¿Es posible 'oler' los pensamientos?
Varios experimentos demuestran que el cuerpo emite mensajes químicos que los demás reciben sin darse cuenta. ¿Hasta dónde puede llegar este canal?
Imagina que alguien entra en una habitación con el estómago encogido de miedo, sin decir nada, y que a los pocos minutos todos los presentes empiezan a sentirse inquietos sin saber por qué. Lo que durante siglos se atribuyó a la intuición, al "ambiente cargado" o a un sexto sentido tiene hoy un candidato con nombre y apellidos en los laboratorios: el olfato.
Es el terreno de las quimioseñales, compuestos que el cuerpo libera y que otras personas procesan sin ser conscientes de ello. Ahí, en esa frontera difusa entre lo que sabemos medir y lo que siempre hemos llamado "presentir", se está escribiendo uno de los capítulos más intrigantes de la ciencia de los sentidos.
El atajo directo al cerebro emocional
El olfato tiene una particularidad anatómica que lo distingue del resto de sentidos: la información olfativa llega por una vía muy directa al sistema límbico, la región cerebral vinculada a las emociones y la memoria. Es la explicación habitual de por qué un aroma puede devolvernos de golpe a la cocina de la infancia, y así lo recogen medios divulgativos como The New York Times, CNN o Popular Mechanics.
Un equipo de la Universidad de Florida (UF Health) lo resumía en 2025 con una idea que cualquiera reconoce: los olores son muy potentes a la hora de provocar emociones, igual o más que una imagen o una canción.
Un dato que conviene desmontar
Seguro que has leído que "el 75 % de nuestras emociones se generan por el olfato". En octubre de 2026, la periodista Elizabeth Bromstein rastreó el origen de esa cifra para el Nieman Lab (el laboratorio de periodismo de la Universidad de Harvard) y no logró encontrarlo: la pista se diluía en artículos de marketing olfativo que se citaban unos a otros. Ni siquiera aparecía en el libro al que suele atribuirse. Los expertos consultados recordaban además que las emociones surgen de todas nuestras sensaciones, incluidas las señales internas del cuerpo. Conclusión: bonito, repetido, y sin fuente.
El sudor del miedo es contagioso
En 2012, un equipo de investigadores neerlandeses encabezado por Jasper de Groot publicó en Psychological Science un experimento muy sencillo: varios hombres veían películas que provocaban miedo o asco mientras se recogía su sudor. Después, un grupo de mujeres olía esas muestras mientras se registraban sus expresiones faciales. Quienes olían el sudor "del miedo" ponían cara de miedo; quienes olían el del asco, cara de asco. Los autores hablaron de una especie de sincronización emocional por vía química.
Tres años más tarde, el mismo grupo repitió el planteamiento con emociones positivas, en un trabajo titulado A Sniff of Happiness: el olor corporal de personas en estado de felicidad indujo en quienes lo olían una expresión facial y un estilo de procesamiento perceptivo propios de la felicidad.
En 2023, otro estudio de investigadores europeos, recogido por Scientific American, confirmó que no solo captamos el olor del miedo o la ansiedad ajenos, sino que esas emociones afectan a cómo nos sentimos nosotros.

Más allá de la emoción: confianza, riesgo y hasta personalidad
La psicóloga Bettina Pause, que investiga estas señales químicas, ha mostrado en varios trabajos que el olor de la ansiedad tiene consecuencias de conducta. En un estudio de 2020, el cerebro de las mujeres reaccionó con más intensidad al sudor de hombres que habían jugado a un juego competitivo que al de hombres que habían montado algo con calma, y las participantes se volvieron más reacias al riesgo y menos confiadas al percibir olores de ansiedad masculina.
Hay más. En otro experimento, un grupo de participantes llevó una camiseta blanca durante tres días y contestó a cuestionarios sobre su personalidad; después, unos 200 voluntarios olieron las prendas y trataron de adivinar cómo era su dueño. Acertaron por encima del azar en extraversión, estabilidad emocional y dominancia.
Y en parejas con años de convivencia, un estudio publicado en Social Neuroscience sugirió que podríamos estar "oliendo" el estado de ánimo de nuestro compañero o compañera. Eso sí: los participantes no sabían identificar qué emoción concreta transmitía cada muestra, porque estas señales operan sobre todo por debajo de la conciencia.

Entonces, ¿dónde está el límite?
En la distancia entre emoción y pensamiento. Lo que estas investigaciones documentan es que el cuerpo emite señales de estados afectivos generales (miedo, asco, alegría, ansiedad) que otros perciben de forma inconsciente. No hay evidencia de que viajen contenidos: no se huele "estoy pensando en dejar el trabajo", se huele, como mucho, "estoy nervioso".
Aun así, la cosa no es trivial. La neurobiólogo Shani Agron, del Instituto Weizmann de Ciencias (Israel), lo resume con la idea de que se observan efectos de conducta de todo tipo. Hay incluso datos de que quienes tienen mejor olfato cuentan con redes sociales más amplias, y se ha asociado un olfato más fino con menos soledad. Quienes lo pierden, como le ocurrió a la arqueóloga británica Chrissy Kelly, fundadora de la organización AbScent para personas con pérdida de olfato, podrían estar perdiendo también un canal de comunicación del que ni siquiera eran conscientes.
Terreno especulativo
Lo que sigue es pura conjetura, y así debe leerse. Si el cuerpo emite y recibe señales emocionales que nunca llegan a la conciencia, quizá parte de lo que la tradición ha llamado "intuición", "mala vibra" o "sentir una presencia" tenga una base química que aún no sabemos medir. Lo mismo podría decirse de los olores que desde siempre acompañan a ciertos relatos extraordinarios, del célebre "olor de santidad" de la hagiografía cristiana al hedor que muchos testigos dicen percibir en casos de aparecidos o encuentros cercanos. Ninguna de esas asociaciones está demostrada; lo único que cabe decir es que el olfato es un canal subestimado, y que lo subestimado suele esconder sorpresas.
No hace falta creer en lo paranormal para que esto resulte sugerente. Basta con aceptar que, mientras discutimos si podemos leer la mente, nuestra nariz lleva toda la vida leyendo algo parecido sin pedirnos permiso. Quizá no huelas lo que piensa el de al lado. Pero huele, y bastante, cómo se siente. Y cómo se siente suele acabar determinando lo que hace.
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