Misterios
21/06/2022 (10:00 CET) Actualizado: 21/06/2022 (10:40 CET)

Somos un diseño genético de los dioses

El geólogo y escritor Gregg Braden es el autor de 'Humanos por diseño' (Sirio), obra de la que tomamos el texto de este reportaje, en el que el conocido autor muestra las más poderosas evidencias, surgidas en los últimos años, respecto al hecho de que los humanos somos el resultado de un diseño genético y de un plan evolutivo trazado por un alguna clase de «planificador».

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Somos un diseño genético de los dioses
Somos un diseño genético de los dioses
Nº 362, Septiembre de 2020
Este artículo pertenece al Nº 362, Septiembre de 2020

La historia convencional de la vida sobre la Tierra –la teoría de la evolución– nos pide que creamos que hace mucho tiempo se dieron exactamente las condiciones propicias, de la mejor forma posible y en el momento exacto, para que se crease el entorno adecuado para que las fuerzas oportunas formasen átomos perfectos y los forjasen en los elementos que dieron origen a la primera molécula de vida. Por si no bastara con pedirnos que nos creamos esta improbable serie de acontecimientos, a continuación se nos dice que aceptemos que esta primera célula de vida sobrevivió y prosperó, de manera que se multiplicó y se diversificó incontables veces, y después se impuso a lo largo de las eras con una estrategia adaptativa, conocida como «supervivencia del más fuerte», para convertirse en los cuerpos que nos permiten vivir como hoy vivimos.

Muchos científicos pueden demostrar la grandísima improbabilidad de que el origen de nuestro ADN sea el azar

Las probabilidades de que esta serie de acontecimientos realmente se produjeran son tan pequeñas que parece imposible que tuvieran lugar. Ilya Prigogine, el último químico dos veces galardonado con el Premio Nobel, suscribiría la afirmación anterior: «La probabilidad estadística de que las estructuras orgánicas y las reacciones más exquisitamente armónicas características de los organismos vivos se generaran por accidente es cero», dijo. De acuerdo con él, muchos otros científicos, utilizando los métodos más avanzados de que se dispone hoy, pueden demostrar la grandísima improbabilidad de que el origen de nuestro ADN sea el azar. Antes de su muerte en 1989, el científico y matemático suizo Marcel Golay calculó que la probabilidad de que la proteína viva más simple se hubiese formado por casualidad era de 1 entre 10, y Frank Salisbury, fisiólogo vegetal y antiguo rector de la Universidad Estatal de Utah, calculó que la probabilidad de que exista una molécula común de ADN es de 1 entre 10600.

CIFRAS ABRUMADORAS

Son unas cifras tan inimaginablemente largas y que representan una probabilidad tan remota de que algo ocurra que me voy a detener un momento en ellas para ilustrar lo que los matemáticos nos están diciendo. El número 10600 equivale a un uno seguido de seiscientos ceros. Esta cifra representa en toda su extensión la improbabilidad de que la primera molécula de ADN se formara por azar. Insisto en este punto porque los científicos en general aceptan que cuando las probabilidades de que algo ocurra son de 1 entre 10110 o más, las posibilidades de que ese suceso se produzca son tan pequeñas que es imposible que tenga lugar. 

ADN
 

Si estos números representaran la probabilidad de que nos tocara la lotería, por ejemplo, seguramente nos abstendríamos de comprar un décimo por la tan remotísima posibilidad de que nuestro número fuera el premiado. Pero, para colmo, esta imposibilidad se puede incluso multiplicar por 5, hasta que llega a ser de 1 entre 10600, lo cual hace que la improbabilidad sea todavía mayor.

Si las pruebas demuestran que somos el resultado de algo más que la pura casualidad, el hecho de nuestra existencia ha de cobrar también un nuevo sentido

El astrónomo sir Fred Hoyle y el astrobiólogo y matemático Chandra Wickramasinghe, ambos británicos, calcularon, en un libro del que son coautores, una probabilidad aún menor, de 1 entre 1040.000, basándose en el número de enzimas conocidas necesarias para que exista la vida y las probabilidades de que hubiesen aparecido por azar. Cuando empezamos a hablar de probabilidades tan bajas, los propios números prácticamente dejan de tener sentido.

Para el no entendido en matemáticas, Hoyle explica claramente que tan desorbitadas cifras equivalen a un tornado que barriera todo un desguace y, con todas las piezas diseminadas en él, ensamblara un Boeing 747. Y, considerando esta improbabilidad, los científicos intentan comprender el origen de la vida. Pero si las pruebas demuestran que somos el resultado de algo más que la pura casualidad que la teoría de la evolución postula, eso significaría que el hecho de nuestra existencia ha de cobrar también un nuevo sentido, porque los descubrimientos sobre el ADN son tan distintos de la idea original de la evolución que no hay sitio para ellos. La teoría sencillamente no encaja con los hechos comprobados.

La misma ciencia que se esperaba que acabara por refrendar la teoría de la evolución de Darwin y resolver el misterio de nuestro origen, ha acabado por hacer todo lo contrario

Este es el punto exacto en que nos encontramos en lo que a la historia del origen del ser humano se refiere. El intento de incorporar la historia de las mutaciones exactas y rápidas del ADN, como las que se dan en el FOXP2 y el cromosoma 2 humano, a la teoría existente del proceso de evolución largo, lento y progresivo, no funciona. Ni puede funcionar, porque esa teoría no tiene en cuenta los nuevos descubrimientos. Hemos alcanzado el punto de no retorno, porque la misma ciencia que se esperaba que acabara por refrendar la teoría de la evolución de Darwin y resolver el misterio de nuestro origen, ha acabado por hacer todo lo contrario.

EL ENIGMA DE LOS ENIGMAS

Nuevos descubrimientos llevan a conclusiones desconcertantes para la tradición científica durante tanto tiempo asentada. Paradójicamente, las pruebas llevan en una dirección que hoy corre paralela a lo que nos dicen algunas de las tradiciones más antiguas y respetadas sobre nuestro origen. A continuación, incluyo, como piezas para la construcción de la nueva historia del ser humano, una serie de verdades que se desprenden de los hallazgos científicos surgidos en los últimos años:

- Hecho 1: Las relaciones que se muestran en el árbol genealógico evolutivo humano solo son especulaciones. Se cree que existen y se enseñan como hechos en las aulas, pero más de ciento cincuenta años de estudios no han conseguido aportar pruebas físicas que confirmen las relaciones representadas en ese árbol genealógico.

Evolución
 

- Hecho 2: Si el registro fósil es exacto, los humanos anatómicamente modernos (HAM) aparecieron de repente en la Tierra hace unos doscientos mil años, con características avanzadas que los distinguen por completo de toda otra forma de vida ya desarrollada en esos tiempos o que se haya desarrollado a partir de entonces. Estas características siguen con nosotros sin que hayan cambiado, e incluyen un cerebro un 50% mayor que el de nuestro pariente primate más cercano, el chimpancé; la posición erguida y una destreza manual avanzada; la capacidad para el lenguaje avanzado; y una red neuronal extendida que permite habilidades extraordinarias, como la intuición profunda y el acceso a voluntad a la sabiduría basada en el corazón.

- Hecho 3: La ausencia de un ADN común entre los HAM y los neandertales demuestra que los primeros no descendieron de los segundos. Estudios adiciona les revelan que nuestros ancestros compartieron la Tierra con los neandertales, de quienes antes se pensó que fueron algunos de nuestros antepasados. Lógicamente, si compartimos la Tierra con ellos, no pudimos descender de ellos.

- Hecho 4: El análisis del ADN revela que el ADN que nos distingue de otros primates es el resultado de un misterioso proceso de «fusión» que derivó en nuestro segundo mayor cromosoma: el cromosoma 2 humano. Además, el modo en que se fusionó el cromosoma 2 apunta a que algo que está más allá de la evolución ha hecho posible nuestra condición de humanos: el «apagado» o la eliminación de funciones solapadas y el hecho de que se produjera con rapidez, y no muy lentamente durante un largo período.

Únicamente con estos cuatro hechos tenemos razones más que suficientes para reconsiderar la historia tradicional de lo que somos. Es evidente que no somos el producto de un proceso evolutivo, al menos no del tipo de evolución que Charles Darwin tenía en mente cuando formuló su teoría original en el siglo XIX. La probabilidad científica de que el ADN que nos hace humanos se produjera por azar, una probabilidad que se ha comparado con la de que un tornado en un desguace recompusiera un avión, apunta a la conclusión de que los humanos no somos el resultado de sucesos fortuitos puestos en marcha por la casualidad.

Hemos de aceptar una nueva historia del ser humano que refleje mejor las pruebas que hemos acumulado

NO SOMOS HIJOS DEL AZAR

La pregunta, pues, es muy sencilla: ¿Estamos dispuestos a aceptar lo que la mejor ciencia de nuestro tiempo nos muestra? Si la respuesta es que sí, hemos de aceptar una nueva historia del ser humano que refleje mejor las pruebas que hemos acumulado. La ciencia moderna está debatiendo el significado de estas pruebas nuevas y cómo encajan en la historia de nuestro origen; no así los pueblos indígenas del planeta y los practicantes de algunas de las tradiciones espirituales de mayor aceptación del mun do. En su modo de pensar, las pruebas modernas no hacen sino confirmar y fortalecer su aceptación de las antiguas explicaciones que están en la base de sus creencias.

Portada Humanos por diseño
Portada de Humanos por diseño (Sirio), de Gregg Braden

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