Civilizaciones perdidas

Antiguos fantasmas y dioses de Mesopotamia

En la antigua Mesopotamia existen numerosas referencias a dioses y demás seres que podríamos asimilar a los fantasmas del imaginario colectivo actual.

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Periodista

19 de Noviembre de 2019 (17:10 CET)

Antiguos fantasmas y dioses de Mesopotamia
Antiguos fantasmas y dioses de Mesopotamia

En el pasado ya había fantasmas o espíritus merodeadores en las diferentes religiones que salpicaban la región mesopotámica: Sumeria, Babilonia y Asiria y otros estados tempranos de Oriente Medio. Existen numerosas referencias en la literatura antigua y que los hace muy similares a las sombras de los fallecidos del Inframundo –Hades– de la mitología de la Antigüedad clásica, lo que denota el fuerte sincretismo de las religiones y mitos del hombre en todas las épocas. Las sombras o espíritus de los fallecidos eran conocidos como gidim en sumerio y como etemmu en acadio. Estos seres sobrenaturales eran similares a los demonios, con capacidades sobrehumanas que compartían con los dioses, como su inteligencia, poder o inmortalidad –aunque en un grado menor–.

Se creía que los gidim o etemmu se formaban –como los vampiros, muy similares también– en el momento de la muerte, tomando la memoria y la personalidad del individuo fallecido. Entonces viajaban al inframundo, al Irkalla –regido por la diosa Ereshkigal y su consorte, el dios de la muerte Nergal–, donde eran clasificados: un tribunal presidido por los Anunnaki, la corte del inframundo –por obra y gracia de Marduk fueron divididos y se les encomendaron tareas en el Universo–, daba la bienvenida a cada fantasma, les explicaban las reglas del “más allá” y les asignaban un destino y una posición, llevando una existencia en algunos aspectos similar a la de los vivos, con sus propias casas y podían incluso reunirse con los miembros difuntos de su familia y conocidos.

Los gidim etemmu se formaban (como los vampiros) en el momento de la muerte, tomando la memoria y la personalidad del individuo fallecido.

Se esperaba que los familiares de los fallecidos hiciesen ofrendas –culto a los antepasados– para aliviar su sufrimiento: comida, bebida… si no lo hacían así, los “fantasmas” podían tomar represalias contra ellos e infligirles desgracias y enfermedades en su vida –que había que contrarrestar con hechizos como en los casos de los exorcismos y los demonios–. En Irkalla, otro tribunal, distinto al de los Anunnaki, presidido en este caso por Shamash –Utu para los sumerios y Tammuz para los babilonios–, titular de la justicia y que era representado con un disco solar de ocho puntas o mediante una figura masculina de cuyos hombros emanaban llamas. Visitaba los inframundos en su vida diaria y podía castigar a los fantasmas que acosaban a los vivos.

Las dolencias físicas de oír o ver a un fantasma iban desde dolores de cabeza, problemas en ojos y oídos, molestias intestinales, dificultad para respirar y mareos o fiebres hasta trastornos neurológicos y mentales: se creía que se introducían por el oído y podían volver loca a su víctima. Para luchar contra ello, se recurría a la conocida como “mano de espectro” –qat etemmi– durante los rituales y prácticas mágicas. También se realizaban ofrendas, libaciones, se daba forma a figurillas y sepulturas rituales –para aquellos que habían tenido un rito funerario deficiente y los había convertido en espectros–, cercos, amuletos, fumigaciones, ungüentos, pociones, lavados e incluso supositorios, según recoge Joann Scurlock en Magico-Medical Means of Treating Ghost-Induced Illnesses in Ancient Mesopotamia.

Invocar a los fantasmas a través de la nigromancia era considerado también muy peligroso. El más temido de estos seres sobrenaturales era el fantasma de una mujer que hubiese fallecido durante el parto, un trance de gran importancia para los mesopotámicos en cuanto a ser el inicio de la vida en este mundo. Este ser era compadecido y temido: su pena lo había vuelto loco y estaba condenado a vagar llorando en la oscuridad.

En relación con el inframundo, también tiene relevancia en su cosmogonía el mito del descenso de la diosa Inanna –en sumerio– o Ishtar –en acadio– a Irkalla, uno de los principales ciclos literarios mesopotámicos, conocido como Viaje de Inanna a los Infiernos o al País sin Retorno. La mayoría de los poemas que hacen alusión al mismo están escritos en sumerio. El poema narra también el asalto al infierno, gobernado por Ereshkigal, de Nergal quien, ayudado por Ea, termina con el matrimonio y la reconciliación de ambos.

En la Epopeya de Gilgamesh, el poema épico más importante y antiguo conocido, es una narración sumeria en verso que narra las tribulaciones del rey Gilgamesh, un soberano tiránico –podría corresponderse, vagamente, con un rey que existió en el siglo XXVII a.C., aunque existen dudas– que emprenderá toda una serie de aventuras junto al hombre salvaje creado con los dioses para enfrentarse con él, Enkidu. Parte de la historia relata la muerte de Enkidu y las aventuras de su fantasma en el inframundo mesopotámico.

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