpretación, Göbekli Tepe sería un memorial de un cataclismo cósmico. ¿Pero quién conservó ese recuerdo durante generaciones hasta convertirlo en piedra?

El mapa celeste que nadie debía conocer
En Soğmatar, a solo unos kilómetros del lugar donde se detuvo el homo sapiens y empezó a mirar al cielo, una colina sagrada parece replicar el cielo en la tierra. Allí, en el corazón de las montañas Tektek, se adoraba a los siete “planetas errantes” —Sol, Luna, Marte, Venus, Mercurio, Júpiter y Saturno—, tal y como hacían los antiguos sumerios. Aún pueden leerse inscripciones dedicadas a Sin (la Luna) y Shamash (el Sol). Un sistema de conocimiento astronómico ancestral, tan sofisticado como antiguo.
En Sippar, ciudad dedicada a Shamash, apareció una tablilla que lo representa entregando herramientas de poder a un rey. Pero hay algo más desconcertante: un antiguo sello conocido como VA 243 muestra una estrella rodeada de once esferas. Para algunos, sería la prueba de que los sumerios conocían todos los planetas del sistema solar, incluidos Urano, Neptuno y Plutón, invisibles a simple vista. ¿Cómo es posible si no tenían telescopios? ¿De dónde proviene ese conocimiento?
Zecharia Sitchin halló referencias en las tablillas sumerias a los "hijos de Anu" (Anunnakis), deidades que, según la leyenda, descendieron a la Tierra desde el cielo para crear a la humanidad. ¿Fueron ellos los instructores?

Los “instructores” del amanecer
En las tradiciones mesopotámicas, siete seres llamados Apkallu salieron del abismo para enseñar a los humanos. Siete, como los planetas que conocían si incluímos el Sol y la Luna. Tenían aspecto híbrido: mitad humanos, mitad peces o aves. No estaban solos: en África, los Dogón recuerdan a los Nommo, seres acuáticos venidos de Sirio. En Egipto, el sabio Thot traía el conocimiento de las estrellas. En Mesoamérica, Quetzalcóatl bajó del cielo prometiendo volver. En cada rincón del mundo, alguien enseñó a los humanos a vivir, cultivar, escribir… y mirar al cielo.
¿Puede un símbolo viajar miles de kilómetros sin internet ni navegación? Porque eso parecen haber hecho ciertos grabados: el llamado “bolso de los dioses”, visible en el arte sumerio, aparece también en el Pilar 43 de Göbekli Tepe, en relieves olmecas en México y en las representaciones de Quetzalcóatl. ¿Simple convergencia cultural… o un legado común?
Lo mismo ocurre con ciertas estatuas: en Karahan Tepe apareció una figura masculina con las manos sobre el falo, postura idéntica a la del Hombre de Urfa… y, curiosamente, a la de los moáis de la isla de Pascua.

¿Una civilización anterior a todas?
Una hipótesis gana terreno entre arqueólogos no convencionales y astrobiólogos: la existencia de una civilización madre, anterior al diluvio, cuyo conocimiento se dispersó tras una gran catástrofe. Esta cultura primigenia habría dejado fragmentos de su saber por todo el planeta: en templos, en leyendas, en mapas del cielo tallados en piedra. Algunos llegan más lejos: no sería una civilización humana, sino extraterrestre. Los dioses, dicen, eran viajeros estelares.
Los pueblos antiguos no hablaban en metáforas. Decían que sus dioses bajaron del cielo, descendieron en naves brillantes, les enseñaron leyes, astronomía y arquitectura. No lo veían como un símbolo. Lo veían como un hecho.
La ciencia oficial rechaza estas ideas por falta de pruebas. Pero lo cierto es que muchas evidencias arqueológicas no se investigan en esta dirección. ¿Y si realmente hubo un encuentro en la antigüedad? ¿Y si los mitos no son invención, sino memoria?
Tal vez algún día tengamos respuestas. Mientras tanto, siguen apareciendo templos, estatuas y símbolos que nos recuerdan una posibilidad tan perturbadora como fascinante: que no estamos solos… y que quizás nunca lo estuvimos.








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