La Casa Blanca impulsa un Consejo Asesor Científico para los ovnis
Avi Loeb, del escepticismo institucional a la silla del poder: la paradoja de su nuevo consejo ovni propuesto por la Casa Blanca
Hay algo casi cinematográfico en la escena. El mismo día en que el Gobierno de Estados Unidos libera su tercer paquete de documentos desclasificados sobre Fenómenos Anómalos No Identificados (UAP), astrofísico de Harvard, fundador del Proyecto Galileo y miembro del consejo asesor de la Disclosure Foundation, Avi Loeb, anuncia en su blog que ha sido convocado por la Casa Blanca, la AARO (Oficina de Resolución de Anomalías en Todos los Dominios), el ODNI (Oficina del Director de Inteligencia Nacional), el FBI y otros miembros de la Comunidad de Inteligencia para montar, en apenas una semana, un equipo de científicos que sirva de consejo asesor permanente sobre la naturaleza de estos fenómenos.
Loeb presidirá el organismo y, en su anuncio original, presentó a cinco vocales fundadores. Todos jóvenes, todos con un perfil eminentemente técnico y, no por casualidad, casi todos ligados ya al Proyecto Galileo que el propio Loeb dirige desde 2021.

Dr. Richard Cloete — análisis y gestión de datos con IA
Científico computacional británico, becario postdoctoral Laukien-Oumuamua en el Centro de Astrofísica de Harvard. Miembro del Proyecto Galileo desde su fundación, donde desarrolla los pipelines de inteligencia artificial que separan los objetos realmente anómalos del ruido de sensores. Antes fue investigador postdoctoral en la Universidad de Cambridge.

Dra. Regina Sarmiento — análisis y gestión de datos con IA
Doctora en astrofísica, becaria postdoctoral en el Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian y antes investigadora en la Universidad de La Laguna. Especialista en aprendizaje profundo aplicado a simulaciones de galaxias; en el Proyecto Galileo firma, junto a Cloete, los algoritmos de triangulación que calculan la trayectoria real de los objetos captados por las cámaras del proyecto.

Prof. Matthew Szydagis — instrumentación y recogida de datos
Profesor asociado de física en la Universidad de Albany (SUNY), procedente del mundo de la detección de materia oscura (experimentos LUX y LZ) y creador del software NEST. Desde hace un par de años aplica ese mismo rigor instrumental a los UAP con su protocolo C-TAP de análisis de vídeo asistido por IA, probado en expediciones de campo junto a la organización UAPx. Reconoce que su vocación científica nació viendo Star Trek de niño.

Dr. Devesh Nandal — análisis numérico y astrofísica
Ingeniero electrónico y astrofísico formado en la Universidad de Ginebra, becario postdoctoral del Instituto de Teoría y Computación de Harvard. Construye modelos de evolución de estrellas masivas y supermasivas, y firma junto a Loeb varios estudios recientes sobre qué condiciones cósmicas hacen posible la vida compleja.

Dr. Omer Eldadi — gestión de datos, IA y psicología humana
Doctor en psicología por la Universidad Reichman (Israel). Junto al profesor Gershon Tenenbaum, investiga los sesgos cognitivos y de equipo que distorsionan la forma en que evaluamos imágenes y vídeos virales, y es coautor con Loeb de la llamada «escala Loeb» para clasificar el grado de anomalía de los objetos interestelares.
El listado, de hecho, no se ha quedado quieto. Días después de la presentación inicial, el almirante retirado de la Marina Tim Gallaudet, exadministrador en funciones de la NOAA y miembro también del consejo asesor de la Disclosure Foundation, anunció que se incorporaba como sexto vocal para cubrir el área de oceanografía. Y en los posts posteriores de Loeb el elenco ha seguido creciendo hasta incluir, entre otros, a la filósofa de la ciencia Carol Cleland, al biólogo molecular Garry Nolan y, en un giro que merece destacarse, al divulgador y fundador de la revista Skeptic, Michael Shermer, históricamente uno de los voces más duras contra la propia hipótesis extraterrestre que defiende Loeb.
El nuevo consejo se perfila como una capa científica externa, sin autoridad operativa propia, que revisa metodologías y datos
Sin embargo, a pesar del anuncio de Loeb, no hay ninguna confirmación oficial de la Casa Blanca ni de ninguna otra agencia que confirme ni la designación ni la creación del comité. Avi Loeb ha referido desde entonces a esto como un panel asesor no remunerado.
I was tasked by the White House, AARO, ODNI, the FBI, and the Intelligence Community to lead and assemble a team of scientists and experts for a new UAP Science Advisory Council.
— Professor Avi Loeb (@ProfAviLoeb) June 14, 2026
The council includes Prof. Carol Cleland: anomaly identification; Dr. Richard Cloete (@RichAC2020):…
Conviene detenerse en lo que este consejo es exactamente, y en lo que todavía no se sabe sobre él. El propio Loeb define su misión en términos modestos: ayudar a las agencias gubernamentales a estudiar la naturaleza de los UAP con métodos científicos rigurosos, priorizando la captura de datos de nueva generación frente a la relitigación de testimonios y casuística antigua que, según él, ya no se puede verificar de forma independiente. No se ha hecho público ningún plazo de trabajo, ni un presupuesto, ni una estructura legal equivalente a la de la AARO, que nació por mandato del Congreso en la Ley de Autorización de Defensa de 2022. El consejo, tal y como se ha presentado hasta ahora, vive en un terreno más informal: un encargo verbal de la Casa Blanca y de varias agencias, anunciado por su propio presidente en un blog personal, sin que la Casa Blanca lo haya confirmado todavía de forma independiente.

Eso deja abiertas varias preguntas razonables. ¿Sustituye este consejo a la AARO, la invade, o simplemente la alimenta desde fuera con análisis de datos que la propia oficina no tiene capacidad de procesar?
Por ahora, todo apunta a la tercera opción: la AARO sigue siendo el organismo oficial encargado de recibir, clasificar y resolver los casos, mientras que el nuevo consejo se perfila como una capa científica externa, sin autoridad operativa propia, que revisa metodologías y datos. Tampoco está claro si este organismo sirve de puente hacia la «gran revelación» que parte de la comunidad disclosure lleva meses esperando tras el lanzamiento del portal PURSUE. La propia insistencia de Loeb en mirar hacia adelante —mejores sensores, nuevos datos— en lugar de hacia atrás —testimonios, expedientes antiguos— sugiere más bien lo contrario: un freno metodológico a corto plazo, no una aceleración hacia el reconocimiento oficial de tecnología no humana.
Los testigos... importan poco
Tampoco ha faltado la crítica sobre a quién falta en esa mesa. La enfermera y divulgadora Meredith Spearman señaló, apenas horas después del anuncio, que el comité está diseñado casi por completo para estudiar el objeto —medir el orbe, modelar su trayectoria, depurar la señal— y no a la persona que lo presencia, pese a que buena parte de los expedientes UAP, incluidos los que cita la propia AARO, nacen de un testigo asustado describiendo lo que vio. Ningún vocal, señaló, tiene formación clínica para tomar esa clase de testimonio.

El astrofísico mantiene desde hace años el mismo esquema de dos hipótesis. La primera, «la más prosaica», es que algunos de estos objetos sean tecnología humana operada por potencias extranjeras, lo que convertiría su presencia cerca de instalaciones sensibles en un problema de seguridad nacional. La segunda, que él mismo califica de «mucho menos probable pero mucho más trascendente», es que una fracción minúscula de los casos tenga un origen no humano. Distinguir entre ambas, sostiene, exige mejores instrumentos y un análisis cuidadoso, no especulación.
Loeb deja de ser un divulgador outsider, crítico con el secretismo institucional, para formar parte del aparato que oculta la información
El discurso es coherente con el que Loeb lleva repitiendo desde 2017. El problema —y aquí empieza la paradoja que vertebra este artículo— es que ese discurso de outsider divulgador, crítico con el secretismo institucional, ahora se pronuncia desde dentro del aparato que durante años ha sido acusado de ocultar información. Loeb ya no pide explicaciones al Pentágono: las va a coordinar para él.
En marzo de 2023, Loeb firmó junto al entonces director de la AARO, Sean Kirkpatrick, un controvertido trabajo de prepublicación que especulaba con que algunos objetos interestelares —como el célebre 'Oumuamua— pudieran ser «naves nodriza» capaces de liberar pequeñas sondas autónomas equipadas con inteligencia artificial, a las que ambos llamaron, literalmente, «semillas de diente de león». El estudio surgió de un encuentro informal entre ambos en casa de Loeb, sin que —según el propio astrofísico— mediara información clasificada ni se firmara ningún acuerdo de confidencialidad.
El divulgador y escéptico Mick West ridiculizó entonces la idea de «semillas alienígenas» flotando como el vilano de un diente de león. Meses después, el propio Kirkpatrick declararía ante el Senado que la AARO «no ha encontrado evidencia creíble de actividad extraterrestre, tecnología fuera del mundo u objetos que desafíen las leyes físicas conocidas». Kirkpatrick dejaría la dirección de la oficina poco después.
No es el único antecedente que conviene recordar. Cuando Loeb organizó su expedición al Pacífico en 2023 para rastrear el fondo marino en busca de fragmentos del meteoro interestelar IM1, lo hizo después de obtener las coordenadas de su posible trayectoria de caída gracias a los datos del Comando Espacial de Estados Unidos, el organismo militar que había certificado oficialmente, con un 99,999% de certeza, el origen interestelar del objeto. De aquella expedición salieron 850 esférulas fundidas, algunas con una composición química que Loeb describió como incompatible con cualquier aleación terrestre conocida —un hallazgo que sus críticos consideran, cuando menos, insuficiente para sostener la hipótesis de manufactura extraterrestre.

Y más recientemente, con la llegada del objeto 3I/ATLAS, Loeb volvió a publicar un controvertido artículo —firmado junto a su colaborador Omer Eldadi, ahora flamante miembro de este nuevo consejo— sobre la posibilidad de que el cometa fuera tecnología alienígena, basándose en su alineación orbital y en la ausencia de una cola cometaria convencional. La comunidad astronómica, en su mayoría, lo recibió con el mismo escepticismo de siempre. Que esa misma comunidad, semanas después, vea a Loeb subido a la tribuna oficial de la Casa Blanca dice tanto del personaje como del momento que vive la cuestión UAP.
Hay una lectura generosa de todo esto: Loeb lleva insistiendo desde hace una década en que la única manera de zanjar el debate es con instrumentación de calidad y métodos verificables, y este nombramiento sería el reconocimiento institucional de esa tesis, una oportunidad de imponer rigor desde dentro de una estructura que él mismo ha criticado por su falta de transparencia.
El sistema no necesita silenciar a sus críticos cuando puede, simplemente, contratarlos
Hay otra, más incómoda: que el sistema no necesita silenciar a sus críticos cuando puede, simplemente, contratarlos. Que situar a la voz más mediática del fenómeno UAP al frente del filtro oficial de datos es la forma más elegante de domesticar el relato sin tener que desclasificar nada que de verdad incomode. Loeb, con su propio historial de colaboraciones con la AARO —el papel de las «semillas de diente de león» con Kirkpatrick, las coordenadas militares para la expedición del Pacífico— no llega a este consejo como un completo desconocido para el aparato de seguridad nacional. Llega como alguien que ya ha demostrado, en más de una ocasión, que sabe trabajar con él.
Ninguna de las dos lecturas es excluyente. Quizás ambas convivan, como suele ocurrir con casi todo lo que rodea a este asunto: una capa de ciencia genuina, otra de relaciones públicas, y en medio, la vieja pregunta sin resolver de quién decide finalmente qué parte de la verdad nos llega y cuándo.








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