Lugares mágicos

El corazón mágico de Portugal

Situada en la sierra del mismo nombre, próxima a Lisboa, la población de Sintra, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, guarda valiosas claves para interpretar el hermetismo lusitano.

25 de enero de 2010 (10:36 CET)

El corazón mágico de Portugal
El corazón mágico de Portugal
En el Compendio geográfico-histórico de Portugal y sus posesiones de ultramar, publicado en 1855 por el estadista José de Aldama, se describía así la población: "…Sintra, bellísimo sitio real de Portugal, en la falda norte de la sierra de su nombre, no lejos del mar, notable por su belleza, por su hermoso verdor y delicioso clima…", justo, pero insuficiente apunte que dejaba sin su más sustancial interpretación aquel saludable enclave que había sido escogido por la monarquía portuguesa como lugar de retiro.

Del jugo que pretendemos extraer de su obra, apenas unas gotas podrían aderezar este artículo. Aldama no ignora la existencia del Palacio da Pena, que asigna al rey-regente Fernando II, pero cabe deducir que el autor tardó varios años en redactar su compendio, y que no revisó este párrafo antes de su edición, dado que ya en 1853 el rey citado había dejado de ser regente al ocupar el trono de Portugal su hijo Pedro V. No es esta una aclaración baladí, porque en la construcción del Palacio da Pena tuvo más protagonismo el rey consorte Fernando II Saxe Coburgo-Ghota, de origen alemán, que María II, su esposa. Además, en él vivió largas temporadas cuando definitivamente pudo apartarse de las tareas de gobierno.

La colina elegida para su construcción no se escogió al azar, y cabe asegurar que tampoco esta población, que hacía alusión al Monte Sagrado de la Luna –quizá por su proximidad con los astros–, enclave sagrado para todas las culturas que se asentaron en este confín de la península Ibérica, como testifican los amuletos, las lúnulas u objetos zoomórficos encontrados en sus necrópolis. Sintra además posee un magnetismo de origen natural, provocado por su estructura geológica donde abunda el hierro. Su microclima contribuye a envolverla por un halo de misterio que no pasa inadvertido, porque es posible verla envuelta en la bruma, mientras en su costa luce el sol.

Manuel I de Portugal, estando de caza en estos parajes, avizoró por el estuario del Tajo la expedición de Vasco de Gama que regresaba de su primer viaje a las Indias tras circunnavegar África. Sobre la capilla existente en este lugar apartado mandó construir en 1503, en acción de gracias, un monasterio de Jerónimos que vivió las glorias y sinsabores de la historia portuguesa desde entonces, sobrevivió a duras penas al terremoto de 1755, pero difícilmente lo hizo a las leyes desamortizadoras del gobierno liberal que había arrojado del trono a Miguel I de Braganza. Sin esta coyuntura política el príncipe alemán no podría haberlo adquirido. Del viejo monasterio se aprovechó el claustro y su capilla quinientista que otorgaron al nuevo conjunto un aire melancólico casi necesario.

Montserrat Rico Góngora
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