Lugares mágicos

Laberintos en la catedral

Su imagen ha despertado fascinación, y su presencia aparece asociada siempre a lugares de culto o recintos sagrados y funerarios. Y es que el laberinto, atrayente símbolo pagano, aparece también en numerosas iglesias y catedrales medievales, sin que los estudiosos sepan cuál puede ser su significado concreto…

1 de Diciembre de 2005 (00:00 CET)

Laberintos en la catedral
Laberintos en la catedral
Cristianas se remonta a los primeros siglos de la cristiandad. Sin embargo, es durante el surgimiento y desarrollo del estilo gótico cuando los laberintos cobran una importancia y una propagación más destacada.

Comenzamos con el laberinto de la catedral de Chartres, ya que sin duda es el más famoso de todos los existentes en los templos góticos.

Una vez traspasada la puerta principal, el creyente se encontraba enfrentado a la enigmática y sugerente imagen de un laberinto realizado en el pavimento, con piedra azul y blanca. Al alcanzar el ansiado centro –sin que hubiera posibilidad de perderse por el camino, ya que es un laberinto univiario–, se encontraba con una losa central en la que aparecían representados Teseo y el Minotauro, figuras que hoy ya no se pueden contemplar.

La catedral de Amiens sigue el mismo modelo iniciado por Chartres. Su ejecución comenzó en 1220, y se cree que el misterioso y bello laberinto de pavimento con el que se adornó el suelo de la nave fue realizado en 1288. Por desgracia, fue completamente destruido en el año 1828, aunque más tarde Lisch y Biliore lo restauraron. El centro del mismo está ocupado por otro pequeño octógono, meta final de los peregrinos que recorren el laberinto, y posee en su interior una cruz. En los extremos de la misma aparecen representados en mármol blanco cuatro ángeles. Por otra parte, entre los brazos de la cruz se observan otras cuatro figuras. Una de ellas parece la de un obispo –que bien podría ser el Evrard que se menciona en la inscripción–, mientras las otras tres representan a unos misteriosos personajes. Todo parece indicar que se trata de los constructores. Uno de ellos porta en la mano una regla, mientras los otros dos sujetan una escuadra y un compás –uno de los símbolos que identifica a la masonería– y un nivel.

Pasemos ahora al siguiente ejemplo, el de la catedral de Reims. Este edificio, al igual que el de Amiens, sigue el mismo sistema constructivo ya mostrado en la magnífica Chartres. La catedral de Reims se comenzó a erigir en el año 1221, y está considerada como la obra fundamental del clasicismo gótico. Pero lo que más nos interesa es el hecho de que también poseyó un laberinto en su nave mayor, en la zona de los pies. Al igual que la que acabamos de ver –Amiens–, su diseño también era octogonal, aunque con una curiosa peculiaridad: poseía en sus cuatro esquinas otros tantos pequeños octógonos que mostraban figuras en su interior, y el centro estaba ocupado por otra figura más, de tamaño superior.
Éstas son, al igual que en el caso de Chartres, los misteriosos constructores, que portaban en sus manos las herramientas de su trabajo –escuadra, compás, regla…–. Junto a estos aparecía una inscripción explicando qué parte del templo había ejecutado cada uno. La figura del centro –como ya dijimos más destacada–, representa al parecer al "mecenas" de la construcción.

Hipótesis para un enigma

La hipótesis más aceptada y extendida entre los historiadores propone que tales ejecuciones simbólicas cumplían una función muy concreta: servir de sustitución al peregrinaje a Jerusalén para aquellas personas que por razones de diversa naturaleza –por ejemplo graves problemas de salud, de seguridad o económicas– no pudieran recorrer el duro y peligroso camino que terminaba en Tierra Santa.

De este modo, el feligrés debía recorrer el laberinto de rodillas, lo que en el caso de un laberinto como el de Chartres –cuya longitud era de unos 250 metros– se convertía en un trayecto de una hora y media aproximadamente. Durante el singular "viaje", el peregrino acompañaba su desplazamiento con rezos y meditaciones, hasta que finalmente alcanzaba el ansiado centro, símbolo a la vez de la ciudad de Jerusalén –la terrena y la celeste– y de Dios. Complementando a esta función de peregrinaje "alternativo", los historiadores proponen también el posible uso como arrepentimiento. Así, el cristiano pecador podía también purgar las faltas cometidas, y al igual que el auténtico peregrino que alcanzaba el Santo Sepulcro de Jerusalén, obtenía la gracia de la indulgencia.

Los estudiosos que defienden esta teoría se apoyan en el hecho de que laberintos como el de Chartres fueron conocidos también como Chemin de Jhérusalem –"Camino de Jerusalén"–.

Conviene señalar, como destaca acertadamente Paolo Santarcangeli en su estupendo y completísimo estudio, el llamativo detalle de que prácticamente ninguno de los numerosos laberintos realizados en iglesias y catedrales cristianas incluye el símbolo de la cruz. No deja de resultar realmente extraña la ausencia de dicho símbolo, o al menos el hecho de que no aparezca en un mayor número de casos.

Otro detalle que podría servir para rechazar la hipótesis del "peregrinaje" es el hecho de que la longitud de algunos de estos laberintos es muy reducida. Ni siquiera recorriéndolos de rodillas resultaría un trayecto lo suficientemente prolongado y duro como para justificar una pseudoperegrinación o una penitencia.

De todos modos parece innegable que algunos de ellos fueron utilizados con esa finalidad, aunque eso sólo demuestra que los feligreses creyeron que esa era su función, mientras que sus constructores pudieron haber tenido otra muy distinta en mente.

No resulta extraño, por lo tanto, que junto a las teorías más o menos ortodoxas para tratar de explicar su función y significado, hayan surgido otras menos académicas, que podríamos denominar como "esotéricas" o heterodoxas, aunque no por ello menos interesantes, al menos en algunos de los casos.

Para algunos autores, no existe ninguna duda de que los laberintos presentes en iglesias y catedrales son claras muestras de un mensaje místico-hermético, lo que se manifiesta claramente en la inclusión habitual de un tema marcadamente pagano como es el de la lucha entre Teseo y el Minotauro.

Otros estudiosos, como Autran, han destacado el hecho de que muchas de estas creaciones coincidan en su distribución con la de las construcciones megalíticas. Y es que existen numerosos ejemplos de laberintos realizados sobre monumentos de milenios pasados.

Llevando más lejos esta conexión, algunos estudiosos proponen que muchos de los emplazamientos de las catedrales no eran casuales, sino que los constructores escogían conscientemente lugares con gran concentración de energía "telúrica". De esta forma, el hipotético visitante que recorriera descalzo o de rodillas el trazado de los laberintos se vería "cargado" de dicha energía y, tras terminar el recorrido, se habría producido en él algún tipo de alteración de su consciencia.

Efectivamente, algunas de las catedrales que cuentan con laberintos están situadas en las proximidades de antiquísimos restos prehistóricos. El caso de Chartres, por ejemplo, es significativo, ya que no sólo se encuentra cerca de uno de estos lugares, sino que los distintos templos que se levantaron en el lugar fueron erigidos justo encima de una gruta donde antiguamente se reunían los druidas.

La hipótesis del recorrido ritual para acceder a otro estado es defendida, entre otros, por el autor francés Louis Charpentier: "Se ha hablado mucho de simbolismo a propósito de esos laberintos. Y está fuera de duda que sea un símbolo alquímico, pero no puede dejarse de notar que el laberinto de Chartres –como tampoco el de Amiens o, antaño, el de Reims– no es, hablando con propiedad, un laberinto, en el sentido en que es imposible extraviarse en él, pues no tiene mas que "un camino" que conduce al centro (…). El hombre llegado al centro del laberinto, tras haberlo recorrido ritualmente, tras haberlo "danzado", será un hombre transformado y, que yo sepa, en el sentido de una apertura intuitiva a las leyes y armonías naturales; a las armonías y a las leyes que él quizás no comprenderá, pero que sentirá dentro de sí, de las que se sentirá solidario y que serán para él el mejor test de verdad, como el diapasón es el test del músico".

Una visión similar, también de interpretación alquímica, es la que defiende el enigmático Fulcanelli en su célebre obra El misterio de las Catedrales: "La imagen del laberinto se nos presenta, pues, como emblemática del trabajo entero de la Obra, con sus dos mayores dificultades: la del camino que hay que seguir para llegar al centro –donde se libra el duro combate entre las dos naturalezas– y la del otro camino que debe enfilar el artista para dirigirse a aquel. Aquí es donde se necesita el hilo de Ariadna, si no quiere extraviarse en los meandros de la Obra y verse incapaz de salir".

Así, el laberinto de los templos góticos se constituye para Fulcanelli en un trazado iniciático que conduce al "adepto" hasta la iluminación de un conocimiento oculto.

Efectivamente, el laberinto es una figura presente en la antigua "ciencia" de la alquimia, aunque no sea una de las representaciones más recurrentes. Sin embargo, sí fue utilizado de forma habitual por los alquimistas de la Edad Media, como demuestra su presencia en algunos manuscritos dedicados a esta temática. Uno de ellos, datado en el siglo XI y conservado en la Biblioteca Marciana, incluye una representación del laberinto, que recibe el apelativo de "Laberinto de Salomón".
¿Tuvieron acceso los constructores de catedrales –y de los laberintos– al conocimiento hermético y alquímico? ¿Fueron ellos mismos avezados alquimistas? No son pocos los estudiosos que así lo creen, defendiendo la hipótesis de que aquellos misteriosos maestros de obras incluyeron en sus construcciones símbolos y señales sólo entendibles por los iniciados.

Esta visión podría tener cierta confirmación en una característica que vimos repetida en las catedrales de Chartres, Amiens, Reims y Saint-Omer. Todas ellas incluían una representación de los arquitectos. "Se trata de un elemento de la mayor relevancia por la posible relación del laberinto con las costumbres y ritos de los bâtisseurs de las grandes construcciones sagradas, de los masones (…). Sabemos que la obra de los constructores de catedrales, de los "albañiles" y "masones" del medievo estaba rodeada de toda una serie de rituales mágicos, poco conocidos porque solían tacharse de heréticos".

El camino de los muertos

A lo largo de la historia, las distintas culturas que han utilizado la imagen del laberinto le otorgaron en ocasiones funciones bien concretas, de carácter mágico o protector. Ese el es caso, por ejemplo, de los cientos de laberintos conservados en Escandinavia, donde las creencias populares les atribuían la facultad de apresar a los espíritus de los antepasados, de modo que no interfirieran en la vida cotidiana y sirvieran de protección para los vivos. Del mismo modo, aquellos laberintos tridimensionales construidos en piedra servían como forma para comunicarse con el mundo de los muertos, siempre y cuando los hombres llegaran hasta el centro del laberinto.

Otra teoría sobre los laberintos escandinavos –de los que hoy se conservan más de 600 ejemplos–, aunque complementaria en parte a la anterior, sugiere que tal vez fueron utilizados por los pescadores antes de salir a faenar. Tras recorrer el laberinto, creían que los malos espíritus quedaban atrapados en su interior, propiciando con este ritual la obtención de una buena pesca y un viaje sin peligros.

En otras culturas, más antiguas incluso, los laberintos parecieron cumplir también una función estrechamente relacionada con el mundo de los muertos y el más allá, como la de constituir auténticos mapas del territorio de ultratumba, y que servía para que las almas encontraran el camino correcto a su nueva morada. A pesar de todo, parece difícil que los laberintos de las iglesias medievales cumplieran una función semejante. Al menos, no poseemos indicios para pensar tal cosa.

Finalmente, un último grupo de estudiosos plantea la visión de los laberintos como un camino iniciático que permite al que lo recorre acceder a un conocimiento oculto, siguiendo la idea propuesta por Fulcanelli en su interpretación alquímica.

Así, el investigador Xavier Musquera propone que "El laberinto es, esencialmente, un cruce de senderos que se mezclan en un espacio lo más reducido posible para retardar el acceso al centro que se desea alcanzar. Se trata de un viaje iniciático, sólo permitido a los elegidos. En ese sentido, este simbolismo tiene íntima relación con el mandala que suele presentarse con aspecto laberíntico y posee las mismas propiedades".

En la actualidad la utilización de estos símbolos laberínticos en algunos templos cristianos sigue constituyendo un enigma sin visos de solución. Es muy posible, incluso, que no exista una única respuesta a su significado, y que su auténtica finalidad resida en varias de las teorías aquí propuestas. De cualquier modo, la imagen del laberinto sigue fascinándonos hoy tanto como lo hizo en distintas épocas de la historia. Su trazado es ya un arquetipo plenamente asentado en nuestro inconsciente colectivo, un símbolo de los acertijos, del camino interior a recorrer para adquirir el conocimiento e incluso parece recordarnos una imagen de la propia formación del Cosmos…
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