Parapsicología
01/04/2005 (00:00 CET) Actualizado: 06/11/2014 (09:58 CET)

Los guerreros del Cielo

Cuesta creer que seres de otras dimensiones sientan predilección por los escenarios dantescos de una guerra. Más asombroso es todavía que en estos parajes de muerte y desolación se manifiesten seres celestiales. Pero el resultado de algunas batallas famosas parece haberse decidido por la irrupción de entidades superiores que participan en el conflicto terreno.

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Los guerreros del Cielo
Los guerreros del Cielo
En Santiago de Querétaro, en un paraje famoso conocido como loma de Sangremal, se produjo un acontecimiento de enorme importancia para la historia de México. Allí tuvo lugar la última batalla que los indios chichimecas, con don Lobo y don Coyote a la cabeza, libraron contra los conquistadores españoles, comandados por Hernán Pérez, que contó con el apoyo de otomíes, purépechas y tlaxcaltecas, tribus convertidas al cristianismo.

Estos nativos aliados de los españoles estaban dirigidos por el indio Conin, que tras su bautismo adoptó el nombre de Fernando de Tapia. Según la leyenda, conscientes los chichimecas de que su resistencia sólo traería mayores desgracias a su pueblo, decidieron enfrentarse con sus enemigos en una última batalla de honor, sin armas. No obstante, tanto entusiasmo desplegaron los chichimecas que pusieron en fuga al ejército español y a sus aliados. Ante esta inesperada debacle, los conquistadores se encomendaron a la protección del apóstol Santiago. La fecha de la batalla, 25 de julio de 1531, no podía tener más propicia al venerado santo, al coincidir con su propia festividad. Según relata la leyenda, la súplica obtuvo una respuesta inmediata: de pronto se oscureció el Sol y pudieron verse las estrellas en pleno día, al mismo tiempo que aparecía una luminosa cruz de color rosado y el apóstol Santiago cabalgando sobre un caballo blanco en el cielo. Aprovechando el estupor de los chichimecas, sorprendidos y desconcertados por la visión celestial, los españoles y sus aliados recuperaron fuerzas y, estimulados por el milagro, acabaron ganando la batalla.

La cruz tuvo un impacto psicológico decisivo en los indígenas, porque era un símbolo muy antiguo en las creencias de Mesoamérica, integrado en el culto a Quetzalcóatl. También es llamativa la coincidencia que existe entre muchos aspectos de esta divinidad autóctona con el apóstol Santiago. Con el tiempo, dicha proximidad derivaría en la ceremonia de los danzantes concheros, que puede considerarse una síntesis entre la tradición nativa de la América precolombina y la nueva religión cristiana, hasta el punto de haberse convertido en un puente entre las dos culturas religiosas.

Los franciscanos erigieron una cruz en la loma de Sangremal para celebrar el milagro. Más tarde construirían allí una capilla y, ya en el siglo XVII, levantarían el convento de Recolección de San Buenaventura. Se trataba de un lugar elegido para perpetuarse a través de las leyendas. Una de éstas cuenta que el misionero franciscano Fray Antonio Margil de Jesús clavó su bastón en un huerto y se transformó en un insólito arbusto con unas extrañas espinas en forma de cruz. Estas curiosas espinas gozan de tanta veneración popular que incluso son utilizadas como reliquias. Pero dado que la presencia del símbolo de la cruz en estas tierras es muy anterior a la llegada de los españoles, no puede descartarse que la leyenda cristiana sirviera para enmascarar una creencia autóctona que les atribuyera alguna propiedad mágica de protección.

También el convento de la Santísima Cruz de los Milagros, de Querétaro, recibió ese nombre porque la cruz del altar mayor se diseñó para que se ajustara a la descripción que los indios hicieron de la aparición celeste que vieron en ocasión de la batalla.

En cualquier caso, Santiago Apóstol se mostró especialmente activo durante la conquista de México. Los testimonios de los indios que participaron en la batalla de Tonalá, en el Cerro de la Reina (Jalisco), sostienen que apareció sobre sus cabezas la visión del santo a lomos de su caballo blanco. Como sucedió en la batalla de la loma de Sangremal, también en esta ocasión esa visión repentina resultó providencial para las huestes cristianas, pues los indios tenían ganada la batalla hasta ese momento, a tal grado, según las crónicas, que al propio capitán Nuño de Guzmán «se le colgó un indio de los tiros del freno del caballo y quitándole la lanza le dio de palos». Sin embargo, Santiago acudió presto y oportuno para cambiar nuevamente el curso de la historia.

Los milagros de San Jorge

Lejos de las tierras de América, en las de España, otro jinete sobrenatural se había enfrentado siglos antes con los invasores musulmanes. En Alcoy, Alicante, donde se celebra una de las más vistosas fiestas de moros y cristianos de España, es muy conocida la leyenda de la aparición milagrosa de San Jorge. En el año 1276 regresaba de Granada el moro Abú-Abdalá-ben-Huzdail, más conocido por Al-Azraq («el Azul»), a causa del color de sus ojos, acompañado de doscientos cincuenta jinetes. El rey don Jaime envió a cuarenta de sus caballeros hasta Alcoy para enfrentarse con las huestes invasoras. Éstas atacaron el 23 de abril por el flanco oeste de la villa. Sorprendidos mientras celebraban misa, los cristianos acudieron al encuentro de sus enemigos, encabezados por el sacerdote Mosén Torregrosa. La batalla acabó con la retirada del ejército moro, tras sucumbir Al-Azraq al ser alcanzado por una flecha. Las crónicas de esta victoria relatan con todo detalle cómo los moros gritaban que habían visto sobre las almenas a un jinete montado en un caballo blanco, al que llamaron «Walí». Los cristianos lo identificaron como San Jorge y sostuvieron que había acudido en su defensa.

Pero no era la primera vez que los moros topaban con esta aparición sobrenatural adversa a sus intereses. En el año 985, las tropas de Almanzor ocuparon la ciudad de Barcelona y la arrasaron. Bajo el mando de Borrell II, primer conde de Barcelona, los cristianos intentaron reconquistar la ciudad. Cuando iba a producirse el ataque, descubrieron en el cielo la figura de un jinete que montaba un caballo blanco, al tiempo que utilizaba como arma nada menos que un rayo, matando sin piedad alguna a todos aquellos moros que se cruzaban en su camino. Otras leyendas sostienen que el misterioso jinete se enfrentó con el enemigo, convirtiéndose en lenguas de fuego, y que después de derrotarlo entró en la ciudad liberada a la cabeza de las tropas cristianas, manteniendo inmaculadas sus vestiduras y materializándose su caballo, que hasta poco antes había sido una ráfaga de puro fuego. Entonces, el jinete hizo tres veces la señal de la santa cruz con su lanza y luego desapareció como por ensalmo, provocando el asombro de todos los presentes. Aunque nunca dio señal alguna que revelara quién era, los cristianos no dudaron de que habían sido salvados por San Jordi, es decir, San Jorge.

Cruces ardientes

Un suceso extraordinario similar al que se produjo en la loma mexicana de Sangremal fue la aparición de una cruz ardiente en Covadonga (Asturias).

La leyenda, propiciada tal vez por la exaltación patriótica ante la liberación de los territorios conquistados por los árabes, nos cuenta que delante de don Pelayo se manifestó una cruz roja aparecida en el cielo como signo anunciador de la victoria cristiana.

La manifestación de la misma cruz roja, en el año 724, determinó nuevamente la victoria de los cristianos contra los moros en otra gesta de la reconquista española. Los cristianos trataban de recuperar la villa de Aínsa, capital del legendario reino de Sobrarbe, en el pirineo aragonés (actual provincia de Huesca). La victoria parecía decantarse por las tropas árabes. Pero entonces se produjo la prodigiosa aparición de la cruz, envuelta en resplandores y situada sobre una encina. Los soldados de Garci Jiménez, que acaudillaba a los cristianos, creyeron que el cielo era favorable a su causa y, entusiasmados por lo que consideraban un milagro, alcanzaron la victoria. Desde ese momento, la Cruz de Sobrarbe quedó reflejada en el escudo de la villa, pasando también a formar parte de la heráldica del Reino de Aragón.

Del emperador romano Constantino, la leyenda afirma que fue testigo de la aparición milagrosa de otra cruz en el cielo. La visión habría tenido lugar en vísperas de de la batalla del Puente Milvio, contra Majencio, en el año 312. Pero esta cruz de Constantino no se contentó con brillar, sino que lo hizo junto con una inscripción en latín: In hoc signo vinces («Con esta señal vencerás»). Empujado por presagio tan elocuente y favorable, el día de la batalla iluminó los nuevos estandartes que lucían las tropas de Constantino, en los cuales se habían sustituido las antiguas águilas romanas por los lábaros, donde aparecía el crismón, formado por un acrónimo de las dos primeras letras griegas del nombre de Cristo entrelazadas: X y P.

Según otra versión, aunque Constantino veneraba al Sol Invictus, durante la noche anterior a la batalla se le apareció Jesús, indicándole que sus soldados llevaran grabadas las letras X y P en sus escudos. Al día siguiente habría visto la cruz superpuesta en el Sol, como señal del triunfo de Cristo sobre la deidad solar un prodigio que lo impulsó a convertirse.

De una u otra forma, todas las versiones de la leyenda coinciden en atribuirle a la aparición de la famosa cruz y a su lema la victoria de Constantino en esa batalla decisiva, que puso el imperio en sus manos y propició la transformación del cristianismo en la religión oficial del Imperio.

Los símbolos de los estandartes parecen tener una fuerza especial para ganar batallas, como ocurre con los dragones, que en Asia eran venerados. Algunos nobles se enorgullecían de tener sangre de dragón, proveniente de antiguos linajes, en sus venas. Desde el mítico rey Arturo hasta los soldados persas, muchos ejércitos se han sentido protegidos por la fuerza sobrenatural del «dragón», como los vikingos, que mostraban ostensiblemente una imagen de esta bestia ancestral en sus barcos. El temible «drakar», el navío con el que sembraron el terror en sus conquistas, mostraba al dragón como símbolo de poder y protección sobrenatural.

Animales y difuntos se enzarzan con los seres humanos en estas históricas contiendas. Según la tradición de los mapuches –nativos de la Patagonia–, sus héroes del otro mundo les ayudan en la lucha contra sus enemigos. Estos héroes son las almas de todos aquellos que han muerto en una batalla, pero también las de los ülmen (aristócratas y jefes), las de los miembros de la clase sacerdotal y las de quienes murieron fulminados por un rayo.

Pero estos seres, llamados pillan, son muy estrictos a la hora de velar por los valores sagrados de su pueblo. Por este motivo, descargan su cólera tanto contra los enemigos de los mapuches como contra los propios mapuches, cuando éstos reniegan de sus raíces y se convierten al cristianismo. Su arma preferida son las flechas mágicas. En las batallas que libran los mapuches contra los invasores, los pillan cuentan con la ayuda de otros seres sobrenaturales llamados ngen, que tienen el poder de provocar catástrofes naturales con un efecto devastador para el extraño (el winka).

Batallas espectrales

Pero las apariciones sobrenaturales no sólo se cuelan de rondón en las batallas de los seres humanos. En ocasiones libran sus propias batallas delante de testigos humanos. Esto es lo que ocurrió en Inglaterra durante la guerra civil. El 23 de octubre de 1642, las tropas que luchaban bajo el mando del príncipe Rupert, sobrino del rey Carlos I, se enfrentaron en Edgehill (Warwickshire) a las parlamentarias, dirigidas por Oliver Cromwell. Lo sorprendente fue que, pocos meses después, los pastores de la zona fueron testigos de otra batalla fantasmal, tan vívida que les pareció real, hasta que repentinamente se disolvió la caballería, los soldados y el fragor de la guerra. El día de Nochebuena volvió a reproducirse este asombroso prodigio. Teniendo el Rey conocimiento del mismo envió a un grupo de altos oficiales del ejército inglés para que investigaran las supuestas manifestaciones fantasmales de aquellos misteriosos combatientes. El insólito resultado de la investigación fue que, por alguna razón desconocida, en aquel lugar se reproducía la batalla del 23 de octubre de 1642. Según los testigos, entre quienes se encontraban algunos de los oficiales enviados por el monarca, ellos mismos pudieron reconocer a algunos soldados muertos en dicha contienda, pero también al príncipe Rupert, que seguía vivo.

Las leyendas con este argumento son numerosas. Otro tanto se cuenta de la derrota de Roldán, sobrino de Carlomagno, en el desfiladero de Roncesvalles (Navarra), en el año 778. Según la tradición, en el lugar en el cual se produjo el choque entre las tropas de Roldán con los vascones y musulmanes, aún se escuchan los terribles lamentos de los heridos durante las noches de la luna llena.
¿Estamos sólo ante leyendas nacidas de la fantasía? ¿O podría ocurrir, al menos en ciertos casos, que en esos lugares de dolor y tragedia se abriera una puerta a otras dimensiones, provocando encuentros fantasmagóricos a través del tiempo?
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Comentarios (1)

drilirm Hace 3 años
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