Mascotas que 'vuelven' tras morir
Un equipo de investigadores ha reunido 442 relatos de comunicaciones después de la muerte de animales y concluye que se parecen sorprendentemente a las que se cuentan sobre personas fallecidas
Quien ha perdido a un perro, a un gato o a un caballo y ha sentido después su presencia en casa, o lo ha visto en un sueño tan nítido que parecía real, ha de saber que no está solo, no es único. Un equipo de investigadores ha recopilado 442 relatos de aparentes comunicaciones después de la muerte (CDM) de animales no humanos y los ha comparado, tipo por tipo, con los que se cuentan sobre personas fallecidas. Su conclusión es que las semejanzas son estrechas.
El trabajo, publicado en el Journal of Scientific Exploration (la revista de la Society for Scientific Exploration, dedicada a anomalías y ciencia de frontera), está firmado por James G. Matlock, antropólogo e investigador de las experiencias en torno a la muerte y la reencarnación; Bethany Hilton, que recopiló relatos junto a Matlock; el biólogo británico Rupert Sheldrake, conocido por su hipótesis de la resonancia mórfica; Pam Smart, colaboradora de Sheldrake en la recogida de testimonios; y Michael Nahm, biólogo vinculado al Instituto de Áreas Fronterizas de la Psicología y la Higiene Mental (IGPP) de Friburgo, en Alemania.
El estudio concluye que «los informes de comunicaciones después de la muerte de animales no humanos se asemejan mucho a los de los humanos, lo que sugiere fundamentos comunes para estos eventos.»

Qué es una CDM
Los autores definen una comunicación después de la muerte (en inglés, apparent after-death communication, ADC) como un contacto aparente con un animal tras su fallecimiento, sin precisar de entrada la forma que adopte ese contacto. El artículo es la continuación de otro, publicado en 2023 por Sheldrake, Smart y Nahm, sobre las experiencias al final de la vida (ELE, por sus siglas en inglés) de animales, en el que ya habían observado que se parecían a las humanas.
Los protagonistas de los relatos son, sobre todo, animales que convivían con personas como mascotas y compañeros: principalmente perros y gatos, pero también caballos, otros mamíferos, aves, un pez dorado y hasta una araña doméstica.
Cuatro muestras, cuatro orígenes distintos
Matlock y Hilton comenzaron su rastreo de forma independiente, sin saber que Sheldrake y Smart ya contaban con una colección sustancial de relatos de animales fallecidos. Al descubrir que tenían dos muestras sobre el mismo fenómeno, decidieron compararlas y sumaron otras dos. El razonamiento era sencillo: cuantas más similitudes hubiera entre muestras recogidas con protocolos y en épocas diferentes, más sólidas serían las conclusiones.
Sumadas, las cuatro muestras dan los 442 relatos que los autores juzgaron como aparentes comunicaciones de animales después de su muerte.
Un mismo catálogo de experiencias
Tanto por su conocimiento previo de la literatura como por lo que leyeron en Facebook, los investigadores tuvieron la impresión de que las CDM de animales encajaban en los mismos tipos que las humanas, y codificaron los relatos en consecuencia. Varios participantes aportaron más de un relato. Los tipos son estos:
Es la misma clasificación que se utiliza para las comunicaciones después de la muerte de personas. En el artículo, los autores ilustran cada tipo con ejemplos de sus muestras y los comparan con sus equivalentes humanos.

Cuándo ocurren: sobre todo al principio
Otro paralelismo que destacan los autores tiene que ver con el calendario. Igual que en las CDM humanas, la gran mayoría de las de animales se reportaron en las primeras horas o días tras la muerte, con una disminución drástica a medida que pasa el tiempo.
Los datos de la muestra apuntan a algo más: las personas lloran a sus mascotas de manera muy similar a como lloran a sus seres queridos humanos. De ahí que los autores sugieran que los estudios sobre el duelo humano harían bien en incorporar los datos sobre animales. A su juicio, hacerlo podría tener implicaciones no solo para la investigación académica sobre el duelo, sino también para la práctica clínica con personas en duelo.
Según el resumen del trabajo, comparar los datos de animales con los humanos puede ayudar a aclarar cuál de estas tres lecturas describe mejor la naturaleza de las experiencias. El artículo no pretende zanjar la cuestión, sino aportar un material hasta ahora poco explorado: es, según los propios autores, el primer estudio de este tipo en una revista académica y el más amplio realizado hasta la fecha sobre estas experiencias.
Los límites que reconocen los autores
Los investigadores son explícitos sobre las limitaciones de su material. Los relatos son en gran parte anecdóticos, se obtuvieron mediante estrategias informales y heterogéneas, y, aunque algunos incluyen información de seguimiento, Matlock y Hilton no llevaron a cabo entrevistas en profundidad ni pidieron documentación de respaldo (en ocasiones se aportó de forma voluntaria). Parte de lo recogido en la literatura, además, procede de libros autoeditados dirigidos al gran público. Los autores creen que su cobertura es razonablemente completa, pero no pretenden que sea definitiva.
Aun así, anticipan que los patrones que han identificado se confirmarán y ampliarán en encuestas más formales. Que cuatro muestras recogidas en épocas y con protocolos tan distintos, de las páginas de un tabloide británico a los grupos de Facebook, converjan en el mismo mapa de experiencias es, en su opinión, lo que da peso a la comparación.
Si el vínculo con un animal genera un duelo comparable al de una persona, ¿por qué iban a ser tan distintas las experiencias que lo acompañan? Para unos, la respuesta estará en la psicología del duelo; para otros, apunta a algo más profundo sobre la conciencia y la muerte. El estudio, de momento, deja sobre la mesa 442 relatos y una pregunta. ¿Tú has sentido la presencia de una mascota después de su muerte?
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