Parapsicología
01/10/2004 (00:00 CET)
Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)
La hostia sangrante de Santarem
¿Cómo puede mantenerse fresca la sangre humana después de ocho siglos? ¿Es cierto que mana desde la santa forma legendaria que se venera en la iglesia portuguesa de San Esteban? ¿Qué hay de verdad en el relato sobre el origen de este supuesto milagro, en el cual creyeron destacados miembros de la monarquía portuguesa, así como varios papas, hasta el extremo de conceder indulgencias plenas a los peregrinos?
De líneas arquitectónicas austeras, la iglesia del Sagrado Milagro nos esperaba al final de un estrecho callejón en obras. Tanto Alberto Guzmán como yo estábamos a punto de enfrentarnos con uno de los enigmas más importantes del cristianismo en los últimos ocho siglos. Un misterio corroborado por la ciencia.
Nuestros ojos se adaptaron a la tenue iluminación que envolvía el interior del templo. Centramos nuestra atención en el altar mayor, donde debía encontrarse la sagrada reliquia. Una señora se interpuso en nuestro camino. Era Lucía, la encargada de la iglesia. Tras exponerle nuestro deseo, nos pidió que la siguiéramos.
Curiosamente, nuestros pasos iban en sentido contrario al altar, hacia la sacristía. Allí, la emocionada señora nos enseñó los ropajes de la Hermandad Real del Santo Milagro. Un apreciable muestrario de túnicas. Después, nos pidió que firmáramos en el libro de visitas.
Por fin, nos dijo que la acompañáramos a ver la reliquia. Mi compañero y yo cruzamos miradas de complicidad. Seguimos a Lucía hasta una puerta. Detrás de ésta había una escalera de metal. Lucía nos comentó que desde aquel punto podríamos ver el Sagrado Milagro más cerca de lo que habitualmente se permitía a los peregrinos. Éstos lo contemplan desde el altar, aproximadamente a un metro y medio de distancia. Ella subió primero y abrió una pequeña portezuela dorada cerrada con llave. Era el relicario. En su interior estaba el objeto de nuestra visita.
Al fin llegó mi turno... Una cápsula de cristal rodeaba la hostia y, cerca de ella, había otro bote con fragmentos diversos que también era objeto de culto. La sangre se veía perfectamente, con aspecto fresco, como si hubieran pasado sólo unas horas desde que manara, y no ocho siglos.
Sacrilegio en la parroquia
Lucía nos contó que en cierta ocasión, hace ya doscientos años, un arzobispo de Lisboa tomó en sus manos la cápsula y rompió su parte superior con la finalidad de observar mejor la sangre. Al momento, cayó al suelo fulminado y murió. Los médicos dictaminaron que había sufrido un paro cardíaco.
El primer milagro sucedió el 16 de febrero de 1247. Elvira Moniz era infeliz. Vivía junto a su promiscuo esposo en la pequeña villa portuguesa de Santarem. Sus días transcurrían en la más completa rutina, mientras rumiaba en su interior las continuas relaciones que su marido mantenía con otra mujer del pueblo. El daño lo provocaba no solo el sufrimiento personal de saberse despreciada y traicionada por su pareja, sino también los comentarios maliciosos de sus vecinos.
Tras intentar usar su astucia y el cariño para recuperar la atención de su esposo, y obtener como resultado el más rotundo de los fracasos, decidió hacer algo a espaldas de la gente. Un buen día se encaminó desesperada hacia la cercana vivienda de una conocida hechicera, a quien pidió consejo. La bruja, tras usar sus típicos artilugios de consulta, declaró firmemente que sólo había una forma de que Elvira recuperara el amor de su marido. Para ello debía realizar un complejo ritual mágico que solucionaría el problema de inmediato. Pero había un problema. Para llevar a cabo el misterioso prodigio necesitaba obtener una hostia consagrada, que debería conseguir la propia afectada.
Aquello supuso un duro golpe para Elvira, cristiana muy devota, para quien ese acto constituía un horrible sacrilegio. Sin embargo, finalmente accedió a la petición.
La atormentada mujer se dirigió a la Iglesia de San Esteban, donde se confesó ante el sacerdote y pidió la comunión. Tras recibir la sagrada hostia, no la ingirió, sino que la conservó, saliendo inmediatamente del templo. En el exterior, extrajo con mucho cuidado la forma sacramental y la guardó entre sus ropas, encaminándose rápidamente hacia la casa de la hechicera.
La hostia mana sangre
De pronto, Elvira notó cómo las miradas de los vecinos que se cruzaban con ella se dirigían hacia la parte de su cuerpo donde había escondido la hostia. Al observarse, se dio cuenta horrorizada de que sus ropas estaban manchadas de sangre. Cuando desanudó el pliegue en el cual había escondido la hostia consagrada descubrió que el líquido manaba de la misma. Algunos vecinos le preguntaron si estaba herida y si necesitaba que la llevaran a un médico. La sangre goteaba y manchaba el suelo.
Elvira se estremeció de pánico y decidió esconderse en su casa, en la Rua das Esteras, muy cerca de la parroquia de San Esteban. Una vez allí, extrajo la hostia de su ropa y la colocó en el interior de un baúl de cedro, donde acostumbraba guardar sus pertenencias. La desgraciada mujer no sabía qué hacer y vivió momentos de angustia indescriptible.
A altas horas de la noche, Pedro Moniz regresó a casa. Elvira no le contó nada de lo ocurrido. No podía descansar, atormentada por el sacrilegio que había cometido. De madrugada, se produjo un nuevo prodigio. Una luz muy intensa y blanca comenzó a salir por las ranuras del baúl de cedro, despertando a Pedro.
Toda la casa estaba iluminada por aquel extraño resplandor. Descubrieron entonces a varios ángeles en actitud contemplativa alrededor del baúl que contenía la hostia consagrada. Elvira comprobó que de nuevo comenzaba a sangrar y su esposo fue testigo presencial del milagro. Todo lo vieron a través de la madera del arca, que parecía haberse vuelto transparente gracias a la luz que emitía y a la que recibía de los ángeles.
Apresuradamente, la mujer le confesó a su esposo la historia de su sacrilegio. Ambos se arrepintieron de sus respectivos pecados, rezaron y se arrodillaron frente a la hostia durante el resto de la noche.
Nada más amanecer, fue requerida la presencia del sacerdote de San Esteban, quien comprobó el misterio de la hostia sangrante y decidió devolverla a la iglesia. Para ello, se realizó una solemne procesión de retorno, en la cual participaron diversos cleros y laicos. La noticia se difundió por todo Santarem. La hostia fue depositada en la iglesia, donde continuó sangrando abundantemente durante tres días.
Finalmente se decidió colocar la reliquia en un recipiente fabricado con cera fundida. Durante muchas décadas fue conservado en dicho relicario y expuesto ante los fieles en una especie de cáliz, sobre el altar principal.
La divina cápsula
Durante cerca de un siglo, los habitantes de Santarem y de los pueblos vecinos peregrinaron a iglesia de San Esteban para contemplar el cáliz con la sagrada hostia y rezar ante ella. Pero un día de 1340, el sacerdote abrió la iglesia y, siguiendo la rutina, se dirigió al sagrario para exponer la reliquia a la adoración de los fieles.
Su sorpresa fue mayúscula al ver que el envase de cera se había reducido a pedazos. Sin embargo, sólo él tenía la llave del recinto y la puerta no había sido forzada. Milagrosamente, una cápsula de fino cristal, en cuyo interior se había depositado la sagrada forma, se había materializado de la nada. Para aumentar la tensión del momento, también apreció que aquellos fragmentos de cera del antiguo envase se habían solidificado con la sangre, adquiriendo un color mucho más oscuro. De manera inexplicable, los trozos de cera y la sangre se encontraban dentro del nuevo envase ovalado de cristal que había aparecido como por arte de magia.
La cápsula con la hostia fue colocada de nuevo en el altar. En el siglo XVIII se introdujo la reliquia en una custodia de plata dorada, donde ha mantenido el mismo aspecto hasta nuestros días. El frasco con los fragmentos de cera solidificados por la sangre se encuentra a su lado. Ambas piezas pueden ser contempladas junto al relicario, en un trono eucarístico, sobre el altar mayor. Desde ese momento, la parroquia de San Esteban sería conocida como la Iglesia del Santo Milagro.
Existen algunas diferencias entre los historiadores a la hora de datar con precisión los primeros y posteriores milagros, debido a los numerosos sucesos extraordinarios que se produjeron en torno a la sagrada hostia a lo largo de los siglos. En 1346, el rey portugués Alfonso IV consignó por escrito algunas historias sobre la enigmática partícula.
Durante los siglos posteriores, y hasta nuestros días, fueron varias las veces que la sagrada hostia ha sangrado en presencia de los peregrinos. Pero lo más extraño es que, después de más de setecientos años, la sangre continúa en estado líquido, sorprendiendo a propios y extraños. La casa del matrimonio formado por Pedro y Elvira Moniz ha sido convertida en una pequeña capilla de adoración, desde la cual una vez al año se realiza la misma ruta que antaño trasladó la sagrada reliquia hasta la iglesia de San Esteban. El milagro eucarístico sale en procesión el segundo domingo del mes de abril.
Apariciones e Indulgencias
El de la sagrada hostia de Santarem es probablemente uno de los milagros más impresionantes de cuantos conforman el dossier de hechos insólitos dentro de la Iglesia Católica. Muchos han sido los testigos de diversos experiencias místicas y prodigios asociados a ella. Tal es el caso de San Francisco Javier, apóstol de las Indias, quien llegó a vislumbrar la imagen de Jesús de Nazareth levitando junto al relicario, en una de sus visitas a este altar.
Importantes personajes de la monarquía lusitana han sentido desde antaño un inusitado interés por todo lo relacionado con esta hostia. La reina Isabel de Portugal visitaba con frecuencia este templo para admirarla. En dos de esas ocasiones, en 1295 y 1322, fue testigo de diversos prodigios y apariciones, cumpliéndose las peticiones que había realizado a la santa reliquia.
También fueron varios los pontífices que proclamaron las bondades del milagro, convirtiendo la veneración de la sagrada forma en un ritual oficial. Los papados de Pío IV, Pío V, Pío VI y Gregorio XIV confirmaron los testimonios de los peregrinos. Todos ellos concedieron indulgencias plenarias a los fieles que oraban ante la hostia consagrada de Santarem.
La Iglesia Católica ha intentado verificar de la manera más rigurosa la realidad del prodigio. En 1340 y 1612, se nombraron comisiones de investigación canónica. Con los medios a su alcance en su época, estos expertos verificaron su autenticidad, confirmando la antigüedad que se le atribuía y que la sangre continuaba fresca.
En octubre de 2003, un grupo de físicos y químicos extrajo una muestra de sangre del relicario. Ésta fue analizada por un equipo multidisciplinar para intentar explicar por qué se mantenía fresco aquel líquido rojo.
Las conclusiones fueron sorprendentes. Llegaron a la conclusión de que era efectivamente sangre humana. Pero, ¿cómo es posible que se mantuviese fresca? ¿Cómo puede seguir sangrando la misteriosa hostia? El ADN de esta sangre es idéntico al de las muestras recogidas de los trozos de cera del primer recipiente, que apareció roto cuando presuntamente se materializó el relicario de cristal ovalado.
¿A quién pertenece ese enigmático fluido vital? Algunos hablan de la presencia de Jesucristo en la sagrada forma. Otros prefieren guardar silencio y se limitan a orar ante la reliquia ¿Es posible una explicación alternativa para este insólito fenómeno?
Nuestros ojos se adaptaron a la tenue iluminación que envolvía el interior del templo. Centramos nuestra atención en el altar mayor, donde debía encontrarse la sagrada reliquia. Una señora se interpuso en nuestro camino. Era Lucía, la encargada de la iglesia. Tras exponerle nuestro deseo, nos pidió que la siguiéramos.
Curiosamente, nuestros pasos iban en sentido contrario al altar, hacia la sacristía. Allí, la emocionada señora nos enseñó los ropajes de la Hermandad Real del Santo Milagro. Un apreciable muestrario de túnicas. Después, nos pidió que firmáramos en el libro de visitas.
Por fin, nos dijo que la acompañáramos a ver la reliquia. Mi compañero y yo cruzamos miradas de complicidad. Seguimos a Lucía hasta una puerta. Detrás de ésta había una escalera de metal. Lucía nos comentó que desde aquel punto podríamos ver el Sagrado Milagro más cerca de lo que habitualmente se permitía a los peregrinos. Éstos lo contemplan desde el altar, aproximadamente a un metro y medio de distancia. Ella subió primero y abrió una pequeña portezuela dorada cerrada con llave. Era el relicario. En su interior estaba el objeto de nuestra visita.
Al fin llegó mi turno... Una cápsula de cristal rodeaba la hostia y, cerca de ella, había otro bote con fragmentos diversos que también era objeto de culto. La sangre se veía perfectamente, con aspecto fresco, como si hubieran pasado sólo unas horas desde que manara, y no ocho siglos.
Sacrilegio en la parroquia
Lucía nos contó que en cierta ocasión, hace ya doscientos años, un arzobispo de Lisboa tomó en sus manos la cápsula y rompió su parte superior con la finalidad de observar mejor la sangre. Al momento, cayó al suelo fulminado y murió. Los médicos dictaminaron que había sufrido un paro cardíaco.
El primer milagro sucedió el 16 de febrero de 1247. Elvira Moniz era infeliz. Vivía junto a su promiscuo esposo en la pequeña villa portuguesa de Santarem. Sus días transcurrían en la más completa rutina, mientras rumiaba en su interior las continuas relaciones que su marido mantenía con otra mujer del pueblo. El daño lo provocaba no solo el sufrimiento personal de saberse despreciada y traicionada por su pareja, sino también los comentarios maliciosos de sus vecinos.
Tras intentar usar su astucia y el cariño para recuperar la atención de su esposo, y obtener como resultado el más rotundo de los fracasos, decidió hacer algo a espaldas de la gente. Un buen día se encaminó desesperada hacia la cercana vivienda de una conocida hechicera, a quien pidió consejo. La bruja, tras usar sus típicos artilugios de consulta, declaró firmemente que sólo había una forma de que Elvira recuperara el amor de su marido. Para ello debía realizar un complejo ritual mágico que solucionaría el problema de inmediato. Pero había un problema. Para llevar a cabo el misterioso prodigio necesitaba obtener una hostia consagrada, que debería conseguir la propia afectada.
Aquello supuso un duro golpe para Elvira, cristiana muy devota, para quien ese acto constituía un horrible sacrilegio. Sin embargo, finalmente accedió a la petición.
La atormentada mujer se dirigió a la Iglesia de San Esteban, donde se confesó ante el sacerdote y pidió la comunión. Tras recibir la sagrada hostia, no la ingirió, sino que la conservó, saliendo inmediatamente del templo. En el exterior, extrajo con mucho cuidado la forma sacramental y la guardó entre sus ropas, encaminándose rápidamente hacia la casa de la hechicera.
La hostia mana sangre
De pronto, Elvira notó cómo las miradas de los vecinos que se cruzaban con ella se dirigían hacia la parte de su cuerpo donde había escondido la hostia. Al observarse, se dio cuenta horrorizada de que sus ropas estaban manchadas de sangre. Cuando desanudó el pliegue en el cual había escondido la hostia consagrada descubrió que el líquido manaba de la misma. Algunos vecinos le preguntaron si estaba herida y si necesitaba que la llevaran a un médico. La sangre goteaba y manchaba el suelo.
Elvira se estremeció de pánico y decidió esconderse en su casa, en la Rua das Esteras, muy cerca de la parroquia de San Esteban. Una vez allí, extrajo la hostia de su ropa y la colocó en el interior de un baúl de cedro, donde acostumbraba guardar sus pertenencias. La desgraciada mujer no sabía qué hacer y vivió momentos de angustia indescriptible.
A altas horas de la noche, Pedro Moniz regresó a casa. Elvira no le contó nada de lo ocurrido. No podía descansar, atormentada por el sacrilegio que había cometido. De madrugada, se produjo un nuevo prodigio. Una luz muy intensa y blanca comenzó a salir por las ranuras del baúl de cedro, despertando a Pedro.
Toda la casa estaba iluminada por aquel extraño resplandor. Descubrieron entonces a varios ángeles en actitud contemplativa alrededor del baúl que contenía la hostia consagrada. Elvira comprobó que de nuevo comenzaba a sangrar y su esposo fue testigo presencial del milagro. Todo lo vieron a través de la madera del arca, que parecía haberse vuelto transparente gracias a la luz que emitía y a la que recibía de los ángeles.
Apresuradamente, la mujer le confesó a su esposo la historia de su sacrilegio. Ambos se arrepintieron de sus respectivos pecados, rezaron y se arrodillaron frente a la hostia durante el resto de la noche.
Nada más amanecer, fue requerida la presencia del sacerdote de San Esteban, quien comprobó el misterio de la hostia sangrante y decidió devolverla a la iglesia. Para ello, se realizó una solemne procesión de retorno, en la cual participaron diversos cleros y laicos. La noticia se difundió por todo Santarem. La hostia fue depositada en la iglesia, donde continuó sangrando abundantemente durante tres días.
Finalmente se decidió colocar la reliquia en un recipiente fabricado con cera fundida. Durante muchas décadas fue conservado en dicho relicario y expuesto ante los fieles en una especie de cáliz, sobre el altar principal.
La divina cápsula
Durante cerca de un siglo, los habitantes de Santarem y de los pueblos vecinos peregrinaron a iglesia de San Esteban para contemplar el cáliz con la sagrada hostia y rezar ante ella. Pero un día de 1340, el sacerdote abrió la iglesia y, siguiendo la rutina, se dirigió al sagrario para exponer la reliquia a la adoración de los fieles.
Su sorpresa fue mayúscula al ver que el envase de cera se había reducido a pedazos. Sin embargo, sólo él tenía la llave del recinto y la puerta no había sido forzada. Milagrosamente, una cápsula de fino cristal, en cuyo interior se había depositado la sagrada forma, se había materializado de la nada. Para aumentar la tensión del momento, también apreció que aquellos fragmentos de cera del antiguo envase se habían solidificado con la sangre, adquiriendo un color mucho más oscuro. De manera inexplicable, los trozos de cera y la sangre se encontraban dentro del nuevo envase ovalado de cristal que había aparecido como por arte de magia.
La cápsula con la hostia fue colocada de nuevo en el altar. En el siglo XVIII se introdujo la reliquia en una custodia de plata dorada, donde ha mantenido el mismo aspecto hasta nuestros días. El frasco con los fragmentos de cera solidificados por la sangre se encuentra a su lado. Ambas piezas pueden ser contempladas junto al relicario, en un trono eucarístico, sobre el altar mayor. Desde ese momento, la parroquia de San Esteban sería conocida como la Iglesia del Santo Milagro.
Existen algunas diferencias entre los historiadores a la hora de datar con precisión los primeros y posteriores milagros, debido a los numerosos sucesos extraordinarios que se produjeron en torno a la sagrada hostia a lo largo de los siglos. En 1346, el rey portugués Alfonso IV consignó por escrito algunas historias sobre la enigmática partícula.
Durante los siglos posteriores, y hasta nuestros días, fueron varias las veces que la sagrada hostia ha sangrado en presencia de los peregrinos. Pero lo más extraño es que, después de más de setecientos años, la sangre continúa en estado líquido, sorprendiendo a propios y extraños. La casa del matrimonio formado por Pedro y Elvira Moniz ha sido convertida en una pequeña capilla de adoración, desde la cual una vez al año se realiza la misma ruta que antaño trasladó la sagrada reliquia hasta la iglesia de San Esteban. El milagro eucarístico sale en procesión el segundo domingo del mes de abril.
Apariciones e Indulgencias
El de la sagrada hostia de Santarem es probablemente uno de los milagros más impresionantes de cuantos conforman el dossier de hechos insólitos dentro de la Iglesia Católica. Muchos han sido los testigos de diversos experiencias místicas y prodigios asociados a ella. Tal es el caso de San Francisco Javier, apóstol de las Indias, quien llegó a vislumbrar la imagen de Jesús de Nazareth levitando junto al relicario, en una de sus visitas a este altar.
Importantes personajes de la monarquía lusitana han sentido desde antaño un inusitado interés por todo lo relacionado con esta hostia. La reina Isabel de Portugal visitaba con frecuencia este templo para admirarla. En dos de esas ocasiones, en 1295 y 1322, fue testigo de diversos prodigios y apariciones, cumpliéndose las peticiones que había realizado a la santa reliquia.
También fueron varios los pontífices que proclamaron las bondades del milagro, convirtiendo la veneración de la sagrada forma en un ritual oficial. Los papados de Pío IV, Pío V, Pío VI y Gregorio XIV confirmaron los testimonios de los peregrinos. Todos ellos concedieron indulgencias plenarias a los fieles que oraban ante la hostia consagrada de Santarem.
La Iglesia Católica ha intentado verificar de la manera más rigurosa la realidad del prodigio. En 1340 y 1612, se nombraron comisiones de investigación canónica. Con los medios a su alcance en su época, estos expertos verificaron su autenticidad, confirmando la antigüedad que se le atribuía y que la sangre continuaba fresca.
En octubre de 2003, un grupo de físicos y químicos extrajo una muestra de sangre del relicario. Ésta fue analizada por un equipo multidisciplinar para intentar explicar por qué se mantenía fresco aquel líquido rojo.
Las conclusiones fueron sorprendentes. Llegaron a la conclusión de que era efectivamente sangre humana. Pero, ¿cómo es posible que se mantuviese fresca? ¿Cómo puede seguir sangrando la misteriosa hostia? El ADN de esta sangre es idéntico al de las muestras recogidas de los trozos de cera del primer recipiente, que apareció roto cuando presuntamente se materializó el relicario de cristal ovalado.
¿A quién pertenece ese enigmático fluido vital? Algunos hablan de la presencia de Jesucristo en la sagrada forma. Otros prefieren guardar silencio y se limitan a orar ante la reliquia ¿Es posible una explicación alternativa para este insólito fenómeno?







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