Misterios

El hombre salvaje de Vietnam

Recuperamos una extraordinaria historia ocurrida a finales del siglo XIX, cuando en las impenetrables selvas de Indochina un explorador francés capturó a una criatura mitad humana y mitad simio, que formaba parte de una tribu conocida por los habitantes de la zona como los moi.

3 de Junio de 2021 (10:15 CET)

El hombre salvaje de Vietnam
El hombre salvaje de Vietnam
Nº 367, Febrero de 2021
Este artículo pertenece al Nº 367, Febrero de 2021

En el siglo XIX se llevaron a cabo hallazgos paleontológicos que supusieron una verdadera revolución en este campo del conocimiento. Todos conocemos el descubrimiento de los restos del hombre de Neandertal aparecidos en el Valle de Neander, en Renania del Norte-Westfalia (Alemania). Los encontró Johann Karl Fuhlrott en 1856 y, como decimos, cambiaron para siempre la imagen de nuestro pasado más remoto. Aún así, durante mucho tiempo se consideró a los neandertales criaturas feroces, brutas y torpes. Sin embargo, hoy en día sabemos que eran seres sensibles, nada ajenos al arte y con creencias de ultratumba.

HALLAZGOS PARA LA HISTORIA

África es reconocida por todos como la cuna de la humanidad. Desde el descubrimiento de la célebre «Lucy» (un ejemplar de Australophitecus afarensis), pasando por diversas especies homínidas como el Homo habilis o el Homo ergaster. Sin embargo, Asia, el continente más extenso y poblado del planeta, parece haber sido una pieza secundaria en el puzle de la evolución humana. Desde el punto de vista académico se ha considerado que el poblamiento humano en Asia provino de las sabanas africanas. Por tanto, la distribución de los homínidos por el mundo habría sido lineal, partiendo de África y ramificándose en diversos vectores por Oriente Medio, Europa y Asia.

Sin embargo, a finales del siglo XIX, las selvas de Asia alumbraron restos de homínidos que sacudieron las teorías de la evolución humana aceptadas hasta el momento. El primero en romper los esquemas vigentes fue el biólogo evolucionista E. Haeckel (1834-1919), quien aseguraba que el origen del ser humano se encontraba en las selvas de Asia y no en África. Pero el hallazgo más sorprendente se lo debemos al médico holandés Eugène Dubois (1858-1941). Destinado en la isla de Java (Indonesia), en 1891 Dubois encontró un fémur y una bóveda craneal en la región de Sangiran. Los restos se dataron en unos 1,6 millones de años de antigüedad y la nueva especie fue bautizada como Pithecanthropus Erectus (Homo erectus). El nuevo homínido presentaba una capacidad craneal de entre 800-950 centímetros cúbicos, con un toro supraorbital recto y muy desarrollado (visera), con un refuerzo óseo transversal situado en el extremo posterior del cráneo (toro occipital). 

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Cráneos de Homo erectus en el Museo Nacional de Georgia. 

El homínido debía presentar un aspecto físico con la frente baja y un cráneo con gruesas paredes. El mismo Dubois lo clasificó de la siguiente manera: «Las articulaciones de este hueso (fémur) prueban que el ser vivo que lo poseyó andaba erguido sobre sus piernas y que sus brazos eran libres, pudiendo manejar armas y útiles». Así pues, se dedujo, por el estudio de los huesos, que la criatura no era un simio o un mono. En realidad, el Homo erectus era un tipo intermedio entre el ser humano y los antropoides (monos superiores). ¿Podemos afirmar, entonces, que se trataba del famoso eslabón perdido?

CAPTURAN UN MOI

Sin embargo, la arriesgada y heterodoxa pregunta que muchos nos hacemos es si en la actualidad sería posible encontrar algún ejemplar vivo de este u otro homínido primitivo, o bien algunos de sus descendientes. La respuesta a esta cuestión probablemente se encuentre cruzando el Atlántico, en EE UU, concretamente en las páginas de uno de los periódicos con mayor tirada a finales del siglo XIX. En esa época, el imperialismo estaba en pleno auge. Los imperios coloniales sometían pueblos y dominaban tierras de Asia, África y el Pacífico. De las lejanas colonias llegaban fabulosas noticias sobre civilizaciones perdidas, tribus salvajes y animales fantásticos. El diario New York Journal, en su edición del 6 de diciembre de 1896, publicaba en páginas interiores un hallazgo sensacional. Los titulares enmudecieron al lector más incrédulo: «El eslabón perdido encontrado vivo en Annam. Una raza de hombres con cola parece probar la teoría de la evolución». Se anunciaba nada menos que el descubrimiento de la criatura intermedia entre el simio y el humano. Los hallazgos de la paleontología palidecían ante un ser vivo que confirmaría o rechazaría las teorías asentadas como consecuencia de siglos de hallazgos.

Pero volvamos a la noticia del diario neoyorquino. ¿La información se refería a una nueva especie de simio o primate y, por tanto, a un animal? ¿O bien aludía a un miembro de una tribu aislada y, por consiguiente, a un grupo humano primitivo, pero humano en suma? Aunque la gran pregunta es si el descubrimiento constituía la evidencia irrefutable de ese paso intermedio en la evolución entre simios y humanos. La noticia iba acompañada de un extenso texto que narraba las circunstancias del hallazgo, comportamiento de la criatura, lugar donde habitaba, etc. Pero lo que llamaba la atención era una ilustración bastante conseguida de la criatura. 

HUMANOS CON COLA

Según la noticia publicada por el periódico, la criatura era conocida por los habitantes de la zona con el nombre de «moi» y se halló en las selvas de Annam, región histórica que abarcaba una franja costera de unos 150.000 km² del actual Vietnam. Este territorio estaba atravesado a su vez por la cordillera Annamita en la península de Indochina, por entonces un protectorado bajo la soberanía de Francia. El descubrimiento fue obra de un tal Paul D’Enjoy, quien dio buena cuenta de las características y hábitos de los moi: poseían cola, como los monos, caminaban erguidos, sus cuerpos estaban cubiertos por un abundante pelo de color marrón rojizo y eran capaces de trepar a los árboles gracias a la forma y callosidad de sus pies. Además, construían chozas y usaban herramientas. En esta lista de características encontramos tanto hábitos propios de los simios como de los humanos.

Aunque lo verdaderamente increíble de esta historia es que D’Enjoy decía haber capturado un ejemplar vivo. Al parecer, la criatura estaba subida a un árbol buscando panales del miel cuando tuvo lugar el encuentro. El resto del grupo de mois huyó al percibir la presencia de los exploradores europeos, pero el incauto rezagado, distraído con su dulce golosina, acabó siendo capturado. D’Enjoy, entre asombrado y perplejo, narró así su primera impresión: «Descubrí que la criatura salvaje que había capturado y que anteriormente había considerado una especie de gran simio, era en realidad un hombre». Nuestro protagonista continuó con la descripción del ejemplar: «El hombre-mono tenía una cola bien desarrollada y pies y manos extraordinarios. Pero se puso de pie sobre las piernas de un simio y caminó erguido. Luego comenzó a parlotear en una lengua extraña». ¿Caminar erguido? ¿Rudimentos de lenguaje? Está claro que no son atributos propios de los simios sino de los humanos. De hecho, uno de los intérpretes nativos que acompañaba al grupo de D’Enjoy logró identificar algunas palabras pronunciadas por la criatura, que asimiló al idioma de ciertas tribus salvajes que habitaban esa parte del país.

La criatura caminaba erguida, su cuerpo estaba cubierto por un abundante pelo de color marrón y era capaz de trepar a los árboles gracias a la forma y callosidad de sus pies

Gracias a los intérpretes, D´Enjoy pudo mantener un diálogo con la criatura, que parecía estar especialmente orgullosa de su cola, atributo que los humanos vinculamos a los animales. Según el moi, las colas eran la posesión más orgullosa de su raza y la principal característica que distinguía a los moi del resto de los humanos de otras especies. La criatura también aseguró que la mayor angustia de su tribu residía en que sus colas se acortaban cada vez más, a medida que los moi se apareaban con individuos de otras tribus. Daba la sensación que los moi eran una tribu primitiva condenada a desaparecer al cruzarse con los humanos.

TENÍAN CREENCIAS DE ULTRATUMBA

D’Enjoy encerró al «hombre-mono» y lo interrogó durante varios días. A veces, la criatura aullaba o sollozaba, tal vez pensando que nunca volvería a ver a sus congéneres. Tras ofrecerle al moi una taza de agua con un poco de whisky, comenzó a correr a cuatro patas y se dirigió hacia la espesura del bosque para mostrarles una cabaña moi que estaba fabricada con hojas secas, bambú y piedras sueltas. El moi también confesó que quemaban a sus muertos y enterraban las cenizas en macetas de bambú. ¿Rudimentos de una cultura humana? Parece claro que no se trataba de un animal, sino de un humano muy primitivo, aunque los nativos del lugar consideraban a los moi como salvajes, bestias o simios.

El relato de D’Enjoy termina de una manera rocambolesca: «Cautelosamente, hasta que todos en el campamento se durmieron, salvo el collie –una raza de perro– a quien D’Enjoy había delegado para vigilarlo, el hombre-mono envenenó al collie con una hierba misteriosa. Rápidamente escapó al bosque». Desde luego, se trata de un relato digno de la mejor novela de aventuras. Pero ¿qué hay de realidad en esta asombrosa historia?

A finales del siglo XIX amplias capas del planeta aún estaban inexploradas a ojos occidentales. El mundo estaba repartido entre las principales potencias. Francia tomó posición de la península de Indochina, que incluía las actuales Camboya, Vietnam y Laos. Este territorio está jalonado de montañas, un largo litoral costero, espesas selvas y junglas, y es atravesado por uno de los ríos más majestuosos del mundo: el Mekong.

Para aproximarnos al enigma del moi contamos con una obra reveladora, publicada en 1912, apenas 16 años después de la exclusiva del New York Journal. Nos referimos al libro de Henri Maitre que lleva por título Las selvas del moi. Este explorador francés se dedicó a viajar por las regiones del interior de Camboya, Cochinchina, Annam y la Baja Laos. Maitre demostró cuán extendidos estaban por Indochina los rumores sobre la existencia de hombres salvajes. En esa zona dichas criaturas recibían el nombre de Nam-Noung y vivían en los bosques de montaña, pues huían de los terrenos amplios o llanos como la meseta de Darlac. Según las descripciones que pudo recopilar el explorador, estas criaturas tenían cola, medían algo menos de 1,50 metros y su cuerpo, cabeza y extremidades estaban cubiertas por una gruesa capa de cabello rojizo. 

IDIOMA EXTRAÑO

también le revelaron que los Nam-Noung no podían trepar a los árboles ni sabían construir chozas, lo que entraba en contradicción con el relato publicado años antes en el New York Journal. Maitre escribió en su libro: «(Los Nam-Noung) viven de raíces y tallos de plantas. Los hombres salvajes se han vuelto más escasos y ya no se encuentran, pero a veces se descubren las huellas que dejan a su paso, que son como las de otros hombres pero más pequeñas». Sin duda, esta descripción de la criatura nos recuerda al homínido supuestamente capturado en la cordillera de Annam.

Pero es que además se conservan descripciones más antiguas sobre estos seres, como la que recopiló Bernard Newman en su obra Report on Indo-China (1953). En una de sus primeras páginas leemos el testimonio de un capitán de barco francés que en 1819 visitaba Annam. Los gobernantes locales le aseguraron al francés que «había hombres salvajes en el interior, con colas; parecían hombres y podían hablar una jerga incomprensible, pero eran considerados como una especie avanzada de simios». De nuevo, el detalle de la cola.

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Dibujo del moi capturado en Annam, tal como fue publicado en el diario New York Journal en 1896.

De todos modos, si hemos de elegir un juez que dictamine sobre el enigma del moi, desde mi punto de vista este podría ser el Dr. Bernard Heuvelmans (1916-2001), autor de Tras la pista de los animales desconocidos, verdadera Biblia de la fauna mítica o legendaria. En primer lugar, el hecho de que un humano tenga cola, ¿nos hace más o menos primitivos? Es curioso que estas historias de hombres salvajes menudeen en selvas y lugares habitados por grandes simios, como el orangután o el gibón que, precisamente, no poseen cola. Los humanos no somos los únicos bípedos sin cola.

¿TODAVÍA EXISTEN?

Heuvelmans hace notar en su obra que poner o quitar como atributo físico una cola tiene mucho de lucha cultural. Por ejemplo, numerosos pueblos se creen superiores a sus vecinos y por eso les atribuyen hábitos bestiales o apariencia animal. De hecho, la mayoría de los viajeros de la antigüedad describían con cola a los salvajes que encontraban, especialmente en las islas. Marco Polo, el más célebre viajero medieval, menciona a hombres con cola en Sumatra. Algunos misioneros jesuitas los situaban en Mindor, en las Filipinas. Incluso ciertas tribus se jactan de tener ascendencia animal y, por tanto, a menudo usan una falsa cola. Eso ocurre con los Niam-Niams, que enrollan una piel de mono colobo alrededor de sus cinturas, dejando que la cola cuelgue detrás. O el caso de los Orang-Ekor, del archipiélago malayo. Son tímidos, desaparecen en la profundidad del bosque al menor atisbo de peligro y –¿adivinen?– poseen una cola corta. 

Desde mi punto de vista, parece claro que alguna criatura homínida o humanoide habitaba las selvas de Indochina y dio pábulo a multitud de leyendas e historias sobre hombres salvajes. Para mí la pregunta no es si existió, sino si aún existe.

 

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