Un fósil reescribe la historia evolutiva de los dinosaurios
Los dinosaurios no encogieron de tamaño según el estudio a un fósil de dinosaurio del tamaño de una gallina que emparenta con el temible Tyranosaurus Rex
En paleontología, un hueso pequeño puede tener consecuencias enormes. Eso es exactamente lo que ocurre con Alnashetri cerropoliciensis, el terópodo descrito en un estudio reciente que está obligando a revisar la narrativa sobre los orígenes de los grandes tiranosaurios. Es decir, que los tiranosáuridos, culminando en el imponente Tyrannosaurus rex, habrían comenzado siendo gigantes o, al menos, habrían seguido una línea evolutiva de crecimiento progresivo hasta convertirse en los colosos que dominaban el Cretácico. O bien —según otra hipótesis— que algunas ramas habrían reducido su tamaño en determinados contextos ecológicos.
Ahora, un estudio publicado en la revista Nature pone en cuestión esa visión simplificada. Los investigadores describen un dinosaurio terópodo del tamaño aproximado de una gallina, emparentado con los tiranosaurios, que vivió millones de años antes de que los gigantes como el T. rex aparecieran en escena. Y lo más sorprendente no es su tamaño diminuto, sino lo que implica.
El nombre no es anecdótico. Cerropoliciensis remite sin ambigüedad al yacimiento de Cerro Policía, en la provincia de Río Negro, en la Patagonia argentina, donde aparecieron los restos. Alnashetri, según explican los autores, procede de una lengua indígena patagónica —habitualmente se cita el tehuelche— y alude a la morfología esbelta de sus extremidades posteriores, algo así como “patas flacas” o “piernas delgadas”. No es una licencia poética: las proporciones de los huesos conservados apuntan precisamente a un animal ligero y ágil.

Los restos fósiles recuperados son parciales, pero suficientes para situarlo en el árbol evolutivo. Se trata de un terópodo del Cretácico Superior —en torno a 90 millones de años de antigüedad— cuyo tamaño estimado rondaba el de una gallina grande. Estamos hablando de un animal de apenas medio metro de longitud corporal aproximada, muy lejos de las diez toneladas que alcanzaría millones de años después el icónico Tyrannosaurus rex.
La relevancia del hallazgo no reside en su espectacularidad —no la tiene— sino en su posición filogenética. Los análisis comparativos lo sitúan dentro de los celurosaurios, el gran clado que incluye tanto a los tiranosaurios como a las aves actuales. Y aquí está el punto delicado: su morfología sugiere que los ancestros de los tiranosaurios eran pequeños y gráciles, no gigantes que posteriormente redujeron su tamaño.
Durante años, algunos modelos evolutivos habían planteado escenarios más complejos, incluyendo posibles episodios de reducción corporal en determinadas ramas. Sin embargo, la presencia de formas tempranas diminutas en posiciones basales del linaje refuerza la idea de que el gigantismo fue una adquisición tardía. No partimos de colosos que encogen, sino de depredadores modestos que, en un momento dado, dieron el salto evolutivo hacia tamaños descomunales.

En términos ecológicos, Alnashetri debió de ser un carnívoro oportunista. Por su talla y constitución, probablemente se alimentaba de pequeños vertebrados, insectos o presas de escaso tamaño. Sus extremidades posteriores estilizadas sugieren capacidad de carrera, un rasgo coherente con un depredador activo en ecosistemas cretácicos muy distintos del paisaje árido actual de la Patagonia.
Hay, además, un elemento metodológico que no conviene pasar por alto. El registro fósil está sesgado a favor de los animales grandes: sus huesos robustos tienen más probabilidades de preservarse. Los pequeños terópodos, con esqueletos frágiles, son mucho menos frecuentes en el registro. Cada nuevo ejemplar de este tipo no solo añade una especie; corrige un vacío.
Y ese vacío importa. Porque si las primeras ramas del linaje tiranosauroideo estaban compuestas por animales de tamaño reducido, la transición hacia superdepredadores como el T. rex implicó transformaciones profundas en biomecánica, metabolismo, estrategia de caza y dominio ecológico. No fue una simple cuestión de “crecer un poco más”.

Este hallazgo no invalida la teoría evolutiva; la afina. Pero sí cuestiona las reconstrucciones excesivamente lineales que a veces se transmiten al gran público, como si la evolución fuese una escalera ascendente hacia el gigantismo. En realidad, es un arbusto con ramas que exploran posibilidades diversas, algunas minúsculas, otras colosales.
La lección es doble. Por un lado, confirma que el linaje que dio lugar a los mayores depredadores terrestres comenzó con criaturas discretas, casi invisibles en comparación. Por otro, nos recuerda que nuestra imagen del pasado depende de un registro incompleto, condicionado por el azar geológico.









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