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Carnac (Francia)

18 de Abril de 2017 (10:16 CET)

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Los alineamientos de Carnac tienen más de 6.000 años de antigüedad, están formados por cerca de 4.000 menhires que ocupan 40 hectáreas. Son, con diferencia, la construcción prehistórica más grande conocida y sin embargo lo desconocemos casi todo de ellos.

Parten en cuatro precisas alienaciones desde Le Ménec, al norte de Carnac y se prolongan hasta el horizonte  alejándose en once hileras en dirección noroeste. En 1827, Chevalier de Fréminville describía con asombro las curiosas disposiciones de las 2.934  enormes piedras que han llegado hasta nosotros, la altura que alcanzan y la perpetua quietud que las rodea. Y es que quien haya podido visitar Carnac, Kermario, Le Ménec y Kerlescan, -lugares con una mayor concentración de monumentos megalíticos, pero no los únicos- conoce la sensación de fascinación y reverencia hacia aquellos hombres del neolítico que 6.000 años antes de Cristo conformaron las estructuras más antiguas de Europa.

Los megalitos más altos miden una media 3,7 metros de altura, aunque hay algunas excepciones; los 7 metros del megalito de Kermario, o los impresionantes 20 metros de la Piedra de las Hadas, derribada en 1722 a consecuencia de un movimiento sísmico y que puede ser visitado en las afueras de Locmariaquer.

En general, las hileras disminuyen su altura hasta que, al término de las avenidas, apenas alcanzan los 90 centímetros. Antiguamente se pensaba que cada hilera contenía un millar de piedras  y que los cuatro conjuntos estaban vinculadas entre sí, formando un diseño fantástico. La idea se abandonó pero, ciertamente, muchas formaciones conducen a cámaras, orientadas al crepúsculo, que contienen generaciones de difuntos. El peso de estos megalitos es, igualmente impresionante, ronda las 350 toneladas lo que nos da una idea del impresionante esfuerzo que los hombres antiguos tuvieron que realizar en ausencia de tecnología que les facilitara el trabajo: ¿para qué tantas molestias en alinear piedras en lugar de concentrarlas para comer?

¿Monumentos funerarios?
Los arqueólogos insinúan que se trata de monumentos funerarios pero, que se hayan encontrado esqueletos debajo de algunas dólmenes no permite afirmar que su destino primitivo fuera el de dar cobijo a los mismos. De lo contrario podría sostenerse que todas las catedrales son tumbas o mausoleos pues suelen ser la última morada de obispos, reyes o acaudalados próceres de la sociedad y a nadie se le ocurre decir que los templos son cementerios.

En el rico folklore local podemos encontrar explicaciones románticas que, aunque no nos sirvan para saciar nuestra curiosidad, estimulan nuestra imaginación. Es el caso de la leyenda de los soldados petrificados por San Cornelio, el patrón de Carnac al que todos los 13 de septiembre consagran su ganado. Existe, sin embargo una explicación más racional.

Observatorios astronómicos
Alexander Thom, antiguo profesor de ingeniería en la Universidad de Oxford, comprobó como algunas alineaciones de menhires, y megalitos aislados sirven para seguir y medir los movimientos aparentes del Sol, la Luna y las estrellas. Durante una exhaustiva investigación llevada a cabo en los años setenta Thom llegó a la conclusión de que el conjunto que rodea a Carnac se diseñó para el esclarecimiento de observaciones astronómicas y de modo especial a la Luna.

El punto más importante del complejo debió ser la aludida piedra de las Hadas. Además de ser una especie de centinela de los difuntos, por encontrarse en el extremo de un enorme montículo neolítico, si lo utilizamos como punto de referencia se pueden trazar líneas de salida y puesta de la Luna desde menhires situados a 13 kilómetros. No conforme con su trabajo, Thom llegó aún más lejos al afirmar que las rocas forman una especie de cuadrícula megalítica que facilitaría los cálculos astronómicos. Se dio cuenta que el típico menhir venía a ser una especie de mira de piedra que, alineada con algún accidente natural del horizonte, como un pico o un barranco, apuntaba a un acontecimiento celeste de importancia, llegando a postular el uso de una unidad de medida por parte de los ingenieros megalíticos que cifró en 83 cm. y a los que llamó "yarda megalítica"

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