Historia oculta

La tumba del rey Baltasar está en Etiopía

El sepulcro del sabio etíope conocido como rey Baltasar, uno de los tres magos de oriente que llegaron a Belén para rendir sus respetos al Niño Mesías, se encuentra en un humilde santuario de la ciudad de Aksum, en Etiopía

4 de Mayo de 2020 (12:15 CET)

tumba rey baltasar etiopia
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Aksum, que deriva del nombre de uno de los bisnietos de Noé, Aksumaí, es una de las dos ciudades más sagradas de la religión etíope. La otra, huelga decirlo, es Lalibela, famosa por sus iglesias talladas en la roca (AÑO/CERO, 337). En Aksum se encuentra una pequeña capilla de cúpula turquesa que se yergue entre la iglesia nueva de Santa María de Sion y el viejo monasterio. La tradición asegura que en la citada capilla se custodia el Arca de la Alianza que Moisés construyó para guardar las Tablas de la Ley cuando descendió del Sinaí. Sin embargo, menos conocido es que en dicho santuario se ubica la tumba del rey Bazen, que en Europa conocemos por el nombre de Baltasar, el último y quizás más querido de los tres Reyes Magos.

Si descendemos por la arteria principal de la capital del antiguo imperio salomónico –a ratos pavimentada, a ratos sin pavimentar–, mientras sorteamos a los borricos, a los pastores y a los típicos tuc-tuc (taxis azules de tres ruedas) que se cuelan por todas partes, veremos a mano izquierda del camino, disimulado entre unas cuantas casas, el que podría ser uno de los obeliscos más antiguos del estado africano. Bajo su sombra, según cuentan las leyendas del país de la reina de Saba, se oculta el sepulcro que dio refugio a los restos del rey Baltasar, de su mujer y de sus dos hijos. Para la tradición etíope, el rey Bazen, monarca de Aksum en la época de Cristo, fue uno de los tres Reyes Magos –concretamente Baltasar–, el cual habría viajado hasta Belén por una serie de sueños y extrañas premoniciones no del todo bien explicadas en los textos coptos de la Iglesia Alejandrina.

La auténtica gruta donde nació el Mesías

Actualmente, Belén es una ciudad palestina que dista pocos kilómetros de Jerusalén. Según el Evangelio de Mateo, la Sagrada Familia habría tenido que desplazarse hasta allí para inscribirse en el censo de Quirino, gobernador de Siria, siendo Herodes el Grande rey de Israel. No obstante, sabemos que cuando José y María entraron en la aldea, no encontraron sitio donde hospedarse. El censo obligó a toda la población de Israel a posponer sus actividades durante algunos días para trasladarse a su lugar de procedencia. Por los textos evangélicos sabemos que san José era descendiente de David, rey de Israel, y nacido en Belén Ephrata. Por tanto, en esas jornadas Belén bien pudo convertirse en un hervidero de gente a causa del censo. 

Otra de las razones por la que no pudieron encontrar sitio en las posadas, quizá se debió a la pureza ritual que las leyes hebreas imponían para las mujeres que estaban a punto de dar a luz. Según dicha legislación basada en la religión, en el momento del parto, la casa y todos los enseres de su interior quedaban impuros. Teniendo en cuenta semejante circunstancia, ningún posadero habría permitido que una parturienta causara tales inconvenientes a sus intereses, y mucho menos a los de sus clientes. Por tanto, es plausible que dicho relato bíblico se base en hechos reales.  

Dada la meteorología de Judea, pasar la noche en una cueva, aun al calor de las hogueras, resultaría enormemente arriesgado para una pareja, y mucho más para un recién nacido. Cuando preguntamos a los pastores nómadas que actualmente viven cerca de Jericó, en qué meses sus rebaños pueden dormir al raso, la respuesta siempre es entre los meses de junio y octubre. Por tanto, si atendemos al Evangelio de Lucas, que menciona el hecho de que los pastores acudieron a adorar al niño, el nacimiento de Cristo tuvo que haberse producido entre primavera y verano. Como dato curioso, cabe resaltar que en lo que hoy llamamos Campo de los Pastores, en Belén, se han encontrado Mikves –piscinas rituales datadas del siglo I– que los ovejeros de la época habrían utilizado para purificarse.

Igualmente, se han encontrado algunas piezas y utensilios que avalan la presencia de asentamientos ganaderos en esa zona, los cuales suponemos que habrían suministrado animales al Templo de Jerusalén, así como también diversas cuevas donde las bestias se habrían resguardado del frío de la noche. Cualquiera de estas grutas pudo ser el verdadero lugar del nacimiento de Jesús. De hecho, en el Evangelio de Lucas leemos: «Había en la misma comarca unos pastores que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche sus rebaños».

Tradiciones muy vivas

Según el Evangelio de Mateo, mientras la Sagrada Familia se encontraba en Belén, unos Magos llegaron de Oriente… Pero su viaje hasta tierras hebreas no debió ser en modo alguno sencillo. Dicho Evangelio asegura que una estrella les precedía. No obstante, la tradición aksumita asevera que, cuando la estrella desapareció, los Magos tuvieron que guiarse por la dirección que tomaba el humo de uno de los incensarios que portaban a modo de oráculo. 

Este tipo de supersticiones siguen estando al cabo de la calle aun hoy en Etiopía, como se puede comprobar en los ritos que acompañan a la celebración del Meskel –el hallazgo de la Vera Cruz (la cruz donde crucificaron al Mesías) por santa Elena–. Cada 27 de septiembre, en todas las ciudades etíopes, cuando cae la noche, se prenden cientos de hogueras que previamente se han preparado con esmero y dedicación para tal efecto. Según la tradición, dependiendo de hacia dónde se dirija el humo de dichas hogueras, el oficiante vaticinará un destino u otro para la ciudad en cuestión. No obstante, las coincidencias entre el relato bíblico, la tradición de pureza ritual hebrea, los restos arqueológicos encontrados en el Campo de los Pastores en Belén y las supersticiones etíopes, no son las únicas pruebas que tenemos a favor del relato del nacimiento de Jesús tal como se nos ha venido contando desde hace poco menos de dos mil años.

Sorprendentemente, a principios del siglo I, el planeta Júpiter, alineado con la Luna al este de Aries, pudo haber marcado claramente el lugar del nacimiento de Cristo. Aries, según las crónicas persas, era la representación del antiguo reino de Judea y de los judíos. Por tanto, cuando los Magos –seguidores de Aura Mazda, dios supremo del zoroastrismo, y estudiosos del cielo y del lenguaje de los sueños– vieron aquella conjunción bajo el signo de Aries, no tardaron en viajar a Palestina para buscar al Mesías que había nacido. 

Cuando Herodes se percató de que los Magos habían huido, mandó asesinar a todos los niños de Belén menores de dos años y perseguir a los Magos para darles muerte

Aunque no podemos saber cómo el rey de Aksum se unió a la comitiva persa, juguemos a soñar que, de algún modo, pudo ser así. Podemos suponer que, al llegar a Jerusalén, los atuendos de los Magos y sus preguntas sobre el Mesías llamaron mucho la atención, lo que, de alguna manera, acabó llegando a oídos de Herodes, quien no tardó en invitarlos a su palacio. Inocentemente, los Magos le contaron al monarca idumeo lo que habían visto en el cielo, signo inequívoco de que el Mesías debía nacer en Belén de Judea. Recordemos que Herodes era un rey instalado en el trono por el Imperio Romano, al cual la población judía jamás reconoció como legítimo. Según el relato evangélico, temiendo por su trono, Herodes conspiraría para matar al mismísimo Hijo de Dios con tal de conservar su poder terrenal, por lo que da a los Magos su bendición, enviándolos a Belén con la condición de que le informaran del paradero del niño. Herodes, por supuesto, únicamente quería matar al niño-Mesías.

Cuando Herodes se percató de que los Magos habían huido, mandó asesinar a los inocentes –todos los niños de Belén menores de dos años– y perseguir a los Magos para darles muerte. Según la tradición, los Reyes de Oriente murieron martirizados. Sus restos fueron adquiridos por santa Elena, madre del emperador Constantino, hacia el año 330 d. C., y descansan actualmente en un sepulcro de la catedral de Colonia (Alemania). Sin embargo, no podemos encontrar, ni en el retablo ni en el osario, los restos de Baltasar. Y es en este punto donde debemos volver la mirada a la tradición etíope, según la cual, el rey Bazen salvó la vida y regresó a su tierra tomando el camino del sur, contrariamente al resto de la comitiva. 

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