Cristóbal Colón mallorquín
Nuevos estudios reabren el debate sobre la nacionalidad de Cristóbal Colón y la gestión histórica de su identidad.
Durante más de cinco siglos, la historia oficial ha presentado a Cristóbal Colón como un genovés aventurero que, impulsado por el ansia de riqueza y fama, se lanzó al Atlántico en busca de nuevas rutas hacia Oriente. Sin embargo, recientes investigaciones lideradas por Carlos García-Delgado, con el respaldo de la Asociación Cultural Cristóbal Colón y la Fundación Madina Mayurqa, sugieren que la verdadera historia podría ser muy distinta: Colón podría haber nacido en Felanitx, Mallorca, y no en Génova, un giro que, de confirmarse, obligaría a replantear siglos de narrativa histórica.
El estudio se apoya en quince hechos históricos, cada uno de ellos poniendo en entredicho la versión oficial. Entre los más relevantes destaca la utilización del título “don” por parte de los Reyes Católicos. Este honor no se concedía a cualquier ciudadano: estaba reservado a la nobleza, lo que sugiere que Colón contaba con un estatus social significativo, incompatible con el perfil de un hijo de lanero genovés. A esto se suman las Capitulaciones de Santa Fe, mediante las cuales se le otorgaron poderes judiciales, administrativos y económicos que solo podían justificarse si Colón pertenecía a un entorno social culto y privilegiado.
Otro punto clave es la coherencia lingüística y cultural de sus documentos. García-Delgado y Gabriel Verd, presidente de la Asociación Cultural Cristóbal Colón, señalan que la redacción de cartas y capitulaciones refleja un dominio del catalán y expresiones propias del ámbito mallorquín, algo que chocaría con la hipótesis genovesa. Además, ciertos términos legales y administrativos que Colón emplea eran habituales en la Corona de Aragón, pero no en Génova, lo que refuerza la posibilidad de que su formación y educación se hubieran desarrollado en Mallorca.

La investigación también aborda su posible ascendencia judía sefardita, algo que explicaría la discreción en torno a su identidad y algunos patrones de negociación que se repiten en sus tratos con la Corona y los mercaderes. La hipótesis sefardita no es nueva, pero el análisis mallorquín aporta un contexto geográfico y social que le da coherencia: Mallorca, durante el siglo XV, era un centro mediterráneo de intercambio cultural y religioso, donde judíos conversos y familias nobles coexistían en un entramado complejo, lo que habría facilitado la trayectoria de un Colón con estas raíces.
Entre los otros hechos que cuestionan el origen genovés, se incluyen las inconsistencias en los registros de Génova, la ausencia de documentación directa que confirme su nacimiento allí, la forma en que firmaba los documentos, la elección de determinados apellidos en su entorno familiar y la coincidencia de sus rutas comerciales previas con el Mediterráneo occidental, mucho más compatibles con un joven formado en Mallorca que en la costa italiana.
Además, la investigación plantea que ciertos patrones de navegación y conocimiento geográfico reflejan una familiaridad con las corrientes del Mediterráneo y el Atlántico occidental que resulta difícil de explicar si Colón se hubiera formado exclusivamente en Génova. Sus cartas reflejan un manejo intuitivo de vientos y mareas, y referencias a islas y puertos que solo un navegante habituado a la zona habría aprendido.

Un detalle fascinante es que Colón, según García-Delgado, evitaba referencias directas a su origen, algo que podría entenderse como un mecanismo de protección ante posibles persecuciones por motivos religiosos o políticos. Esta discreción, sumada a su estatus social y a los privilegios que recibió, conforma un rompecabezas que, hasta hoy, la historiografía tradicional no ha resuelto satisfactoriamente.
Los expertos coinciden en que, aunque la hipótesis mallorquina no está probada de manera concluyente, ofrece una coherencia argumental y documental difícil de ignorar. Si Colón fue realmente mallorquín, estaríamos frente a un caso excepcional de manipulación histórica: siglos de relatos oficiales construidos alrededor de una identidad posiblemente falsa. Esto abre un interrogante inquietante: ¿cuánto de lo que creemos saber sobre los descubrimientos del Nuevo Mundo está basado en versiones convenientes, adaptadas a intereses políticos o culturales de la época?
García-Delgado subraya que la importancia de esta investigación no reside únicamente en la nacionalidad de Colón, sino en la revisión crítica de la historia oficial. Cada hecho que apunta hacia Mallorca invita a cuestionar la narrativa tradicional y a reflexionar sobre cómo la historia puede ser moldeada por poderes, mitos y omisiones intencionadas.

Si esta hipótesis se consolida, la figura de Cristóbal Colón dejaría de ser solo un símbolo genovés para convertirse en un personaje mediterráneo y mallorquín, un hombre cuyo verdadero origen permaneció oculto durante siglos. Y más inquietante aún: si hemos podido equivocarnos sobre la nacionalidad de uno de los personajes más célebres de la historia, ¿qué otros secretos podrían ocultar los documentos, cartas y relatos que damos por ciertos?
La investigación mallorquina no cierra el caso, pero ofrece un conjunto de pruebas argumentales que invitan a mirar con escepticismo la “verdad oficial” y a preguntarse si la historia que conocemos es, en realidad, solo la versión que alguien quiso que creyéramos.









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